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Editorial & Opinion

¡No seremos cómplices!

Federico Hernández Aguilar / Escritor

martes 2, mayo 2017 - 12:00 am

Una mujer sola, temblando y con el rostro bañado en lágrimas, se coloca al paso de una tanqueta blindada. Las calles de Caracas, nubladas por la pólvora, se transforman súbitamente en el marco de una escena insólita: aquella frágil ciudadana, con una mochila a la espalda y la bandera de Venezuela sobre los hombros, detiene el camino de un vehículo artillado por los cuatro costados.

Los oficiales a bordo gritan a la señora que despeje el área. Ella no se mueve, no retrocede; pone en cambio sus manos sobre el frío metal de la tanqueta, como si la abrazara, y les pide llorando a los militares que dejen de reprimir a la gente. Por respuesta obtiene una rociada de gas pimienta que le obliga a darse vuelta. Mas ni por eso se aparta. Se diría que no le importa. Está dispuesta a que su cuerpo sea machacado, antes que ver pisoteada su dignidad.

Las imágenes de esta escena impresionante han recorrido el mundo entero. Hoy son símbolo del drama humano que Venezuela está sufriendo, y de cómo los gobiernos dictatoriales buscan siempre ahogar las ansias de libertad de sus pueblos. No ha sido fácil, sin embargo, porque estas pugnas son siempre inequitativas. La cuota de muertos ya suma varias decenas, sin contar a quienes han sido detenidos y llevados a destinos inciertos.

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Videos desde celulares y grabaciones entrecortadas pidiendo auxilio, con tiroteos y gritos de fondo, han llenado nuestros sentidos y conmovido nuestras entrañas como no habría podido hacerlo ninguna película de horror.

Pero mientras las calles de Caracas y otras ciudades venezolanas se tiñen de sangre, aquí en San Salvador los cancilleres de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, celebrarán una reunión para ofrecer el respaldo moral que desesperadamente necesita Nicolás Maduro.


El régimen bolivariano se tambalea y ya solo puede aferrarse a este pequeño organismo internacional, cuya presidencia pro témpore, lamentablemente, justo en este año trágico le ha correspondido a El Salvador.

No habría supuesto más que elemental sentido de decencia ponerse del lado de la justicia en esta coyuntura tan macabra para Venezuela. Pero ¿qué hace nuestro flamante gobierno, en otros tiempos referente de la lucha desigual contra las dictaduras militares? Ha tomado la deshonrosa decisión de solidarizarse con el fuerte y olvidarse del débil, de acoger al represor y abandonar al reprimido, de aplaudir a la tanqueta y llamar “imperialista” a la mujer que la enfrenta.

Vergüenza. ¡Vergüenza! Es difícil hallar otra palabra que exprese lo que hoy sentimos los salvadoreños que amamos la libertad y la democracia. Pero además de avergonzarnos, nuestra obligación moral es pronunciarnos en contra de cualquier apoyo, implícito o explícito, que el gobierno del FMLN pretenda darle al autoritarismo de Nicolás Maduro.

Si la CELAC, reunida apresuradamente en nuestra capital, va a terminar endosando su respaldo a un régimen que hoy masacra a su propio pueblo, los salvadoreños decentes tenemos el derecho y el deber de darle a conocer a la comunidad internacional que nuestro gobierno, en esta oportunidad, ¡no nos representa!

La firma de un canciller sumiso podrá aparecer al pie de una declaración, pero esa firma no nos vuelve cómplices, al resto de salvadoreños, de las atrocidades que hoy se cometen en Venezuela.

Nosotros, los que sabemos en qué rincón de la historia terminan los dictadores, hace rato nos hemos puesto al lado del venezolano de a pie, del valiente, del esforzado, de ese que el 2 de mayo también, mientras los cancilleres estén sonriendo para la foto oficial en San Salvador, volverá a teñir con sangre y a regar con lágrimas su heroico e indetenible camino hacia la libertad.




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