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Editorial & Opinion

Réquiem para un estadista

Eduardo Cálix/Embajador

sábado 14, octubre 2017 - 12:00 am

Saludo hoy con profunda pena, pero sobre todo con emoción, la memoria del presidente Armando Calderón Sol, allí donde seguramente se encuentra con el buen Dios.

Me correspondió el honor y el privilegio de formar parte de su equipo de gobierno, el mismo que usted seleccionó junto a otros grandes políticos y personajes de la sociedad salvadoreña. Jóvenes idealistas que soñábamos y soñamos con una patria justa, con un país mejor, que hoy le rinde tributo y lo instala de manera definitiva en la historia grande de El Salvador.

La historia le hace justicia calificándolo como uno de sus más grandes hijos, de aquellos que tienen la capacidad de interpretar su tiempo y a su gente, la misma gente que estos días llenará los actos y las calles para expresarle su gratitud por la vocación democrática que nos heredó.

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Cientos de comentarios, muchos escritos en redes sociales, le dicen: ‘gracias Presidente por permitirnos nacer en un país en democracia, en libertad’; porque a usted le tocó la dura tarea de conducir al país por la reconstrucción de la institucionalidad democrática y estructural de El Salvador, en medio de tiempos difíciles e inciertos.

El retorno a la democracia tras los oscuros años del conflicto interno armado no fue una labor fácil; fue un camino lleno de trabas y abrojos, donde usted tuvo el coraje de defender lo alcanzado y con la fuerza de las ideas, con la convicción de un verdadero demócrata, supo conducir la nave de El Salvador a puerto seguro.


Un cuarto de siglo después no hay quien no haya nacido en democracia, los horrores del ayer se leen en los libros o se miran en vídeos, y muchas veces se olvida lo que costó recuperar la esencia de la república tras largos años de tristezas y pesadillas.

Justamente en ese momento es que su figura Presidente, se agiganta. Usted tuvo la capacidad de actuar con prudencia y sabiduría para cumplir a cabalidad el desafío que la historia le impuso. Junto a otros servidores públicos que cementaron las bases de la democracia que hoy podemos gozar, donde se puede disentir y protestar contra aquello que se considera injusto, usted apuntaló las bases de un mejor El Salvador, moderno, democrático y competitivo.

En tiempos en que la clase política se encuentra en crisis, su ejemplo es bálsamo de esperanza, porque usted siempre creyó en la política como el vehículo en que se conducen los vínculos y atributos de una sociedad hacia el bien común.

Hablábamos recientemente y triste y preocupado me decía: “la gente ya no cree en la política Eduardo. Hay que elevar el nivel del debate, para construir el puente vital para la nación que está decepcionada de la política y del lenguaje de los políticos. Hoy que resulta más fácil atacar que construir, nuestro deber es recuperar la confianza de los salvadoreños que se encuentran decepcionados de lo que estamos ofreciendo como clase política”.

Eso es precisamente lo que tenemos que reivindicar. Promover y defender los valores de la dignidad humana, demostrando la importancia de ser coherentes, tanto en la vida personal como en la vida pública; donde usted Presidente nunca tuvo dobleces.

Hoy miles de salvadoreños lo acompañamos. Su partida ha convocado cívicamente a todo un país y nos ha inundado de ánimo de reencuentro. Esperamos poder seguir su ejemplo, aprender de su trayectoria.

Al hombre público se le evalúa por su capacidad de hacer, no de prometer. Los propósitos lo significan. Los hechos lo califican. Usted cumplió su promesa y la cumplió con creces.

Misión cumplida, descanse en paz.




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