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Editorial & Opinion

Peña Nieto, Odebrecht y la red de ONGs hondureña

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

miércoles 22, agosto 2018 - 12:00 am

Les cuento que en mi época universitaria soñaba (y era solo eso, un soñar despierto), en escribir alguna vez un libro de texto como los que comprábamos para apoyar cada una de las clases de derecho que recibíamos. Por cierto que con el buen ejemplo que en ese entonces me daba mi papá, me hice de una biblioteca jurídica sustanciosa, la cual creció cuando preparé mis exámenes privados orales. Aquel sueño quedó en eso, ya que un trabajo de investigación requiere de muchos recursos, entre ellos dinero y tiempo.

¿Por qué les cuento eso? Porque me gustaría escribir un libro sobre la naturaleza del político latinoamericano, escudriñando cada país, su historia, los casos emblemáticos que en las diferentes épocas han desnudado el interior de la psiquis del simio político que son, pero como decía el Nazareno, la verdad sale a la luz y la verdad es para la gente sencilla, así que no se requieren investigaciones para darse cuenta de qué están hechos todos esos civiles que, después de la sangrienta era de los gobiernos militares, tomaron las riendas de los países latinoamericanos.

El caso de Enrique Peña Nieto se vuelve emblemático, porque superficial como era, sin una vena política verdadera, o sea, de estadista nada, logró llegar a la presidencia de la República Mexicana (a hacer nada). Su presidencia pasó sin pena ni gloria, México no es mejor de lo que era antes que él. Eso significa, para mí, que los políticos y su maquinaria partidista, crean una imagen para vender al pueblo, para que sean aceptados y votados, pero por dentro están huecos. No son esos líderes visionarios, con temple de acero, disciplina espartana y tesón a toda prueba, que como Pedro el Grande, Kemal Ataturk, Konrad Adenauer, y tantos ejemplos más, cambiaron, respectivamente, una Rusia colgada en la Edad Media, una Turquía deseuropeizada, una Alemania en escombros, para elevar sus respectivas naciones a la altura de sus vecinos.

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Nuestros políticos latinoamericanos son producto de un proceso de marketing. Así los populistas saben que hay que cambiar colores, dar discursos en escenarios con tonalidades de fondo bonitas y llenos de banderas del partido y del país, crearse un logo, decir algunas frases chistosas y tener un sonsonete cansino contra los partidos tradicionales. Son recetas enlatadas para los políticos.

No hacen nada por el país, solo cosas cosméticas y, en el mejor de los casos, obras de infraestructura monumentales con nuestro dinero, pero la pobreza, la delincuencia, el desempleo, el alto costo de la vida crecen y crecen y no paran de crecer.


Pero la cosa no termina allí. Odebrecht vino a desnudar a todos los políticos, de izquierda, de centro, de derecha latinoamericana, y enseñarnos, como Sócrates hacía entender a sus testarudos e ignorantes discípulos con la mayéutica, que no importa el discurso, todos nuestros políticos se presumen ladrones y muertos de hambre hasta que se demuestre lo contrario.

Finalmente, en Honduras se está dando un cambio hermoso y duro a la vez. Por primera vez se está combatiendo la corrupción de forma frontal y encarnizada. Parte presión internacional que el actual presidente deja que las instituciones funcionen en buena medida. Ya no se dan esas llamadas irritantes pidiendo engavetar expedientes.

Los más embadurnados han sido los diputados que crearon miles de oenegés para recibir dinero robado del erario público, disfrazado de ayuda para las comunidades que representan, pero que terminaban para amantes, carros, tarjetas de crédito y mujeres, o sea, Mauricios Funes en chiquito. Cuando les pusieron el primer requerimiento a siete de ellos, aprobaron de la forma más descarada lo que se bautizó como el Pacto de Impunidad, que prohibía a la Fiscalía iniciar investigaciones en casos de corrupción sin el visto bueno del Tribunal Superior de Cuentas, que como nuestra Corte de Cuentas solo es cuentos y nunca ha caído un pez gordo, solo gatos flacos, y ni tanto. Dio risa ese decreto, se revirtió al poco tiempo, pues aunque sigue vigente, los jueces no lo están aplicando.

O sea, para finalizar el perfil del político latinoamericano: hueco del cerebro, sin visión, ladrón y además descarado.




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