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Editorial & Opinion

¿Podemos esperar algo de los políticos?

Roberto Meza / Colaborador

viernes 22, septiembre 2017 - 12:00 am

¿Qué podemos esperar de nuestros políticos y funcionarios públicos? Es una pregunta razonable que mucha gente hace, visto el panorama en el que vivimos. Da la sensación, pero ahora se agudiza más, que la política se ha convertido para muchos  en una oportunidad para acercarse a la fortuna y, en definitiva, hacerse ricos, más de lo que ya eran.

La ética no importa tanto y queda relegada a un segundo plano. Lo que importa es enriquecerse y mantenerse en el poder. Engañar se ha convertido en un signo de inteligencia. Por eso, pienso que el político en serio es el que ejerce una profesión y salta a la vida pública convencido que la política no es más que un acto de servicio a la sociedad. No vive de la política sino para la política.

Y, algún día, hará las maletas, y volverá a su casa y a su trabajo. ¿De qué dependerá? Pues, simplemente, de las urnas, de la confianza o desconfianza de los votantes. Los buenos políticos miran más a sus votantes que a su partido. Preocupados por el control, los aliados del país cayeron en la apuesta y se olvidaron que si hay que rendir cuentas sólo al partido, la corrupción será el pan de cada día.

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Cuando las urnas y la opinión pública aprueban o rechazan a un político, pasan cosas muy curiosas. La canciller alemana Angela Merkel fue testigo de la dimisión de dos presidentes y de varios ministros. Por pequeños casos de corrupción o, simplemente, por haber copiado una tesis doctoral.

Historias parecidas vivieron Willy Brandt, Harold MacMillan y otros ilustres. La diferencia entre una auténtica democracia y el invento populista es la impunidad política de acciones delictivas y corruptas que, en otros parajes, dejarían rojo al más pintado.


Si no queremos perder una vez más la oportunidad que la historia nos brinda, deberíamos, frente a la política populachera, de privilegiar la claridad de las investigaciones, la independencia del poder judicial, la primacía del derecho y de la ley y, sobre todo, de la ética.

¿Se dan cuenta la de cosas buenas que se hubieran podido hacer con el dinero malgastado? La corrupción no significa sólo que unos roben; lo grave es que esa corrupción se traduce en una sociedad que ve malgastado parte de su futuro, que dilapida parte de su potencial para mejorar. La corrupción es una lacra inaceptable. Pone los pelos de punta contemplar el desfile de honorables hoy cuestionados. Su vida fue una gran mentira. De Gaulle decía: “Los cementerios están llenos de hombres indispensables”. Pues bien, los únicos indispensables, aunque duren poco, son los honestos.




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