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Editorial & Opinion

Un mensaje de solidaridad y esperanza

Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional / Autor: Doctor Alfredo Martínez Moreno. Miembro honorario del IIDC. Párrafos de discurso pronunciado el 24 de julio del 2014.

viernes 5, enero 2018 - 12:00 am

Debo manifestar que me encuentro a pocas semanas de cumplir noventa y un años de edad (hoy 94), acosado súbitamente por inesperadas enfermedades y por el comienzo de una decadencia intelectual propia de la senectud. Consciente de que me quedan pocos años de vida y creyendo haber cumplido satisfactoriamente con mis obligaciones cívicas y profesionales, he creído oportuno aprovechar esta propicia ocasión para dejar a los compatriotas, con sincero fervor cívico, en momentos de tragedia nacional, un mensaje de solidaridad, y en cierta manera, de esperanza, pues estoy convencido de que pese a los rigores generados por la violencia, la corrupción y la impunidad prevalecientes, este pequeño pero gran país, que ostenta con orgullo el nombre del Salvador del Mundo, logrará, seguramente no a corto plazo, un destino digno de la nobilísima estirpe atlacátlida de su pueblo.

He sufrido, como todos los ciudadanos de buena voluntad, ante dramático panorama de criminalidad, que asuela a la nación, y comprendo que los problemas nacionales de violencia constituyen un monstruo de cien cabezas, en donde afloran todos los males que pueden existir y que, por su profundidad y complejidad, requieren de mucho tiempo y de una dedicación hercúlea de esfuerzo continuado para su extinción, pero creo que es en esos largos períodos de adversidad cuando se demuestra la fortaleza férrea de un pueblo.

Recuerdo –lo he afirmado con anterioridad– que cuando predominaba un alto grado de desconcierto y pesimismo, en las fuerzas independentistas de los Estados Unidos de América, ante una serie de derrotas militares, el prócer Patrick Henry, con vehemencia patriótica, lanzó a los cuatro puntos cardinales de su incipiente nación una sentencia sencilla pero fulgurante, que simplemente decía: “estos son los tiempos en que se pone a prueba el temple de los hombres”. Esa frase penetró sorprendentemente a lo más hondo del espíritu ciudadano, y según algunos historiadores, fortaleció la decisión libertaria y robusteció el ímpetu nacionalista que dominó gloriosamente la situación.

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Por supuesto, no es con expresiones altisonantes que se superan las ingentes dificultades de supervivencia de un país. No tengo los mínimas dotes de profeta para indicar la mejor forma de combatir esos terribles flagelos que están martirizando, con increíble sevicia, a toda la nación. Sí creo, con el Eclesiastés, que “todo tiene su tiempo y cuanto se hace bajo el sol tiene su hora”. Es justo y procedente reconocer, por otro lado,= los esfuerzos responsables que las autoridades hacen para atenuar ese ciclópeo azote colectivo, que es de tal magnitud, que es imposible enumerar las causas, en detalle los motivos que han originado y desarrollado ese grave desequilibrio social.

Al margen de esa catástrofe nacional, que todos debemos encarar con responsabilidad y decisión, aparece un tema clave que la ciudadanía en pleno, pero principalmente los funcionarios públicos de todo rango, deben cumplir: el de apegarse a las más rigurosas normas éticas en el desempeño de sus tareas oficiales. En especial, esa obligación cívica fundamental debe corresponder a aquellos personajes que ocupan los más altos cargos de la administración pública, quienes, con base en las directrices morales, deben dar el ejemplo de probidad y austeridad en el ejercicio de sus funciones gubernamentales, y aún, en la conducta de su vida privada.


Yo concuerdo plenamente, con humildad, con el estadista francés Georges Clemenceau en que “es preciso saber lo que se quiere; cuando se quiere, hay que tener el valor de decirlo; y cuando se dice, es menester el coraje de realizarlo”.

Es tan importante la moralidad en la conducta humana, que el egregio filósofo germano, Emanuel Kant, con cierta entonación poética, que no limita sino reafirma la validez del concepto, en alguna ocasión expresó sentenciosamente: “en el fondo de la noche, las estrellas, y en el fondo de mi corazón, la ley moral”.

A “contrario sensu”, juzgo nefasta y contradictoria la actitud de algunos personajes políticos que abogan constantemente por la eliminación de la pobreza en el país, cuando en la realidad se han aprovechado en beneficio propio de los fondos públicos puestos en custodia. Eso podría llamarse “un engaño de lesa patria”.




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