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Editorial & Opinion

Timbiriche, 30 años después

Vanessa Núnez Hándal / Abogada, docente y escritora salvadoreña

sábado 19, mayo 2018 - 12:00 am

Fue el concierto más esperado del inicio de año. Mis amigas, las mismas con las que fui al concierto hace 30 años, comenzaron a hacer planes. La Mela compró las entradas.

Pero el evento comenzó a pintar deslucido dos días antes cuando, luego de la presentación en Guatemala, mis amigos chapines comentaron en redes sociales que el show no les había gustado, que las canciones del inicio les habían resultado aburridas, que los primeros 45 minutos eran malos y que, encima de todo, al final, remataban con “México”, canción que llena de significado en su país de origen, pero no para Centroamérica.

Mis amigas, sin embargo, alegaron que no debíamos aguarnos la fiesta y que, de cualquier forma, disfrutaríamos. Yo albergué mis reservas. El grupo que ahora venía, argumenté, ni siquiera contenía a la mayoría de los integrantes que se hicieran famosos en El Salvador a finales de los 80, con sus discos VII, VIII y IX. No obstante, pudo más el entusiasmo.

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El día del concierto llegamos un poco antes. El auditórium de la feria estaba a medio llenar. Las gradas, sin embargo, estaban colmadas. Poco a poco, aunque tarde, se fueron llenando las sillas y el área VIP, aunque no por completo.

Previo al concierto un DJ, con música de los 80, no logró encender el ambiente que era muy ruidoso y tenía mal sonido.


Cuando, por fin, aparecieron Benny, Sasha, Erick, Diego, Mariana y Alix, el auditórium se estremeció. El show, sin embargo, era el mismo que, los que nos habíamos dado a la tarea de investigar en YouTube, habíamos visto en su gira por México. Y, tal como había sido comentado en Guatemala, hubo que hacer ganas a los primeros 45 minutos de música infantil, durante los cuales el público permaneció sentado. Cada cierto tiempo surgía una canción conocida y la gente se animaba, para desalentarse luego con otra recóndita.

El problema más grave fue, sin embargo, que los integrantes del grupo, contrario a lo que había sido Timbiriche, ya no se presentaban cargados del histrionismo de antaño, sino de una cierta extenuación, como si una cuota máxima de energía les hubiera sido fijada. El show, los bailes y hasta las voces contenían cierto desgano, como pactadas para no sobresalir o hacer sombra a los demás.

El problema es, sin embargo, que un grupo como Timbiriche, que nunca se caracterizó por sus dotes vocales, tenía que haber presentado un show con mayor fuerza y dinamismo.

Quizá los únicos momentos estelares fueron cuando Diego interpretó “Tú y yo somos uno mismo” que, de igual forma, pudo haber sido explotada de mejor manera, “Princesa Tibetana” y “No seas tan cruel”. Otras, incluso las conocidas, carecieron de la fuerza interpretativa que las caracterizó en su versión original, tal fue el caso de “Yo no sé si es amor”.

Y es que Timbiriche tenía todo para entregarnos una gran noche: nuestra nostalgia, nuestros recuerdos, sus canciones que marcaron época, un pasado lleno de devoción, la cual todavía pervive en muchos, un escenario bien montado, iluminación, la fama y profesionalismo de sus integrantes, etc.

No obstante, se limitaron a demostrar lo bien que coordinaban sus voces, acompañados por un vestuario y una coreografía pobre y unos cuantos arreglos.

Timbiriche, nuestro Timbiriche, y nosotros (nuestra nostalgia y cariño), tomando en cuenta que puede ser la última vez que presenciemos su show, merecíamos un espectáculo con mayores energías y ganas. Habría ayudado que el espectáculo hubiera sido adaptado para Centroamérica. También se habría apreciado que reconocieran la importancia (quizá en un vídeo proyectado en las pantallas) de exintegrantes icónicos del grupo, como fueron Thalía, Paulina Rubio y Eduardo Capetillo. Asumir que sus interpretaciones serían reemplazadas sin más, fue como escuchar a Chayanne interpretando canciones de Luis Miguel: ninguno es mejor que el otro, pero son distintos en cuanto a personalidad y esa diferencia pesa.




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