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Editorial & Opinion

Un tema presidencial: la seguridad

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

martes 14, noviembre 2017 - 12:00 am

Narraba hace poco, por este medio, la experiencia que sufrí junto a un viejo conocido, quien me buscó para inspeccionar una pequeña propiedad semi urbana, con la finalidad de que yo fuera el notario que autorizara su venta. Al llegar a dicho sitio, nos encontramos con una pandilla de malandrines, los cuales nos rodearon, mientras proferían insultos y amenazas de matarnos. Fue, repito, una experiencia aterradora, indeseable e inolvidable. La semana pasada sucedió algo similar a un primo hermano, de edad madura: se dirigió al atardecer, acompañado por uno de sus pequeños hijos, a una barbería cercana. Pero al momento de entrar, se encontró con un pandillero quien, pistola en mano, despojaba a los escasos clientes del afligido peluquero. Verlo a él, narra mi pariente, fue suficiente para levantar el arma “ya sin seguro” y colocársela en el pecho, ante el llanto del niñito, exigiéndole la entrega del dinero que llevaba en una de las bolsas del pantalón. El pandillero, añade, portaba “una pistola de nueve milímetros” y creo en su versión, porque mi familiar tuvo experiencia militar en su juventud.

Estos dos ejemplos vívidos, más los que a diario leemos o vemos en los diversos medios, son más que suficientes para concluir que uno de los mayores problemas del país sigue siendo la delincuencia. El temor, la preocupación por el clima de inseguridad se palpa en el ánimo de cualquier habitante, de cualquier edad, de cualquier municipio o comunidad rural del país. La actividad de los antisociales ya no se limita a zonas alejadas de las poblaciones, hoy se producen hechos sangrientos hasta en pleno centro de la capital salvadoreña, solo para citar un ejemplo más realista de esta dura realidad que ahora nos conmociona y angustia, pues el irrespeto no reconoce límites de ningún tipo, ya que fácilmente se asesina a nuestras mujeres, como a nuestros niños.

Los torvos criminales atentan contra la vida de cualquier persona que se les ponga enfrente, sin importarles edad, género, condición profesional, etcétera. Últimamente, ha surgido otro aspecto oscuro al que pocos se han referido, pero que es otro componente del problema criminal que mucho nos aflige: el desaparecimiento de personas, tanto mujeres como hombres. Por ejemplo, en Cojutepeque, una joven maestra salió de impartir sus clases hacia un parque para esperar un bus que la llevaría al hogar, ubicado en un municipio cercano y nadie la vio más. Desde entonces, se ignora su paradero. Y como este caso, podemos llenar páginas enteras.

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Raramente, las cifras policiales omiten este detalle criminológico. Y aquí hay, miles de salvadoreños que sufren el calvario de no poder siquiera darle cristiana sepultura a sus seres queridos, algo similar a lo que sucedía en la guerra fratricida que ideologías espurias y fracasadas impusieron a El Salvador, provocando la diáspora masiva hacia Estados Unidos y que ahora pende de un hilo. Los delitos sexuales se han incrementado, afectando a personas que hasta ayer considerábamos gentes honestas, pero que al ser descubiertas nos extrañamos cómo pudieron ser “lobos disfrazados de Caperucitas” para acosar o violar a niñitas inocentes, o jovencitas que no llegaban siquiera a la adolescencia.

Muy interesante es la reciente encuesta patrocinada por Diario El Mundo, cuyos resultados ya comenzaron a conocerse en detalle, resaltando lo que aquí comentamos: el 42 % de la población salvadoreña (tanto urbana, como rural), considera que las pandillas “mandan más que el Gobierno” y que “la inseguridad es el principal problema de los salvadoreños”. Ni más ni menos. Esas apreciaciones, recogidas en la encuesta, pintan sin matices políticos partidistas, la situación de zozobra moral y mental que sufre un enorme porcentaje de nuestra población, ante una delincuencia salvaje, inmisericorde, violenta y autoritaria que llega hasta el reto abierto contra la autoridad policial y judicial. Confiamos que esa encuesta sirva de útil insumo para el futuro gobernante que tengamos en el país a partir del 2019.


Que Dios nos ilumine la conciencia para elegir a un presidente de la nación que, realmente, se interese por resolver este problema y que sepa “amarrarse los pantalones” o “enrollarse las mangas de la camisa”, como corresponde a un auténtico mandatario del país.




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