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Editorial & Opinion

Nuevamente sobre la diversidad, la tolerancia y la democracia

Aldo Álvarez / Abogado y catedrático

Editorial & Opinion | Diario El Mundo

Jueves 29, Junio 2017 | 12:00 am

Recientemente se celebró uno de estos días, una celebración que hacen las personas que se autodenominan “sexualmente diversas” y que se aglutinan en un colectivo que recibe muchos nombres, dependiendo de las “combinaciones” que desde esa perspectiva sexual diversa les hace relacionarse en ese campo a esas personas. No ha faltado quienes se han expresado pública y privadamente en contra de esa celebración y desfile público, incluso hasta el punto del insulto y los improperios, así como no han faltado quienes han defendido ese “derecho” a ultranza. Por supuesto que, aunque muchas las personas “diversas” y los defensores de éstas, lo cierto es que siguen siendo minoría en relación con la generalidad de la sociedad, pero no por ser minoría debe considerárseles como gentes a los que se les debe aplicar la exclusión social, laboral, familiar, etc.

Es posible que personalmente no comulgue con esas actitudes y actividades “diversas” –como de hecho no comulgo-, ya en razón de mis convicciones personales, sexuales y hasta religiosas, pero tengo capacidad de entender varias cosas con relación al tema de los derechos de esta comunidad y el respeto que desde una perspectiva social deben tener, especialmente desde quienes se encuentran en el ejercicio del poder y de la clase política en general.

Un partido político que se defina como democrático –cualquiera sea su orientación ideológica-, fija sus posturas con ponderación, con medida, con amplio ejercicio de dialéctica colectiva, alejado de los “pasionismos” dogmáticos, sean religiosos o de cualquier otra especie, porque la religión por definición parte del dogma, y es esa su esencia más profunda y de ahí los postulados que la definen. Pero para los demócratas –yo me defino como socialdemócrata- no existen los dogmas, no pueden haber dogmas políticos porque ello haría colapsar el más elemental principio de ella, ya que la moral colectiva no es una moral de Estado, la moral del Estado está siempre puesta al servicio de lo que más conviene a las mayorías, sin dejar de lado a las minorías, pues de la armónica convivencia entre ellas, se extrae la más pura esencia de la democracia.

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De esto nace el carácter de la “tolerancia” como elemento unificador de la democracia, pues no puede haber democracia sin tolerancia, ni ésta puede vivir fuera del universo de la democracia, una es consustancial de la otra en el pensamiento democrático.

La tolerancia es consustancial a la democracia. Si la democracia presupone el pluralismo de opiniones, preferencias y proyectos políticos, y además aporta un procedimiento institucionalizado y pacífico para dirimir esas diferencias en el marco de la igualdad de derechos ciudadanos, entonces la tolerancia tiene en la democracia su mejor aplicativo. En efecto, ¿cómo concebir, por ejemplo, el diálogo, el pluralismo, la legalidad o la representación política sin tolerancia?

Es cierto, sin embargo, que si bien la tolerancia es indispensable para la democracia, no cubre por sí sola todo el espectro de esta última. La tolerancia es una parte de la familia de valores, principios, procedimientos, instituciones y prácticas políticas que dan vida a la democracia. Así, junto a la tolerancia están, de manera destacada, la libertad, la igualdad política, la soberanía popular, el pluralismo, el diálogo, la legalidad, la justicia, la representación política, la participación, el principio de mayoría y los derechos de las minorías. La articulación de este cúmulo de principios y valores es lo que conforma el complejo sistema en el que la democracia cobra forma y operatividad.

No vivimos en un “universo” en el cual algunos grupos -que pueden ser de carácter religioso o político y por lo tanto ideológico- son los “únicos depositarios de la verdad”, sino en un “multiverso” que contrariamente, se integra por una sociedad compleja de carácter plural, que algunos autores han concebido como la “sociedad abierta” prototípica de las democracias modernas. Por su parte, la “sociedad cerrada” constituye aquel “monopolio de la fe” que ha caracterizado a los diferentes totalitarismos religiosos o políticos.

En este esquema, la tolerancia aparece en clara contraposición con la concepción de las “verdades absolutas”, en la que cada quien debe considerar como verdadera solamente su propia creencia. Consecuentemente, siendo muchas las “verdades” que existen en una democracia, cada una tiene un valor relativo. Dicho de otro modo, existe la posibilidad de que diversas interpretaciones convivan pacíficamente; su encuentro resulta benéfico justamente porque nadie posee la verdad absoluta. Al permitir la libre expresión de los diversos puntos de vista, la tolerancia favorece un conocimiento recíproco, es decir, un “mutuo reconocimiento” a través del cual es posible la superación de las verdades parciales y la formación de una verdad más comprensiva en el sentido de que logra establecer un acuerdo o un compromiso entre las partes.



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