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Editorial & Opinion

Trump: 500 días de zozobra

Roberto Meza / Colaborador

sábado 16, junio 2018 - 12:00 am

Han pasado algo más de 500 días desde la toma de posesión de Donald Trump, en enero de 2017. Es un período suficiente para intentar un balance preliminar sobre su gestión y, en particular, sobre las características de su liderazgo en  política exterior y en lo interno. Para quienes vimos el esplendor del orden liberal, lo que hace nos parece un descalabro. Pero muchos alaban su visión, sus decisiones y sus posturas. Es una figura divisiva que dejará una marca en la historia política.

Más allá de lo que podamos sentir hacia su figura, se trata de un presidente conflictivo, que llegó para cuestionar la forma, los métodos, los mecanismos, los principios y los objetivos de hacer política, al menos como los conocíamos hasta ahora en una potencia. Habíamos visto líderes antisistema, pero mantenían códigos formales que Trump pretende alterar, si no derrumbar del todo. Se ve a sí mismo como un agente de cambio, capaz de alterar el statu quo: considera que el orden establecido perjudica a los Estados Unidos o, al menos, a sus votantes.

En ese contexto, despliega una agenda personalista, sin límites precisos, sin consultar con su staff personal ni con sus ministros. Los cambios constantes de colaboradores, combinados con crisis políticas y comunicacionales sin solución, han convertido la Casa Blanca en un entorno turbulento y desgastante. Tanto, que un número de representantes y senadores, incluido Paul Ryan, titular de la Cámara baja, prefieren no ir a la reelección.

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En el plano institucional, Trump arremete contra el complejo sistema de frenos y contrapesos que garantiza la Constitución, a los cuales estuvo sujeta la presidencia. Si bien los excesos en su liderazgo eran claros durante la campaña y se potenciaron con su éxito electoral y aun antes de su asunción, su estilo personalista y cuasi monárquico se ha profundizado.

En los últimos días, la sociedad política norteamericana ha sido conmocionada por el insólito planteo de que el presidente tiene facultades para perdonarse a sí mismo, en el contexto de la investigación que el fiscal Mueller lleva adelante por involucramiento de Rusia en la campaña electoral.


“El presidente puede hacer lo que quiera”, afirma el abogado Giuliani sin inmutarse. Semejante exceso en la autoridad presidencial, llevará a un escándalo político y judicial que podría terminar en la Corte Suprema. Trump niega que sea necesario hacer uso de semejante prerrogativa: “No hice nada mal”, insiste a diario, aunque las evidencias y las contradicciones sugieren lo contrario. No existe precedente de autoridad que se hayan auto indultado. Sería un pésimo antecedente, en especial para América Latina, pletórica de presidentes con tendencias depredadoras que juegan al límite del orden constitucional o un poco más allá. Las auto amnistías estaban reservadas para gobiernos autoritarios.

En materia de economía doméstica, Trump profundizó el sólido crecimiento, herencia recibida de la administración Obama. El ciclo de recuperación de Estados Unidos desde la crisis de 2008-2009 es extraordinario, casi sin precedente en la historia contemporánea. Con las menores tasas de desempleo en dos décadas (por debajo del 4 %), es natural que hayan aparecido temores por eventuales tensiones inflacionarias. Esto explica la decisión de la Reserva Federal (el Banco Central de EE.UU.) de subir las tasas de interés hacia niveles normales luego de haberlas mantenido bajas por el lapso de una década, medida acompañada por el Banco Central Europeo y el Banco de Japón, para evitar caídas de Bancos y grandes empresas como consecuencia de la crisis financiera más fuerte y compleja desde la Gran Depresión.

Una de las acciones más controversiales del presidente es su afán proteccionista, potenciada recién con la imposición de sanciones a la importación del acero, aluminio y los autos. Con la respuesta de los países más afectados, en especial Europa, estamos frente a la amenaza que el conflicto dispare la principal guerra comercial en muchas décadas. Es una promesa de campaña que Trump se encargó de satisfacer, con su retiro del Tratado del Transpacífico, concebido como un mecanismo para contener y competir con China, su decisión de renegociar el Tratado de Libre Comercio con Canadá y México y, sobre todo, con la presión a grandes corporaciones para que revisen sus planes de inversión globales y los orienten hacia Estados Unidos. Muchos analistas temen una ola de denuncias en el marco de la OMC, pero la consecuencia más importante es la erosión de la credibilidad en relación con sus aliados históricos, en un contexto en el que China muestra su presencia cada vez más fuerte y otras potencias afinan sus instrumentos para destacar en el concierto de las naciones.

La imprevisibilidad de los Estados Unidos como potencia internacional también se alimenta con decisiones como el retiro del acuerdo nuclear con Irán, las idas y venidas en la inusual relación con Corea del Norte, las crecientes tensiones con Rusia y con China y la cuestión migratoria, con foco en la decisión de separar a niños de sus padres, lo que viola derechos humanos básicos. Sin embargo, debemos destacar la firme condena al régimen de Maduro, que explica su aislamiento, incluyendo la reciente decisión de la OEA de suspender a Venezuela.

Trump dominó a su partido, redefinió los contornos de la política del país y viene alterando el (des)equilibrio internacional, con resultados imprecisos. Las próximas elecciones de mitad de mandato para el 6 de noviembre pueden constituir una amenaza a su liderazgo. Cientos de miles de jóvenes se registran para votar, fruto del movimiento estudiantil en contra de la venta de armas. La democracia en América, pensaba Tocqueville, fue siempre una fuente de innovación y sorpresas.




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