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Editorial & Opinion

Un martirio que demanda acción ante el pecado estructural

miércoles 11, febrero 2015 - 6:24 pm

Asesinado por odio a la fe, monseñor Oscar Arnulfo Romero es mártir por declaración del Vaticano. Este hecho, al margen de que los cristianos evangélicos tenemos una visión diferente a la de la jerarquía católica con respecto a la santidad otorgada a los hombres por los hombres, es un reconocimiento al salvadoreño más universal. Un acto de justicia y un reconocimiento a una labor pastoral que, en su momento, no fue bien vista por la jerarquía y tuvo el reproche incluso del Papa Juan Pablo II.

Monseñor –como el pueblo salvadoreño lo llama con familiaridad—es un verdadero pastor y un profeta contemporáneo. Decir esto, desde mi calidad de pastor evangélico que discrepa en muchos puntos con la doctrina y praxis de la iglesia católica romana, es un acto de sinceridad ante mis hermanos y de respeto a una persona y su pensamiento que trasciende los límites de las iglesias, de las denominaciones, del ámbito religioso y de las ideologías.

Como los profetas bíblicos, fue punto de quiebre en las tradiciones religiosas; propuso nuevas pautas para interpretar la realidad desde la Palabra y señaló caminos para vivir la fe de acuerdo al evangelio. En un sentido muy actual, dijo a su iglesia volvamos al origen, quitémonos los anillos y dejemos de engordar a costa de los más desfavorecidos de nuestro mundo. Y, a los cristianos evangélicos de cualquier denominación, sin renunciar a nuestra propia fe, nos aporta una característica que parece hemos olvidado: el rol profético que nuestras iglesias deben desempeñar de cara a la realidad.

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Su fuerza profética, acompañada de estatura moral y valentía inspiradas, ayudaron a dotar a nuestro pueblo de una conciencia más cercana a la Palabra, enseñanzas y práctica de Nuestro Señor Jesucristo; o, si se quiere evitar el asunto religioso, de una “conciencia social” que nos permita, al asumirla, construir un país mejor, sin exclusiones, en el cual la solidaridad hacia los más necesitados debe ser una práctica de creyentes y no creyentes.

En la Universidad de Lovaina, al recibir el doctorado honoris causa, Romero expresó “que la fe cristiana no nos separa del mundo, sino que nos sumerge en él, de que la Iglesia no es un reducto separado de la ciudad, sino seguidora de aquel Jesús que vivió, trabajó, luchó y murió en medio de la ciudad, en la ‘polis’”.


Esas palabras, respaldadas con su proceder, son claves en la universalidad de su pensamiento, puesto que la “polis”, la ciudad, es conformada por todos los sectores sociales y a todos ellos dirigió su mensaje: a los poderosos y a los humildes, porque tanto unos como los otros, tienen responsabilidad en el pecado estructural que permea nuestra sociedad.

Se equivocan quienes ven en su preferencia por los pobres, una opción simplemente política y no evangélica. Al contrario, cuando Monseñor afirma –en aquel discurso– que “el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros el mundo de los pobres”, Romero se vuelve aún más universal. Nos habla a todos, para que todos, desde la más auténtica fe cristiana, atendamos a las necesidades de nuestros semejantes. Es que Monseñor Romero, no sólo representa un positivo revolucionario en el seno de su propia iglesia, sino también un alto humanista que, en sus dos calidades (de cristiano y humanista) se preocupa por las almas de todos.

Es cierto que la figura de Monseñor Romero actualmente parece un tanto desdibujada, pese a que su pensamiento es tan actual como lo fue ayer. Su propia iglesia no ha sido capaz de darle continuidad a su pensamiento. Luego del arzobispado de uno de sus más cercanos hermanos, Monseñor Rivera y Damas, la iglesia católica dio un paso hacia atrás, reacomodándose en una posición divorciada de las necesidades de los más humildes, y manteniendo su jerarquía una tibia actitud ante los problemas que hoy son parte de los males que debemos denunciar y corregir.

Es preocupante que algunos sectores políticos y económicos continúen viendo a Monseñor como un “cura comunista”, y aferrados a la misma intolerancia que lo asesinó, no reconozcan que nuestra actual democracia, las libertades de las que ahora gozamos los salvadoreños, mucho le deben a ese pastor. En la misma medida, preocupa que en el proceso de santificación de Monseñor, se mutile su pensamiento de lo más significativo e importante que expresa y se le convierta en un personaje neutro, falsamente universal, en un “santo de palo” como dirían las abuelas.

A Monseñor Romero se le debe ver y rescatar con toda su autenticidad, tal como es: un hombre que entregó su vida, como Jesucristo, para que todos podamos encontrar la salvación del espíritu y el bienestar material. Por ello, toda conmemoración debe anteponer –como estoy seguro él hubiera preferido– su fe, su pensamiento y su práctica, a la exaltación de su figura.




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