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Editorial & Opinion

¿Qué nos pasa a los hombres?

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

miércoles 12, julio 2017 - 12:00 am

Hace 10 años vivo en Honduras, un país que en verdad está repleto de hermanos, con diferente nacionalidad, pero que hasta en la forma de hablar es difícil diferenciarlos de los salvadoreños.

Mismos dichos, mismas costumbres, principios morales, pasión por el fútbol, amor a la familia, ¡uf!, si sigo me emocionaré y no hablaré de lo que quiero opinar.

Lo cierto es que, para terminar, cuando juega la Selecta, ese dolor de cabeza que amamos tanto, los hondureños siempre están allí apoyándola, y eso ha ganado aún más mi corazón, sin mencionar que me han tratado como un hermano más.

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Somos tan parecidos que hasta en la corrupción y la delincuencia estamos iguales.

El tema que traigo a colación es sobre la guerra sin cuartel, descarnada, terrible que se está viviendo en los hogares salvadoreños y hondureños por igual: la violencia doméstica. Esto ya no es un fenómeno social, esto es una guerra en la que un desgraciado con problemas psicológicos irremediables insulta, abusa, tortura, golpea, lacera, intenta matar a su compañera de vida, con las escuelas escalofriantes en los hijos que son débiles e indefensos testigos, ¡qué digo testigos!, víctimas de tan cruento espectáculo.


Tiene que ser muy mala una madre para que no le duela en el alma a un hijo ver cómo un malnacido le pega. Imagínense ustedes, ese pequeño porcentaje que no ha sufrido en casa la violencia intrafamiliar, lo que ha doler a unas criaturitas, incluso a adolescentes, que el hombre de la casa, sea progenitor o sea padrastro, golpee a su madrecita. Ese dolor deja una laceración en la conducta que nunca, pero nunca sana, siempre duele, aunque se alcance el perdón.

En las decenas y decenas de sesiones de mi querida Fraternidad de Hombres de Negocios del Evangelio Completo y en las células de hombres de la iglesia a la que asisto acá en Tegucigalpa, Centro Evangelístico de las Asambleas de Dios (CEAD), pocos son los casos (y cuando digo pocos es verdad) que el hermano en Cristo que pasa a dar su testimonio no ha sufrido por un despreciable padre que abusó de todas las formas de su madre, de su hija, de él mismo.

Esto no es nuevo, esto ha sido de siempre, solo que ahora tenemos más medios para enterarnos de esta situación tan espantosa y de sus consecuencias en la mujer, pero sobre todo en los hijos que copian ese patrón de conducta, es decir, las niñas creyendo que tendrán la obligación de soportar cuando sean grandes el abuso doméstico, y los varones convencidos que cuando tengan pareja estarán en todo el derecho de infligir la misma violencia sobre ella.

El caso de la mártir sobreviviente de esta guerra, Rosa Lilian Contreras, una señora que cuando trabajaba de doméstica, se enamoró de un miembro del CAM (Cuerpo de Agentes Municipales). Este señor le dio una vida de la peor, con insultos, golpes, intentos de parricidio, sino feminicidio, amparado en el supuesto poder que le daba pertenecer a ese cuerpo y también de su hermano abogado que lo sacó (al menos una vez) de prisión.

Desde 1997 hasta el desenlace fatal en la que por desgracia una de las hijas de ellos tuvo que acudir con martillo en mano a salvar a su madre antes de que el ahora difunto la asesinara, pegándole fuerte en la cabeza con un martillo que lo dejó inconsciente. La señora no pudo más y lo degolló. Así reza la noticia.

Acá en Honduras no hay semana, en verdad, no exagero, o hay semana en la que un infeliz por celos, por bruto, por animal no mate a una mujer, sea pareja actual o ex.

Me quedo acá porque el espacio se me acaba pero vale la pena seguir hablando sobre este tema.




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