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Editorial & Opinion

Nicaragua: una nueva revolución

Jonathan Menkos Zeissig / Director ejecutivo Icefi

jueves 3, mayo 2018 - 12:00 am

El próximo 17 de julio se cumplirán 39 años de la salida de Nicaragua  del dictador Anastasio Somoza Debayle. Se fue en medio de las sombras de la madrugada, cargando maletas atiborradas de dólares y los cadáveres de su padre y su hermano. Pesaba sobre las espaldas de la “dinastía” Somoza –que regentó el Estado desde 1936– la construcción de una Nicaragua bipolar: masas de pobres explotadas para el beneficio de unos cuantos millonarios; la censura de los medios, la tortura y represión del pueblo y el intento de asfixiar cualquier oposición. Los Somoza también cargan con el alevoso asesinato (1934) de Augusto César Sandino, líder guerrillero que había logrado, meses antes, la salida de las tropas estadounidenses.

Como causa y efecto de aquella cadena de abusos surgió, en los años sesenta, una fuerza intelectual, político y militar cimentada en el legado nacionalista y antimperialista de Sandino. Este movimiento, cuyo nombre terminó siendo Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), logró derrocar a Somoza con el impulso de movimientos estudiantiles, obreros y campesinos, llevando al poder a una junta de Gobierno, formada por dos empresarios, Alfonso Robelo y Violeta Barrios de Chamorro, y tres sandinistas, Sergio Ramírez, Moisés Hassan y Daniel Ortega, este último con funciones de coordinador y presidente.

Algunos historiadores destacan que el gobierno sandinista liderado por Ortega, más que socialismo buscaba conciliar las diferencias de clase mediante una economía mixta, con libre mercado y un sector público con acciones en la economía. Esto requirió abanderar la alfabetización, hacer reformas que garantizaran la educación y salud gratuitas, la seguridad social y programas de lucha contra el hambre. En lo económico, el sandinismo emprendió una reforma agraria, la nacionalización de la banca, y tomó acciones para modernizar la economía: carreteras, hidroeléctricas y apoyos al rezagado sector industrial; en medio del bloqueo económico –Ronald Reagan–, el financiamiento de grupos armados antisandinistas, los “contras”, y un mayor desencanto entre el sector empresarial que había apoyado la salida de Somoza esperando conservar su poder.

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En 1986, Salman Rushdie llegó a Nicaragua para el séptimo aniversario del triunfo sandinista. Sus reflexiones y conversaciones con los protagonistas de la revolución constan en el libro La sonrisa del jaguar. Un viaje a Nicaragua: Aparece el sombrero de Sandino, icono de la revolución. Ahí resuena, entre los muros de aquella Managua lastimada, la consigna de Sandino: “Patria libre o morir”, los versos de Hasta que seamos libres, de Gioconda Belli, y las canciones de los Mejía Godoy.

Ortega hizo posible aquella revolución que apasionó a obreros, campesinos, poetas, políticos y estudiantes nicaragüenses y de todo el mundo. Desde que regresó al poder (2006) está siendo su verdugo: manteniendo un contubernio con las élites más rancias de Nicaragua y Centroamérica, convirtiendo lo público en su negocio particular, ensuciando elecciones para mantenerse en el poder, reprimiendo las protestas y cerrando medios de comunicación.


Pero Sandino continúa dando frutos y una nueva revolución se acerca: en estas últimas semanas, el pueblo nicaragüense está en las calles, como tantas veces en su historia, luchando por su libertad. Los jóvenes han tomado el liderazgo: Al principio pedían dar marcha atrás a las nocivas reformas a la seguridad social. Ahora, después de la violencia de Estado, exigen la salida de Ortega. Treinta y nueve años después, Ortega y Somoza parecen tener el mismo rostro.

* Columna publicada originalmente en Prensa Libre de Guatemala.




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