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Editorial & Opinion

Un caso de casos

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

miércoles 18, julio 2018 - 12:00 am

El llamado caso Carla Ayala, más allá de la cobertura de medios que ha tenido (¡y con justificada razón!), constituye un buen test para establecer el estado del arte de ese objeto de estudio que es la Policía Nacional Civil, PNC.

Que una policía con bastante tiempo de trabajar en la institución desaparezca desde el 29 de diciembre de 2017 sin tenerse (según los reportes oficiales) hasta el día de hoy ni idea de dónde está, viva o muerta, es ya un hecho anómalo, misterioso y problemático.

Que un policía, también con varios años de servicio en la PNC, en el Grupo de Reacción Policial, GRP (y cuyo indicativo, Samurai, debería significar algo para establecer su perfil), según todas las versiones disparó a la policía (¿en la cabeza?, ¿en la pierna?) y después la desapareció es más que un hecho anómalo. Se trata de una circunstancia grave que amerita una detenida indagación.

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Pero que varios miembros de esa unidad elite, el GRP, hayan tenido algún nivel de participación en la desaparición de la policía Carla Ayala y en la fuga de Samurai y que transcurridos seis meses de aquellos hechos no obstante que está verificada esa participación múltiple (se dice que Samurai se comunicó dos veces con gente del GRP, e incluso llegó a entregar las llaves del radiopatrulla, fue perseguido a pie sin ser alcanzado, etcétera) no se sepa el paradero de Carla Ayala ni de Samurai, no puede ser menos que un escándalo.

Después de un poco más de 25 años de existencia de la PNC, sin duda que es necesario repensar esta institución. Disolver el GRP no es solución alguna, y más bien lo que genera son dudas acerca de un posible historial de irregularidades del que el GRP podría haber sido autor y actor.


La inminente campaña electoral presidencial que ya está encima es un buen momento para establecer el punto de agenda del tema PNC. No sobre la situación de inseguridad (que es otra cosa, aunque estén vinculados). Y para eso es necesario hacerse al menos tres preguntas.

¿En los orígenes de la PNC fueron inoculados algunos de los malos procederes que caracterizaron a los represivos cuerpos de seguridad?, ¿por qué ha costado tanto implantar y expandir la buena noción de policía comunitaria? y ¿acaso el vuelco de la PNC hacia el combate contra las pandillas y su estela de sangre que de esto dimana no estará convirtiéndose en una serpiente pérfida que asfixia y aturde a la corporación policial?

El número de integrantes de la PNC no es una cantidad irrelevante en cuanto a segmento social se refiere, puesto que ya ronda los 25,000 elementos, y por eso mismo el caso Carla Ayala delata que varios cosas no andan bien y que al parecer los correctivos internos existentes son insuficientes o, peor, irrelevantes.

Si los candidatos a la presidencia de la república, ya oficializados, quieren agarrar el toro por los cuernos, el tema PNC, con el que toparán desde el primer día, se constituye en una prueba de fuego, no tanto para establecer las buenas intenciones (se supone que las tienen) sino para determinar el tipo de perspectiva que poseen acerca de los asuntos de Estado.

Pero para esto hay que salirse del fácil expediente de la publicidad electoral que todo lo pretende resolver con promesas y eslóganes que no se cumplirán (por irreales, por infundados) y pasar a la formulación de auténticos planteamientos estratégicos que se propongan incidir sobre lo fundamental.

Y el tema PNC está asociado a otros que deben ponderarse con cuidado pero con celeridad: el de la Academia Nacional de Seguridad Pública, el del papel de la Fuerza Armada en el tinglado de seguridad, el de la Fiscalía General de la República, el del Sistema Penitenciario, el de la Corte Suprema de Justicia, el de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, el de las instancias que no existen como la de investigación multidimensional de la sociedad y la de la real reparación social de las víctimas.

El escueto argumento de prevención-represión se queda corto, y más cuando la represión desatada se descontrola y termina por carcomer tanto al cuerpo policial como a algunos grupos sociales. ¿Y la prevención? Por favor, la prevención no son pequeñas obritas físicas ni tímidas acciones de convivencia, no, lo que hay que emprender es una profunda recuperación del tejido social, es decir, hay que hablar de un reacomodo estructural.




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