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Editorial & Opinion

Una nueva política exterior

Roberto Meza / Colaborador

jueves 9, agosto 2018 - 12:00 am

El proyecto de nación que presenten los candidatos presidenciales para las elecciones próximas, debe recoger la lección de no volver sólo a confiar en la cercanía con la superpotencia, puesto que el presidente Trump la ha vuelto inaceptable.

A tono con la justificada tendencia global antisistema, nuestras elecciones nos advierten un contundente mensaje: El Salvador debe cambiar. Es obvio que tiene que comenzar con la política económica que estanca el crecimiento y los monopolios, concentra 80 % de la riqueza en el 10 % de la población, mantiene a la mitad de los salvadoreños en la pobreza, produce legiones de marginados que son caldo de cultivo para la delincuencia, el crimen organizado, el narcotráfico, la corrupción.

Ese cambio debe ser la pieza angular de un proyecto de nación incluyente con evidente justicia social, del cual siempre hemos carecido. Tuvimos proyectos nacionales en la guerra fría, pero con la negociación de los Tratados de Libre Comercio se olvidaron, así como se descuidó que la integración regional resolvería nuestros males históricos.

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Por ende se dejó de tener una política hacia EE.UU., al considerar que nuestros vínculos binacionales ya estaban encarrilados institucionalmente. Pero como históricamente la política exterior –al igual que el nacionalismo– se delineó en función de dicha nación, también dejamos de tener una política exterior general, limitándonos a “gerenciar” solo los nexos foráneos. La inercia resultante provocó ensimismamiento y concentración de vínculos en Norteamérica, dejando que Washington centrara la agenda binacional en la seguridad, en su seguridad.

Ese mandato ciudadano, sin embargo, se agudiza cuando tenemos una relación más atribulada y tortuosa con el vecino a la llegada de su nuevo presidente, quien decreta un acoso constante a nuestros migrantes: aunque ello hace la tarea más difícil, también brinda oportunidad de repensar a fondo qué proyecto de nación queremos y cuál debe ser la política exterior.


Esa tarea, independientemente de cómo se resuelvan los problemas con Trump, debe recoger la lección de no volver a confiar ciegamente en la cercanía con la superpotencia: los intereses nacionales no pueden estar sujetos a las veleidades de la política doméstica.

El peso geopolítico e histórico es determinante en nuestros nexos externos: EE.UU. siempre será prioritario, pero la diversificación es indispensable y posible en un mundo multipolar en el que su supremacía ya es disputada.

Si bien los gestos de Trump últimamente han sido positivos, no debemos arrinconarnos o caer en una trampa… lo que principalmente debe guiarnos son sus discursos y hechos nada amistosos y proteccionistas de los pasados 18 meses.

En nuestra opinión, debe formularse una política exterior general e integral que, combinando inteligentemente principios y pragmatismo, contemple una “gran estrategia” de largo plazo sobre lo que se quiere y no se quiere en el mundo, sobre a quiénes debemos acercarnos, sobre en qué asuntos debemos involucrarnos y en cuáles no, sobre qué iniciativas podemos aportar, qué movimientos tácticos debemos realizar, etc. Paralelamente debemos contar con una estrategia coyuntural de corto plazo respecto a EE.UU., pues en tanto no se resuelva el incierto futuro de Trump, ni se regrese a la sensatez en Washington, será imprudente adquirir compromisos de peso y largo plazo. De los muchos años dedicados a las siempre difíciles relaciones internacionales, extraemos esta contradictoria conclusión: tan suicida es decirle siempre que no a Washington, como siempre decirle que sí. Sin embargo, a pesar que los intereses nacionales y la asimetría nos obligan a cooperar y condescender, a lo largo de la historia se nos respetará más cuando, en momentos cruciales, tengamos agallas para decir que no.




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