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Editorial & Opinion

¿Por qué se esfumó Selma?

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 1, noviembre 2017 - 12:00 am

La tormenta estaba pronosticada para afectarnos durante el fin de semana pasado y probablemente parte de esta semana; su tamaño su movilidad y su fortaleza eran latentes, tanto que el sistema de protección civil encendió las alarmas antes de tiempo y decretó asueto para las escuelas y color naranja para ocho de los 14 departamentos, esperando el golpe de tan sonada tormenta.

Sin embargo, al llegar a tierra, lo que tuvimos fue una lluvia de proporciones normales considerando el histórico nacional. ¿Qué detuvo la tormenta? Igual en 2005 cuando se levantó el huracán Adrián que fue el primer huracán de la temporada y de forma inusual inició en el Pacífico frente a nuestras costas; se nos dijo de todo y nos preparamos para todo; nunca un huracán se había visto tan cerca de nuestro país, por lo general han sido las colas y las acumulaciones de humedad de los huracanes del Atlántico las que nos dejan problemas, pero igual que Selma, al tocar tierra salvadoreña Adrián se debilitó y se convirtió en una depresión que, aunque dejó lluvias, no fue un huracán como tal. ¿Qué hizo que Adrián dejara de ser amenaza? Uno puede perfectamente decir que las condiciones geográficas, que la mala lectura de los expertos meteorólogos o simplemente suerte; pero lo cierto es que millones de personas creyentes sabemos y estamos seguros que no es suerte, sino la mano de Dios a la que invocamos su mover para detener ese daño; muchos sin duda dirán esa es una locura, pero no lo es, Dios nos ha dado poder sobre los elementos y dijo Jesucristo que si teníamos fe tan pequeña como el grano de mostaza podíamos mover una montaña, entonces ¿cómo no detener una tormenta invocando el poder de Dios? Para el que cree todo es posible y esto ha sido posible.

Este tiempo nos exige tener mucha más fe y aplicarla; nos exige a los Cristianos un mover más profundo nuestra fe y actuar buscando lo sobrenatural, lo que dijo Jesús que podríamos hacer; este es el tiempo de menos liturgia, menos teología y más fe aplicada para sanar enfermos, liberar ataduras espirituales, atraer la bendición a nuestro pueblo y sanar la tierra que Dios nos ha dado, tierra que lleva su nombre, El Salvador.

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Yo no dudo que Selma haya sido una inesperada y muy bien organizada tormenta, pero sé que la fe de muchos la debilitó, que tal daño no llegó por divina gracia, muchos rieron sobre la decisión del Gobierno de suspender clases; lo científico “que no se equivoca” decía que el impacto era inevitable, pero Dios cambia los planes y nos recuerda que si recurrimos a Él siempre hay esperanza y una mejor manera de esperar los problemas.

Dios sin duda escuchó el clamor y debemos agradecerle porque pudiéramos estar contando nuevamente otras historias de dolor y daño para este pueblo, ya bastante sufrido cada día; pero hubo un mover de muchos que creyeron, ese mover debe ser permanente y debe servir de ejemplo para redoblar esfuerzos y clamar por la nación, entregarla al altísimo para que Él la conduzca, para que Él la guíe y la lleve a la abundancia, y la plenitud que nos ofrece.


El Salvador, Cuscatlán, fue siempre tierra de riquezas, nunca fue un país de pobreza en la mente de sus líderes y menos en la mente de Dios; llevamos su nombre y ese nombre no puede ser menospreciado; El Salvador necesita hoy de más hombres y mujeres de fe definidos, valientes y convencidos en que de rodillas es posible conquistarlo todo, incluso detener tormentas; ahora ¿qué esperamos para echar fuera la violencia, la pobreza, el desánimo y la tristeza? Esa tormenta también se puede esfumar…




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