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Editorial & Opinion

Urgente: ¡compro peluca!

Benjamín Cuéllar / Colaborador

miércoles 16, mayo 2018 - 12:00 am

Una persona pelona es, según el Diccionario de la Lengua Española, aquella que no tiene pelo o tiene muy poco; también la que se lo corta al rape. Yo soy de las primeras. Una persona cabrona, también consultada la misma fuente, es aquella que “actúa con mala intención y que molesta o perjudica a otros con sus faenas o malas pasadas”; otra acepción: que su moral es “baja” o es de “mal vivir”. En este país hay alguien en quien se combinan ambas definiciones. No sé si no tiene pelo o se lo corta, pero sí sé algo cierto: hace unas semanas molestó a muchísima gente o, puede que sí, a toda la población salvadoreña pensante y digna con sus declaraciones por demás chabacanas que ‒ya deberíamos acostumbrarnos, aunque no dejar de indignarnos insultaron nuestra inteligencia colectiva.

“El diputado en El Salvador es el peor pagado de Latinoamérica y es al diputado que más se le exige” afirmó Ricardo Velásquez Parker, quien integra la recién instalada legislatura como parte de la bancada de su partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA). “Yo hasta el día de hoy, te puedo decir con mucha categoría, trabajo a tiempo completo en esto y yo me gano mis centavos  devolviendo trabajo con responsabilidad”. Así selló esa parte “brillante” de su intervención durante una entrevista matutina en un canal de televisión.

¿Y cuántos centavos “gana”? Si sumamos su sueldo establecido por ley y los gastos de representación junto a los de transporte y comunicación, a este señor le entregan mensualmente 402,572; esta cantidad, en dólares supera los cuatro mil. Según tengo entendido, ese no es el monto más bajo que se le paga en la región a quienes‒tal como lo establece nuestro texto constitucional deberían representar “al pueblo entero”. Ni hablar de lo cobrado en la presidencia, la vicepresidencia, las secretarías y las coordinaciones de las fracciones partidistas dentro del Órgano Legislativo…  ¡Y faltan las “asesorías”!

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Acá acomete la interrogante. ¿Cuáles son actualmente los salarios mínimos oficiales del pueblo salvadoreño al que dice “representar”? De menos a más, en dólares estadounidenses: 202.88 al mes y 2,434.55 anuales para quienes trabajan en beneficios de algodón, su recolección y en la recolección del café;  227.22 y 2,726.55 en los beneficios de café y la recolección de caña de azúcar; 299.30 y  3,591.60 en el sector de maquila textil y confección; y tanto para quienes laboran en ingenios azucareros como en los sectores de industria, comercio y servicios, son 304.17 mensuales y  3,650 al año.

Ninguno de esos “sueldos de hambre” cobrado durante 12 meses, alcanza la cantidad que Velásquez Parker recibe en uno. El más alto de todos es 375.72 dólares más bajo que lo este diputado “gana” mensualmente, al igual que sus colegas de la “llanura” parlamentaria; el salario mínimo anual más bajo equivale al 60.47 % del sueldo del “sufrido” diputado. Y son 132.35 diarios los que se embolsa, mientras los que recibe el pueblo al que “representa” oscilan entre 6.67 y 10.


¿Quién vive o más bien sobrevive con esa minucia para proveer a su familia de alimento, vivienda, educación, vestido y salud? Pues ese pueblo al que se le ofrece “cielo y tierra” cuando andan en campaña proselitista, pero que lo olvidan al acomodarse en la curul. Hubo quien en esa febril obsesión por engañar a la gente para lucrarse luego con su desgracia, anticipo de las actuales “inéditas ilusiones”, prometió aturdirla más trayendo al país el “clásico” futbolero español si lo elegían alcalde capitalino. De eso ya transcurrieron casi 14  años y el tipo sigue en las mismas, ahora con “nuevas y celestinas vestiduras” entre tantas que se ha endosado.

¿Tenemos que seguir aguantando la politiquería barata de quienes no se cansan de vernos la cara? ¿Vamos a continuar sedados por quienes ocupan o aspiran a ocupar cargos públicos, sin reaccionar ante la falta de solución de los problemas más acuciantes que agobian a las mayorías populares y que tienen al país de rodillas ante la violencia y la inseguridad, la exclusión y la desigualdad, la impunidad y la insolencia de quienes la disfrutan?

Estamos rodeados por pueblos que, bien o mal, con sus aciertos y fallas han salido a las calles a protestar contra los malos “gobernantes” que deterioran su calidad de vida. Ha ocurrido en Guatemala y Honduras; ahora está ocurriendo en Nicaragua. ¿Por qué acá no? Mientras buscamos respuestas a estas interrogantes, me compraré una peluca. No quiero que me confundan con ese otro pelón. ¡No!




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