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Editorial & Opinion

¿Rico o pobre…?

Luis Mario Rodríguez / Director Ejecutivo de Fusades

sábado 31, diciembre 2016 - 12:00 am

Escuchando una meditación en línea a través del sitio www.medita.cc (pláticas de contenido espiritual), el cual recomiendo ampliamente, sobre todo ahora que el tráfico se ha convertido en una rutina diaria que debemos enfrentar creativamente, redescubrí el valor de la riqueza “inmaterial”, aquella que prescinde del dinero, sin restarle la importancia que merece, pero ubicándolo en su justa dimensión.

El siglo XXI trajo consigo avances médicos, tecnológicos y de comunicación entre los seres humanos. Sin embargo también ha profundizado el consumismo, la mundanidad y el individualismo. Tanto en las urbes desarrolladas como en las en vías de desarrollo tienen “éxito” los que amasan enormes fortunas, aquellos que obtienen reconocimientos sociales y quienes aventajas a otros porque alcanzan la gloria y la fama y son reconocidos como grandes “celebridades”.

A todos ellos tarde o temprano los aqueja la depresión y, con suerte, si la detectan a tiempo, la tratan médica y espiritualmente y cambian sus prioridades, no traspasan el umbral de la sensatez como les ha ocurrido a otros, que lamentablemente resolvieron la angustia, la soledad y la desesperanza con el suicidio.

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Los síntomas y las conclusiones por lo general son los mismos: lo tengo todo pero el vacío existencial es enorme; no me falta nada, mi empresa “vuela por los cielos”, tengo ahorros para tres generaciones y un futuro por el cual no debo preocuparme pero no soy feliz. Aquí vale la pena recordar aquella parábola en Lucas 12, 13-21: “Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico en lo que vale ante Dios”.

Por eso quiero compartir parte de aquella meditación que escuché en medio del tráfico. Trajo a mi corazón y a mi alma un soplo maravilloso de esperanza. El sacerdote que dirigía la charla hizo referencia a una columna de opinión de Armando Fuentes Aguirre, un prestigioso escritor y periodista mexicano, la cual seguramente disfrutarán como lo hice yo, aquel día en que las decenas de automóviles impedían el paso y me llevaron a prestar atención a lo importante para dejar por un momento en el olvido lo urgente:


“Me propongo demandar a la revista “Fortune”, pues me hizo víctima de una omisión inexplicable. Resulta que publicó la lista de los hombres más ricos del planeta, y en esta lista no aparezco yo. Aparecen, sí, el sultán de Brunei, aparecen también los herederos de Sam Walton y Takichiro Mori. Figuran ahí también personalidades como la Reina Isabel de Inglaterra, Stavros  Niarkos, y los mexicanos Carlos Slim y Emilio Azcárraga.  Sin embargo, a mí no me menciona la revista.

Y yo soy un hombre rico, inmensamente rico. Y si no, vean ustedes: tengo vida, que recibí no sé por qué, y salud, que conservo no sé cómo.  Tengo una familia, esposa adorable que al entregarme su vida me dio lo mejor de la mía; hijos maravillosos de quienes no he recibido sino felicidad; nietos con los cuales ejerzo una nueva y gozosa paternidad.

Tengo hermanos que son como mis amigos, y amigos que son como mis hermanos. Tengo gente que me ama con sinceridad a pesar de mis defectos, y a la que yo amo con sinceridad a pesar de mis defectos. Tengo cuatro lectores a los que cada día les doy gracias porque leen bien lo que yo escribo mal.  Tengo una casa, y en ella muchos libros (mi esposa diría que tengo muchos libros, y entre ellos una casa).

Tengo un perro que no se va a dormir hasta que llego, y que me recibe como si fuera yo el dueño de los cielos y la tierra.  Tengo ojos que ven y oídos que oyen; pies que caminan y manos que acarician; cerebro que piensa cosas que a otros se les habían ocurrido ya, pero que a mí no se me habían ocurrido nunca.

Soy dueño de la común herencia de los hombres: alegrías para disfrutarlas y penas para hermanarme a los que sufren.  Y tengo fe en Dios que guarda para mí infinito amor.  ¿Puede haber mayores riquezas que las mías? ¿Por qué, entonces, no me puso la revista “Fortune” en la lista de los hombres más ricos del planeta?”  ¿Y tú, cómo te consideras? ¿Rico o pobre?”




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