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Editorial & Opinion

Saldar la abultada concentración de la riqueza

Roberto Cuéllar / Director de la Organización de Estados Iberoamericanos para El Salvador

Jueves 19, Enero 2017 - 12:00 am

Durante la primera guerra mundial, para la Nochebuena de 1914, los ejércitos enfrascados acallaron las armas y a lo largo de 45 km, tropas alemanas encendieron linternas y cantaron villancicos navideños. Al otro lado, soldados británicos aplaudían y les gritaban felices. La llamada “tregua de Navidad” fue un breve espacio para la paz en esa conflagración internacional. El Salvador tuvo su momento histórico y su respiro en paz que alentaron cambios inéditos al historial tan lleno de sangre, oprobio y dictaduras cuando el 16 de enero de 1992 la artillería calló y nunca más se han empuñado las armas, hasta hoy.  25 años después es, ahora, un buen momento para recordar y repasar esa tregua bien lograda y permanente, aunque el país – el Estado “in totum” -, aún no amarra la plataforma de justicia que ampare la seguridad humana de los grupos excluidos de los derechos sociales.

De entrada, hay que ponderar la respetada opinión de algunos sectores con una perspectiva un tanto idílica de esos acuerdos, que internacionalmente fueron ejemplares. Sin embargo, para otros analistas hace falta -y mucho- otra urgente metamorfosis más ejemplarizante de país. En primer lugar, está muy pendiente una profunda transformación de la clase política vigente, nacida en el marco de los acuerdos. A partir de 1991, surgieron importantes instituciones de control sobre cualquier gobierno, y se respetaron todas las elecciones, muchas limpias y otras ganadas a contrapelo por las dos variables partidistas que han predominado durante estos cinco lustros . Pocas entidades ejercieron ejemplarmente el debido proceso administrativo y jurisdiccional sobre la buena conducta democrática, sin vacilaciones, compromisos y sin debilidades. Otras fueron defectuosas en el cumplimiento de su “hoja de ruta” trazada a partir del Acuerdo de Derechos Humanos, desde julio de 1990.

Hoy, la combustión habilitante de esos cambios ya no da para más, y muy poco para comprender y afrontar la crisis moral, política a causa del adeudo nacional más grave: la injusticia social que acarrea la concentración pecaminosa de la riqueza que persiste desde hace más de dos décadas y media. Ese trance mantiene al pueblo salvadoreño atorado y agobiado entre problemas e inseguridades críticas de “nunca acabar”. No solo de la criminal, que no vale la pena repetir, pues pesa por sí sola.

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No sabemos a ciencia cierta si el pueblo está desesperado; parecería, y todo apunta a que sí. Pero las encuestas reflejan esa frustración y desesperanza de cara a su presente y futuro. Según dichas consultas un altísimo porcentaje de la población quiere irse del país. Esos sondeos recientes nos llenan de realidades tan amargas entre mayorías populares “desesperadas por una gota de paz, seguridad y otra de trabajo”. Tal vez parezca muy poco convincente decir lo que escuchamos en muchos centros educativos afectados por la violencia cuando recorremos el país a través de la alfabetización, por medio de la habilitación de la educación superior “a distancia y virtual”,  y cuando acompañamos historiales productivos de “JóvenES con Todo” en terrenos difíciles y desafiantes, calificados por el Plan “El Salvador Seguro”. La juventud de hoy quiere ser protagonista de una historia apasionante: la de una vida colmada de seguridad humana y aspiraciones logradas con justicia social a los que califican como “aciertos de paz”.

Hoy, cuando los mismos firmantes hablan de una segunda generación de acuerdos y traer facilitadores internacionales que destraben el caprichoso atascamiento entre la clase política, con concierto vacío de por medio, sería más que urgente desmontar la confusión imperante y proponer otra tregua ante tal umbrío panorama político. Lo que si hay que facilitar es la realización inmediata de los acuerdos de dos inéditos consejos nacionales –de seguridad ciudadana y convivencia, y de educación *- ya generados en ardua tarea de diálogo por consenso nacional, en homenaje a esta orgullosa conmemoración del fin de la guerra que, a mucho honor del pueblo salvadoreño, hizo parte ejemplar de la historia mundialista delante de todas las Naciones Unidas hace 25 años.


Por ahora, quedan pendientes, porque para todo ello, hace falta demostrar un amor inagotable por El Salvador, sin tintes electorales que tanto aburren a la gente y a la juventud. Hace falta brindar una muestra de bienestar social que reivindique los derechos a la seguridad y a la educación, como prueba palpable ante las mayorías populares. Y hay que saldar la abultada cuenta por tanta concentración de la riqueza -el mal común en El Salvador-, como lo pronunció monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez en Lovaina, Bélgica, en febrero de 1980, antes de su aún impune magnicidio.




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