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Editorial & Opinion

Tradiciones y consumo

Eugenio Chicas / Diputado del FMLN al Parlacen

martes 3, abril 2018 - 12:00 am

El sistema de feriados vacacionales más importante del país está determinado por el calendario religioso: desde el espacio que ocupa la tradicional Semana Santa, celebración de todas las corrientes cristianas, pasando por las festividades agostinas que comprometen la capital y trascienden de la región central al país entero; hasta nuestra clásica navidad, origen de las corrientes de nuestra fe cristiana y que delimita el cierre administrativo de cada año. También se destacan fiestas regionales como la dedicada a la Virgen de la Paz, patrona nacional y el famoso Carnaval de San Miguel, convertido en el festival de trascendencia internacional más grande, largo y complejo en organización.

En distante competencia le siguen cada una de las cabeceras departamentales que de acuerdo al tamaño de su población, actividad económica, ingresos y liderazgo compiten para granjearse su propio espacio; que en muchos casos son la única oportunidad recreativa y de convivencia social de amplios sectores de la población humilde y trabajadora. Así nuestras arraigadas tradiciones de fervor cristiano, coinciden y coexisten con la necesidad de sano esparcimiento, adecuándose y multiplicándose por generaciones.

Actualmente se extiende la recuperación de las mejores prácticas conmemorativas de corte religioso, cultural y social en las que se entremezcla armónicamente la expansión del arte culinario propio de la época con exquisitos manjares populares, entre los que destacan las tortas de pescado seco de acuerdo a la usanza y tradición de cada región, así como la mejor sinfonía de dulces y torrejas capaces de vencer la más férrea dieta. Además, hay un resurgimiento de expresiones organizativas sociales para la elaboración de las más creativas y hermosas alfombras conmemorativas que se aprecian en todos los espacios generados en la modernidad de la comunicación. Es justo reconocer la perseverancia de los sonsonatecos que conservan una sólida tradición en la celebración de Semana Santa, su ejemplo ha trascendido para que muchas comunidades de jóvenes en el país se destaquen en tan hermosa expresión de arte y fervor popular, como el caso de Jóvenes Unidos por la Paz en oriente que por séptimo año consecutivo elaboraron una de las alfombras más grandes de la región con cerca de medio kilómetro de longitud, o las decenas de grupos Scout que se movilizan año con año para que niños, adolescentes y adultos fortalezcan su colectividad y unidad de valores.

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Estas festividades, como todas, enfrentan una franca competencia en la pesada carga del desmedido interés lucrativo, deformación que depende de la naturaleza del modelo económico de comercio y servicios que vino a desplazar las capacidades productivas, imponiéndose por mucho a las reales necesidades de consumo. Una parte de esta expansión comercial surge producto de la desesperada sobrevivencia de amplios sectores que no encontrando oportunidad de empleo formal o en la necesidad de complementar sus ingresos, ven en el comercio informal una puerta de escape a la crisis.

En la otra parte, está el gran comercio que aprovecha y estimula al infinito un desproporcionado consumo que sobrepasa las modestas necesidades para una sobrevivencia digna, lo que contribuye con los descalabros económicos de las familias en estos periodos vacacionales; y especialmente el eufórico y grave estímulo al desenfrenado consumo de alcohol que, más allá de las indiscutibles libertades individuales, genera y aporta en demasía decenas de tragedias humanas. Puntual atención requiere el recurrente número de accidentes de tránsito sobre los que recaen la mayor cantidad de víctimas y pesares en este y anteriores periodos vacacionales cuyas causas, sobra decirlo, siguen siendo las mismas y recaen fundamentalmente en la esfera de la responsabilidad individual: distracción al volante mientras se conduce; invasión del carril contrario; irrespeto de las señales de tránsito que incluye el irrespeto de la luz amarilla del semáforo; exceso de velocidad; falta de revisión y mantenimiento preventivo de los vehículos; y por supuesto consumo de alcohol de quien conduce.


Es encomiable y debemos como ciudadanos reconocer el sacrificio, esfuerzo y dedicación de las autoridades de Protección Civil, PNC, Fuerza Armada, del sistema de salud, así como de todas las instituciones de socorro público que contribuyen con el plan vacacional. Sin embargo, su esfuerzo nunca será suficiente si no asumimos la “culpa” que nos toca; necesitamos una seria reflexión desde cada familia y desde la sociedad en su conjunto respecto de los costos sociales y económicos por la falta de responsabilidad individual, costos que llegan a varios millones y que cubren atención de socorro, protección, hospitalizaciones, el invaluable dolor y luto de los que sobreviven, así como daños y pérdidas de bienes materiales.

Además de reforzar las campañas de prevención desde la educación, es necesaria una pronta respuesta legislativa a la demanda que han formulado las autoridades de tránsito por una penalización más severa ante las infracciones. Asimismo hay que asumir una amplia discusión en la sociedad sobre el control del expendio de bebidas alcohólicas en tiempo y espacios públicos. Si otros países lo han hecho ¿Por qué no El Salvador?




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