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Editorial & Opinion

Estados Unidos: La caída de los muros de Jericó

Eugenio Chicas / Secretario de Comunicaciones de la Presidencia de la República.

martes 31, enero 2017 - 12:00 am

La nefasta firma de la orden ejecutiva del Presidente Trump para construir el fatídico “muro”, nos cae cual sentencia con la que pretende dividir nuestra América. Este acto hostil es un magno reto desde la perspectiva económica, política, cultural y social, pero sobre todo humana y de dignidad. Sin duda llenará más de luto y dolor a esta sufrida región.

De la misma manera que no es posible plantar fronteras que estratifiquen la realidad ambiental, tampoco es posible dividir artificiosamente un territorio históricamente integrado, que sufrió la anexión en 1846 y en la que nunca se disolvieron los lazos culturales más allá de México, por lo que dicha acción constituye un gravísimo problema diplomático de trascendencia continental.

Hemos conocido distintos esfuerzos del hombre por establecer muros y barreras; los primeros se remontan a la antigua Babilonia en el siglo XVIII a. C., mayor ciudad de Mesopotamia, convertida en esa época en una formidable potencia regional, capital de un vasto imperio. Sin embargo, todo el poder de Nabucodonosor y sus soberbios muros no pudieron impedir su caída ante una inteligente estrategia de los ingenieros del ejército de Ciro, quienes desviaron el Éufrates y evadiendo los muros entraron por el cauce a Babilonia, que en una sola noche cayó en manos de los Persas y dieron muerte al poderoso Belsasar. Según la Biblia, el muro fue reducido a “montones de piedras”.

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La impresionante Gran Muralla China que durara 1000 años en su edificación extendiéndose a lo largo de 121,196 kilómetros desde los límites de Corea hasta el desierto de Gobi, inició su construcción la Dinastía Qin (200 años a. C.) con el propósito de protegerse de las invasiones nómadas del norte. Sin embargo, la historia demuestra que este muro, aunque hoy exitoso cultural y económicamente por el turismo, también fracasó como barrera defensiva cuando en 1644 los Manchu Qing la superaron, reemplazando a la Dinastía Ming, que mayor esfuerzo había destinado en su construcción.

El fin de la segunda guerra mundial y la guerra fría dejaron una dolorosa herida en Europa, cuando en 1949 se unen sectores prooccidentales bajo control de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, conformando la República Federal Alemana y por otro, de afinidad soviética, la República Democrática Alemana; iniciándose en agosto de 1961 la construcción del Muro de Berlín, que separaría durante 28 años a las dos Alemanias, hasta su caída en noviembre de 1989. Esta barrera se extendía por 160 kilómetros causando luto y dolor a las familias fracturadas.


Y si de vergüenza se trata, nada más ofensivo que el muro que ordenó construir en junio de 2002 el primer ministro de Israel Ariel Sharon en territorios ocupados de Cisjordania, con una proyección de 723 kilómetros, de los cuales han construido 273 pese al repudio de la comunidad internacional, la Asamblea General de Naciones Unidas en el 2003 se pronunció exigiendo la interrupción de su construcción, y la Corte de Justicia Internacional de La Haya que en 2004 dictaminó su ilegalidad y ordenó detener su edificación.

“El Muro” con el que amenaza imponer la supremacía blanca el presidente Trump pretende bloquear de manera total el acceso en esa frontera de 3200 kilómetros que separa a México de Estados Unidos. Desde 1994 hay 1100 kilómetros de barrera, otro tercio de frontera ya está severamente franqueado por el  caudal de temibles ríos y del mortífero desierto de Sonora y Chihuahua donde las temperaturas alcanzan los infernales 50 grados. Al igual que el muro de Berlín y el de Israel en los territorios ocupados, el de Trump también pretende instalar alta tecnología, Rayos X, infrarrojos, sensores y quien sabe que más.

Si de muros hablamos no podemos dejar de mencionar el gran revés que ha recibido el gobierno de México, que en los últimos años alzó su barrera no asegurando la protección y derechos humanos de cientos de miles de migrantes centroamericanos que cruzan su territorio, omisión complaciente; hoy su gran aliado comercial del norte le juega la cara, lo humilla y le introduce la garra hasta las entrañas sin compasión.

La historia comprueba que, no hay muros capaces de detener la interrelación de la humanidad, nada ha podido detener la migración de los pueblos, ni el propio territorio norteamericano ocupado casi en su totalidad por migrantes extranjeros. Y si bien nuestros gobiernos deben generar condiciones para mejorar la vida de sus nacionales y asumir la responsabilidad que les corresponde, también es claro que los factores migratorios son multicausales.

Es ilustrativo en la Biblia cuando el libro de Josué narra la caída de los muros de la ciudad de Jericó, donde la unidad y movilización de un pueblo, y el estruendo de sus trompetas hicieron sucumbir el muro. América Latina debe hacer causa común en función de los intereses de nuestras naciones y de los latinoamericanos, no podemos limitarnos a ver si el sistema de pesos y balances norteamericano funciona.




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