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Editorial & Opinion

Primero mataron a mi padre

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 23, septiembre 2017 - 12:00 am

Termino de ver el filme First They killed My Father, basado en un libro escrito por Loung Ung, la niña de apenas cinco años, hoy una mujer, capturada junto a sus padres y seis hermanos, cuando el Khemer Rouge en 1975 tomó Phnom Penh la capital de Camboya, renombrada Kampuchea Democrática por Pol Pot y sus fanáticos comunistas.

Cuando en 1979 el Khemer Rouge es derrotado por los vietnamitas, más de dos millones de personas habían sido asesinadas en busca del hombre nuevo y la destrucción de “el enemigo oculto”, como denominaron a todo camboyano sospechoso de no adaptarse a la nueva sociedad. Murieron en campos de concentración, reeducación, ejecutados y enterrados en fosas comunes, por enfermedades, maltratos y la hambruna sufrida en esos cuatro años de gobierno comunista.

La niña, autora del libro, fue internada con múltiples familias en un campo de producción agrícola, sometida al trabajo forzado, mal alimentada, como todos los allí recluidos; dejados morir de mengua, para ser reemplazados por nuevos prisioneros. Más tarde pasó a otro campo, esta vez a uno de entrenamiento de niños soldados. Y su historia, que fue la de miles de niños camboyanos la plasmó, décadas después, en un libro testimonio, llevado al cine.

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El filme estrenado en febrero de 2017 en el Festival de Toronto, fue dirigido y producido por la singular actriz Angelina Jolie, lo que fue su primera experiencia en estas lides. Es impecable la actuación de los actores, la fotografía, el guión y la música. La vi en Netfix, vale la pena.

A medida que seguía la historia de aquella realidad que fue, no pude substraerme de otras semejantes, casi calcadas unas de otras, separadas tan solo en el tiempo, los protagonistas y la excusa para el martirio colectivo. En todas las situaciones, en todas ellas, el quid central es la intolerancia, el desprecio por la vida humana, la exclusión, la imposición del “hombre nuevo”, la figura de “el enemigo oculto” y la solución final.


Hitler y el Holocausto (la Shoá), el Genocidio Ucraniano (el Holodomor, perpetrado por Stalin), El Genocidio Armenio por la Revolución de los Jóvenes Turcos, el de Ruanda en 1994 por lo hutus contra los tutsis, la Revolución Cultural de Mao, el genocidio camboyano, el serbio, el tibetano. Hay más, muchos más, demasiados, recientes y antiguos. Pero siempre lo mismo, la supremacía, el sometimiento de un grupo humano sobre otro y la política de extinción física, moral, espiritual y cultural del contrario.

Civilización y Barbarie, el Bien y el Mal, Infierno y Cielo, Blanco y Negro, Estatismo y Democracia, Libertad y Esclavitud. Cada una la antípoda de la otra. Cada una la singular expresión de un genocidio, en su mas amplio sentido.

Cuando Kim Jong-un, el malcriado fanfarrón denominado Líder Supremo de Corea del Norte, juega con sus cohetes nucleares que sobrevuelan territorio japonés y amenaza con traspasar el continente, uno se pregunta sino ha llegado el tiempo para que la civilización reunida en el mundo democrático, intervenga para detener tales experimentos siniestros que suponen la desaparición de una buena parte de la humanidad.

Cuando observamos que la comunidad democrática internacional condena al régimen forajido de Venezuela, y obtiene como respuesta la altanería de una pandilla delincuencial que desestabiliza la región y ejerce el terror contra sus ciudadanos, sin intención alguna por detener la hambruna, el crimen organizado, la persecución y ejecusión del contrario, la protección al terrorismo internacional, tráfico de droga, armas y dinero, es válido preguntarse si ha llegado el tiempo para que una fuerza militar multinacional libere a los venezolanos de la esclavitud, garantice la seguridad regional, y restaure el Estado de Derecho, dejando a un lado prejuicios y poses de salón, porque expresiones genocidas hay muchas, a la luz de la doctrina y el Derecho Internacional.




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