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Editorial & Opinion

¿Política de odio? Histórica presencia latina en EE.UU.

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

viernes 3, marzo 2017 - 12:00 am

Al escuchar el reciente mensaje del presidente Donald Trump ante el Congreso estadounidense, especialmente en el tema de las deportaciones de inmigrantes irregulares, dudo mucho sobre las aseveraciones de que él impulsa una política de odio contra la inmigración latinoamericana en los Estados Unidos de América. Una a una he valorado sus afirmaciones ante las dos Cámaras y encuentro que Trump, pese a ser descendiente de emigrantes alemanes, conoce bien la historia de su país, donde la presencia latina siempre ha sido una permanente constante. Comencemos desde la época libertaria cuando las 13 colonias del Este norteamericano (o Nueva Inglaterra) se sublevaron contra el poder dominante de la corona británica, cuyo movimiento independentista  conmovió a los próceres de Sudamérica, quienes luchaban por liberar a las naciones hispanoamericanas del dominio español. Se tiene conocimiento que entre los generales Washington y Bolívar, hubo comunicaciones epistolares y, en el caso específico de El Salvador, al sentirse amenazada la república más pequeña del Istmo centroamericano por las amenazas invasoras del emperador mexicano Agustín Iturbide, la asamblea salvadoreña de ese entonces decidió anexar a mi patria como “un estado más de la Unión Americana” y hasta envió a dos próceres para formalizar esa anexión pero, por  otras eventualidades sobrevinientes, esa anexión no pudo concretarse. Asimismo, varios Estados americanos actuales durante siglos formaron parte del dominio real español, tales como: California, Texas, Colorado, Nuevo México, Florida y Arizona, que paradójicamente son algunos puntos del destino de nuestros emigrantes que llegan para mejorar sus vidas y continuar el engrandecimiento del porvenir estadounidense.

Durante la encarnizada Segunda Guerra Mundial, las fuerzas armadas estadounidenses tuvieron el concurso valiente, heroico y sacrificado de hombres y mujeres de Latinoamérica, que desafiando la muerte, el dolor y la ausencia, no dudaron en ofrecerse a la defensa de los sagrados ideales de libertad y democracia contenidos en la Constitución de los Estados Unidos de América, que el régimen nazi de Hitler buscaba extinguir. Personalmente, conocí a muchos salvadoreños, veteranos de esa Guerra Mundial que sirvieron en el Ejército o la Marina  estadounidenses, quienes me narraron hechos heroicos en combate realizados por ellos, por los cuales fueron merecedores de medallas al mérito, a pesar de las heridas sufridas por las balas o las bayonetas enemigas, al marchar triunfales por Europa o navegar las costas asiáticas del Pacífico. Y pelearon orgullosamente bajo la bandera de las barras y estrellas, como auténticos hijos de los Estados Unidos de América y nunca como extranjeros indeseables o “delincuentes peligrosos”.

Por nuestra parte, tampoco olvidamos el valioso y constante apoyo económico, asistencial y caritativo que de los Estados Unidos hemos recibido a través de múltiples programas, cooperaciones, etc. durante espacio de muchísimos años. Aquella “Alianza para el Progreso” del Presidente John F. Kennedy, los Fomilenios, socorro en épocas de crisis por tragedias naturales, programas médicos y de operaciones quirúrgicas, proyectos de capacitación en diversas áreas, valioso intercambio comercial y aduanero, apoyo a la industria, empréstitos  blandos, etc. que de alguna forma han contribuido a lograr mejores niveles de vida mismos que de incrementarse frenarían la emigración ilegal hacia el norte. Porque el presidente Trump debe saber que nadie que se encuentre bien en su propio solar, se arriesgará a dejarlo por un sueño que a lo mejor se frustre eternamente en el desierto de Arizona, en las turbulentas aguas del río Bravo, o en los mismos estados mexicanos al quedar esclavizados por  los cárteles que allí pululan. Después de ese mensaje, aliento la esperanza de que el mandatario Trump y su gabinete de migración van a elaborar otra agenda más realista, menos confrontativa y que no genere fricciones que, a la postre, podrían perjudicar tanto a Estados Unidos como a  nuestra América hispanoparlante. Necesitamos amistad, apoyo  y comprensión, para trabajar en su país y sostener nuestras familias con apego estricto a las leyes.

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Señor Trump: usted no puede ni debe aislar a Estados Unidos de América con el resto del Continente americano. Existen otros muros más altos y peligrosos que uno de concreto y alambre electrizado. No vayamos a contribuir que el último se haga realidad y nos sofoque a todos…incluyendo a su nación.




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