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Editorial & Opinion

Retos para el nuevo gobierno

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

miércoles 4, abril 2018 - 12:00 am

Han transcurrido 18 años del Siglo XXI y nuestro país, similar al resto de la región, sigue, en ciertos aspectos, cual si permaneciera anclado en los mediados del siglo pasado, por causa de que los varios gobiernos anteriores no fijaron su política administrativa en el marco referencial de que el mundo moderno se enfrenta, hoy más que nunca, a desafíos que deben ser superados en forma globalizada, esto es, actuaron durante su mandato como si fuéramos una isla, sin considerar en que ya es imperativo que todas las naciones, sin excepción, deben participar conjunta y  armónicamente, para que nadie se quede atrás en esta era moderna, de posibilidades sin precedentes en la historia de la humanidad.

Por eso, el primer reto del futuro gobierno que tome la conducción de la cosa pública, debe enfocarse en buscar y obtener la cooperación internacional, no solo en aspectos de recibir créditos que nos aten a deudas externas, sino con miras a obtener amplia ayuda en recursos tecnológicos modernos y capacitaciones adecuadas, para que las nuevas generaciones puedan ser garantizadas de alcanzar una educación amplia, misma que les permita desarrollar su máximo potencial intelectivo y creador, que les facilite fortalecer su rol laboral no solamente en profesiones u oficios tradicionales (que la misma tecnología actual está dejando fuera en forma acelerada), sino muchas otras innovadoras, que las promueva a la creación de empresas modernas, que vengan a fomentar no solo el crecimiento sostenible, sino la mejora en la eliminación de los desechos sólidos, el aprovechamiento racional de los recursos hídricos y de las tierras agrícolas, junto a la conservación de las zonas boscosas (que incluye la conservación de especies silvestres de la fauna y la flora), así como el uso y aprovechamiento de recursos energéticos limpios, etcétera, que, en conjunto, podrían crear condiciones óptimas para mejorar la seguridad alimentaria, ante una población que crece año con año en un territorio pequeño. Necesitamos una reingeniería educativa que comprenda éstos y otros aspectos benéficos, para que descartemos, a mediano y largo plazo, esa enseñanza-aprendizaje tradicional, de naturaleza libresca, o la simplemente alfabetizadora.

Por supuesto que se ha tenido ayuda internacional. Eso es innegable, pero se ha destinado, de manera sobresaliente, a la mejora vial, a la ampliación de carreteras, construcción de puentes, mejoras de puertos y otros rubros similares, añadiendo a todo eso el valor agregado e indeseable de la corrupción más desvergonzada y escandalosa. Y eso constituye una paradoja que debemos evitar a futuro: es deseable tener muchas buenas carreteras, por donde se desplace el comercio y el turismo, pero ¿dónde está la capacitación para nuestros agricultores y ganaderos?  Cada año, el cambio climático hace reducir la fertilidad del suelo, produce disminución en el caudal de ríos y  fuentes hídricas, nuestras costas se envenenan con plásticos y sustancias venenosas y muchas especies piscícolas rápidamente  desaparecen de las redes de los pescadores artesanales, mientras languidecen nuestros bosques marítimos, antes recubiertos de árboles como manglares, guayacanes, ceibas y mangollanos, que servían de hábitat a diversos crustáceos y moluscos, que poco a poco van aumentando la fatídica lista de especies extinguidas.  Hay países de otras latitudes que, al respecto, han suscrito Alianzas Internacionales por el Medio Ambiente, en las cuales apoyan a otras naciones para abordar los principales problemas ecológicos, que amenazan la salud humana y el medio ambiente.

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Incluido en este aspecto educativo, el nuevo gobierno debe entender que se vuelve también imperativa la capacitación idiomática de las nuevas generaciones, para enfrentar exitosamente el mundo globalizado en el cual ahora vivimos y nos desempeñamos. Hace varios años, trabajando para una institución que nació a raíz de los Acuerdos de Paz de 1992, tuve el agrado de conocer a Renata, una culta y bella oficial de la policía noruega, quien además de su idioma natal, sabía hablar inglés, alemán, español y otros lenguajes más. Según me contaba, en Europa es cosa común que un habitante conozca no menos de cinco idiomas y aquí, perdonen, he conocido colegas que no saben escribir correctamente el castellano. Si cuento con la benevolencia de este importante medio, trataré de esbozar, en futuras entregas, otros retos básicos para una mejor y eficiente administración pública.




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