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Política

Una nación herida

Federico Hernández Aguilar / Escritor

martes 14, agosto 2018 - 12:02 am

Si alguna lección extrae el periodista Sergio Marín Cornavaca de la terrible jornada que pasó bajo fuego en la parroquia de la Divina Misericordia, la más importante es que los jóvenes enfrentados al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo se constituyen en la reserva moral de una nación que ha despertado de su letargo y ya no quiere dar marcha atrás en sus legítimas reivindicaciones.

Me dice Sergio: “Yo le preguntaba a los chavalos en la UNAN: ¿Pero por qué no desmontan todo esto y se van a sus casas? ¿Por qué arriesgan así sus vidas? Y ellos me respondían, con una convicción asombrosa: Porque Ortega tiene que irse, y queremos que se vaya ya. Y me lo decían muy en serio. Jamás vi vacilación en aquellas barricadas. Cuando la metralla era más fuerte, el canto del himno de Nicaragua era más fuerte. Es una moralidad digna del heroísmo que ha inspirado las mejores páginas de la historia nicaragüense”.

La Iglesia Católica, por otro lado, ha jugado un papel decididamente protagónico, no solo apostándole a una solución dialogada al conflicto, sino ofreciendo todas las garantías para que ese diálogo nunca sirva como instrumento de manipulación. Esta postura, desde luego, ha caído mal en los círculos de poder. Daniel aseguró, en la celebración de los 39 años que han pasado desde el triunfo de la revolución sandinista, que los obispos se habían desautorizado a sí mismos en su labor de mediadores. Según su particular versión de los hechos, el 7 de junio la Conferencia Episcopal le entregó un pliego de peticiones que incluía, entre otras cosas, “permitir a los nicaragüenses participar en las decisiones que afectan su futuro en libertad e igualdad de condiciones”.

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Ese tipo de demandas, en tanto presuponen su salida del poder, no le gustan a Ortega. “Vi la nota”, afirmó ante una muchedumbre de sandinistas reunidos en el malecón de Managua, “me asombré, me dolió que los señores obispos tuvieran esa actitud de golpistas. Allí mismo ellos se descalificaron como mediadores, porque su mensaje fue el golpe”. Siguiendo consignas tan simplistas como ésta, esbirros del régimen han ametrallado templos, profanado capillas, emprendido campañas de difamación contra obispos y atacado físicamente a sacerdotes y feligreses.

“La intimidación persiste”, afirma el vicario de la Divina Misericordia, padre Erick Alvarado. “La iglesia está siendo muy perseguida en Nicaragua, muy martirizada. En estos días intensos, de manera particular, monseñor Romero ha sido un referente para nosotros, como sacerdotes y como Iglesia. Pero así como Cristo resucitó, y lleva las marcas de la Pasión, así el pueblo de Nicaragua va a resucitar, con marcas dolorosas y permanentes, como esos agujeros en las paredes de nuestro templo”.


 

La “cuota” de los privados en la crisis

El sector privado nicaragüense aglutinado en el Consejo Superior de la Empresa Privada, COSEP, ha tenido una fuerte responsabilidad en la consolidación del orteguismo como poder omnímodo. Con excepción de muy pocas gremiales, los sectores productivos organizados aceptaron demasiado pronto, y sin mayores cuestionamientos, el “acuerdo” planteado por el comandante, quien les “invitó” a seguir haciendo negocios pero a condición de mantenerse bien lejos de la política.

Como reconoce sin miramientos uno de los contados críticos permanentes de Ortega en el sector privado, el presidente de la Federación de Asociaciones Ganaderas de Nicaragua, el líder lechero Álvaro Vargas, la responsabilidad “por omisión” de la cúpula empresarial es inocultable: “Aunque parte de nuestra función es procurar la estabilidad económica del país, debimos haber puesto muchísimo más interés en la parte institucional, que fue donde se terminó reventando el hilo. No se puede comprar la estabilidad económica al precio de la institucionalidad democrática. Y tampoco la democratización y la justicia pueden estar divorciadas de la prosperidad económica. Se trata de un balance”.

Álvaro Vargas es delegado del sector rural ganadero de su país y uno de los cinco representantes del sector privado en el proceso de diálogo que estaba mediando la Conferencia Episcopal. Además es miembro de la Comisión de Verificación y Seguridad que trabaja con diversos organismos para fomentar el respeto a los derechos humanos. En tal condición, ahora que Daniel Ortega ha endurecido su juicio sobre el diálogo, Vargas se encuentra también entre las personalidades que está bajo amenaza constante.

“La criminalización de la protesta es la más reciente de las arbitrariedades de este gobierno”, me dice. “Si las cosas siguen así, la debacle económica que se cierne sobre el país será de proporciones gigantescas”. Eso demostraría, por una parte, lo insostenible que era el sistema; por otra, confirmaría lo peligroso que es alimentar a un tigre creyendo que nunca va a morder a nadie.

Los intelectuales

Fue siempre orgánica la vinculación de muchos artistas e intelectuales nicaragüenses con el sandinismo histórico. Personajes que hoy son férreos opositores, como Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez o Gioconda Belli, en su día no solo simpatizaron con Ortega, sino que pusieron al servicio de la causa sandinista su talento y emoción. Ninguno podía imaginarse entonces que el derrocado Somoza iba a ser superado por quien había encabezado, precisamente, la lucha armada contra él.

Hoy, Daniel y su esposa –esta última poeta– no cuentan, entre los intelectuales nicaragüenses, con mayores apoyos. Escritores, gestores culturales, académicos, casi todos han denunciado públicamente la represión del gobierno y han cerrado filas en su exigencia por más democracia y libertad. Incluso quienes ofrecen razones más ideológicas para respaldar a Ortega, lo hacen desde el dolor de observar una innegable efervescencia social que ha trastocado, quizá para siempre, el proyecto político del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

La filóloga, escritora e investigadora feminista de origen ruso Helena Ramos –nacida con el nombre de Elena Rounova en la ciudad soviética de Yaroslavl, en 1960– trabaja en la biblioteca del Banco Central de Nicaragua. Aunque hace críticas puntuales a las revueltas populares, admite que el descontento ha degenerado en disputas innecesariamente violentas que están fracturando a la sociedad. “Yo ni siquiera me atrevo a decirte qué va a pasar aquí”, me comenta. “La ansiedad es enorme. Muchos de los logros de la Revolución se han perdido. El diálogo ha entrado en una fase maximalista en la que todos piden todo o nada. Nadie busca puntos de coincidencia. La rabia es muy grande. Los escritores no apoyan al gobierno, por ejemplo, porque tienen una mala relación con Rosario Murillo desde los ochenta”.

El pesimismo de Helena contrasta con la ilusión que otros intelectuales, más jóvenes, albergan ante el horizonte que pueda dibujarse en Nicaragua a mediano plazo. Pero, siendo realistas, ¿existen condiciones para sostener esa esperanza? Nos aproximaremos a ello en la última entrega de estas crónicas.




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