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Editorial & Opinion

No hay suicidio en primavera

Juan José Monsant A. / Exembajador venezolano en El Savador

sábado 6, mayo 2017 - 12:00 am

Semana esta que finaliza, sumamente movida a nivel mundial y regional. Para nuestros efectos nos involucraremos en lo regional porque, entre otras razones, el pasado martes 2 de mayo se realizó una Cumbre extraordinaria del Celac en la ciudad de San Salvador, que fuere precedida por otra extraordinaria convocada la semana anterior por la OEA, siempre para tratar el curioso caso de Venezuela.

Curioso porque es una de las dictaduras más cruenta, inepta y corrupta que haya conocido el continente. Quizá una de la más conocida entre ellas, sea la de Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944) en cuyo período dictatorial conocido como “el martinato” en El Salvador, resalta el asesinato masivo de indígenas señalados de estar motivados en sus revueltas, por comunistas de aquel entonces, entre los cuales se encontraba Farabundo Martí. No obstante, Martínez, a pesar de sus elucubraciones teofísicas, dejó importantes realizaciones organizativas a la República, pagó la deuda externa, construyó la carretera Panamericana e intentó crear un modelo de producción nacional.

Otro caso singular fue el de Gaspar Rodríguez de Francia en Paraguay (1816-1840) quién aisló la recién creada república impidiendo ser absorbida por Argentina, la liberó de España y de las pretensiones expansionistas de Brasil, fue implacable con sus enemigos y cultivó la autarquía, que consiguió en buena parte; pero fue un hombre austero y el padre de la nación guaraní.

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Pero dictadura, dictadura, siniestra como la venezolana encarnada por Nicolás Maduro y por el difunto Chávez no tiene memoria el continente. Se pretende comunista, pero contradictoriamente, viven como capitalistas; destruyeron la productividad, la protección social, se enriquecieron groseramente, se declararon enemigos de las democracias occidentales, protegieron y apoyaron al terrorismo internacional, acabaron la industria petrolera, y violan el orden legal nacional e internacional. Pero ya conocemos su actuar, sus depravaciones, ineptitudes y crueldades.

No hay nada que agregar; quien aún predique que es una revolución contra la oligarquía, que vaya a Venezuela una semana sin protección oficial, y se acerque a cualquier hospital público o mercado; observe el color (aunque en el país de Bolívar y Páez, todos somos café con leche) la vestimenta, el hablar de quienes están alzados y muriendo en las calles, y luego se atreva aseverar lo que hoy consignan en la televisión. Dios proteja a esta nación de caer en manos de fanáticos, ineptos y resentidos.


Se afirma que la Guardia Nacional venezolana es el brazo armado de la dictadura, integrada por reos, colectivos, cubanos y de otras nacionalidades; quizá ello explique la saña con la cual actúan contra jóvenes y mujeres venezolanos, destruyendo todo a su paso con sus tanquetas pintadas de blanco. Y también los oscuros e insalubres calabozos de la policía política, el SEBIN, semejantes a los de la SS de Hitler, o los de Ucrania en la era de Stalin.

No hay manera que la dictadura corrupta e inepta de Maduro y sus cómplices continentales se mantenga en el poder, ya no tiene  argumento legal, ideológico (si éste lo fuera) o institucional para hacerlo. La disolución de los poderes públicos, de las instituciones, la hambruna, represión y crímenes de lesa humanidad ha causado que la comunidad internacional, incluso los gobiernos más comprometidos con la tiranía, le dé la espalda y considere que las acciones de los jerarcas del régimen, constituyen un caso para ser considerado por el Tribunal Penal Internacional.

La reunión Extraordinaria de la Celac en San Salvador, es un claro reflejo de ello. Simplemente no fue posible respaldar a un émulo de Hernández Martínez, Videla, Amin Dada, Gómez o Noriega; aun en la identificación estatista o compromiso monetario que haya existido, porque el último suicidio colectivo que se conoce en la región, fue el de la secta “Templo del Pueblo” del predicador Jim Jones, ocurrido en  la República Cooperativa de Guyana en 1978.




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