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Editorial & Opinion

No al aborto en El Salvador

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios

sábado 4, marzo 2017 - 12:00 am

El origen del aborto en EE.UU, ya sea inducido o interrupción voluntaria del embarazo, se reputó legal en todos los estados, desde la sentencia de la Corte Suprema en el Caso Roe contra Wade, el 22 de enero de 1973. No obstante, el movimiento abortista en EE.UU. –que luego se extendió por el mundo–, partió de hombres activistas de la eugenesia (es el proceso de nacer sin malestar para nadie, o sea, perfeccionamiento de la raza humana), quienes defendían la mejora de los rasgos hereditarios mediante diversas formas y métodos selectivos de humanos.

Tenían interés en limitar los nacimientos de las razas que consideraban inferiores y problemáticas, en especial los de color, y luego idearon la estrategia de meter a las feministas en el proyecto para terminar con las leyes que prohibían el aborto.

Uno de sus iniciadores y benefactores fue el padre de Bill Gates, hoy Director de la Fundación Bill y Melinda Gates, quienes financian planes de vacunación en los países del tercer mundo con fines aparentemente de curar algunas enfermedades, y que también introducen la anticoncepción mediante vacunas. Evidentemente, estas prácticas no solo van en contra de los designios de Dios, sino que atentan contra la dignidad del ser humano, ya que ningún Gobierno, Ley, Estado totalitario u organización con fines abortistas, puede limitar el derecho que tiene el ser humano de procrear, ya que es un don de Dios y no de los hombres.

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En una ocasión el Barón de Montesquieu, dijo: Una injusticia hecha al ser humano es una amenaza hecha a toda la sociedad. En consecuencia, El Salvador se ve amenazado por movimientos internos que están trabajando fuertemente para crear las condiciones legales desde la Asamblea Legislativa, para eliminar el derecho a la vida del no nacido y fomentar de esta manera el libertinaje, promiscuidad e irresponsabilidad de la juventud, ya que al quedar embaraza una jovencita bastará con el solo consentimiento de uno de ellos para asesinar a un ser humano en gestación.

No obstante, la Constitución en el Art 1. Nos dice que “Reconoce como persona humana a todo ser humano desde el instante de la concepción” Pero la vida del ser humano es un hecho, siendo un derecho su protección y defensa. Por lo tanto, el aborto no es el derecho de una mujer de elegir hacer lo que quiera con su cuerpo, sino el derecho del no nacido a vivir y a ser protegido por el Estado a fin de que su nacimiento se dé en feliz término.

La ciencia ha demostrado que “la vida humana comienza en el momento de la fecundación, en el momento de la fusión del espermatozoide con el óvulo” (profesor Alfred Kastler, Premio Nobel de Física). El hombre entero se encuentra ya en el óvulo desde el momento en que éste es fecundado: todo el hombre con todas sus potencialidades (Jean Rostand, biólogo francés de primera línea).

Qué bien que la Sala de lo Constitucional acaba de fallar en contra de las pretensiones abortistas al determinar que la persona no nacida es una persona jurídica “limitada” que puede ir ejerciendo sus derechos de forma gradual dependiendo de su desarrollo natural, o sea, que la vida e integridad están absolutamente garantizadas por el Estado, lo cual significa que no hay vía libre para interrumpir el embarazo con la sola decisión de la madre.

Ahora bien, la Biblia nos habla sobre este tema con mucha claridad, ya que, a los ojos de Dios, la vida –sobre todo la vida humana– es sagrada. En consecuencia, el aborto, en los ejemplos bíblicos, nunca es una elección, sino una fatalidad: (Salmo 58:8, Eclesiastés 6:3). Como contrapartida, siempre y en todos los casos, independientemente de la elección de los padres, los hijos son considerados una bendición, y herencia de Dios.

Todo esto podría probar, sin lugar a dudas, que la Palabra de Dios desconoce la práctica del aborto voluntario. Y establece uno de los grandes mandamientos que rige la convivencia pacífica de los seres humano “No matarás” (Éxodo 20:13). Para quien considerara incompleto el consejo del Antiguo Testamento, o ya superado por el nuevo testamento, tenemos un texto muy claro del Apóstol Pablo, en 1 Corintios 3:16 y 17, en el cual se considera al cuerpo como templo del Espíritu Santo, y se exhorta muy seriamente acerca de la prohibición de destruirlo.



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