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Editorial & Opinion

Niñez migrante goza de protección

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

martes 26, junio 2018 - 12:00 am

En el capítulo diecinueve del Evangelio, según San Mateo, se narra que en una oportunidad, predicando Jesucristo a la multitud, unos asistentes le presentaron unos niños para que les pusiese sobre ellos las manos y orase, mas los discípulos, creyendo que le importunaban, los regañaron. Jesús, por el contrario, les dijo: Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis de venir a mí; porque de ellos y de los que son como ellos, es el reino de los cielos.

Con este episodio, quedó revelado desde hace más de dos mil años, que los niños gozan de muchos derechos, entre los cuales se podría mencionar que ellos son los destinatarios del mayor respeto, el mejor cuidado y la atención más bondadosa de parte de los adultos. Solo ese privilegio que mencionó el divino salvador del mundo de que los niños, son dueños del reino de los cielos, debía motivar a pueblos y gobiernos a velar porque merezcan nuestra protección y cariño, traducidas esas acciones en mejores atenciones educativas, de salubridad, esparcimiento sano y oportunidades de poder demostrar sus aptitudes y capacitaciones en las mil y una actividades de la creatividad y el quehacer humanos, sean éstas culturales, educativas, científicas, artísticas, deportivas, etcétera.

En el ámbito jurídico, fue en el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde se adoptó la resolución 44/25, del 20 de noviembre de 1989, que dio existencia legal a la llamada “Convención sobre los Derechos del Niño” que garantiza, al mismo tiempo, a la familia, calificándola como “grupo  fundamental de la sociedad y medio natural para el crecimiento y el bienestar de todos sus miembros y, en particular de los niños, debe recibir la protección y asistencia necesaria para poder asumir plenamente sus  responsabilidades dentro de la comunidad” .

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De conformidad a los considerandos de dicha Convención (que es también ley de El Salvador), el interés por las condiciones óptimas de la niñez se vinieron gestando desde mucho antes, pues a escasos seis años de concluida la I Guerra Mundial (1914-1918) se  firmó la llamada “Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño”, donde ya se enunciaba la necesidad de “proporcionar al niño una protección especial”, misma que fue reconocida y asentada en la “Declaración Universal de  los Derechos de Niño”, adoptada por la Asamblea General de la ONU en noviembre de 1959 y después recogida en otros convenios supranacionales.

Ni los grandes conflictos posteriores, ni las guerras internas, lograron mermar los derechos de la niñez. Infortunadamente, a pesar de esos instrumentos jurídicos y de que la comunidad internacional permanece vigilante por su debido cumplimiento, de vez en cuando surgen situaciones contrarias a la defensa y protección del niño en cualquier latitud de la Tierra. Para el caso, recientemente el presidente de los Estados Unidos de América, señor Donald Trump, en un afán excesivo de protección fronteriza, firmó un decreto ejecutivo autorizando que las patrullas parapoliciales, detuvieran a padres e hijos calificados como “inmigrantes ilegales” y que, sin más trámites, los niños fueran separados de sus progenitores, para ser enviados a centros de concentración, que en nada envidian a cualquier cárcel para adultos.


Es cierto que cada nación tiene la plenitud soberana de dictar sus propias medidas migratorias o establecer sus cánones en política migratoria, pero ante todo, es nuestro deber como juristas y hombres de opinión libre, recordarle al Presidente Trump  que, en la Convención aludida a grandes rasgos en estas líneas,  se encuentra el artículo 22, numeral 1, que literalmente expresa: “Los Estados Partes adoptarán medidas adecuadas para lograr que el niño que trate de obtener el estatuto de refugiado o que sea considerado refugiado de conformidad con el derecho y los procedimientos internacionales o internos aplicables reciba, tanto si está solo, como si está acompañado de sus padres o de cualquier otra persona, la protección y la asistencia humanitaria adecuadas para el disfrute de los derechos pertinentes enunciados en la presente Convención y en otros instrumentos internacionales de derechos humanos o de carácter humanitario”.

Renunciar a esa Convención, no eximiría a Trump de respetar esos derechos de la niñez salvadoreña, en particular, y centroamericana, en general.




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