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Editorial & Opinion

¿Vamos a catar o a cambiar?

Benjamín Cuéllar / Colaborador

miércoles 24, enero 2018 - 12:00 am

El 1 de enero recién pasado, Francisco envió su mensaje anual para celebrar la 51 jornada mundial de la paz. Abordó lo relativo a las personas migrantes y refugiadas vistas como seres humanos que buscan dónde vivir en paz. Para ello, se arriesgan “a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso”; están dispuestas “a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino”. Esto lo afirma el pontífice.

Ese drama no le resulta extraño al pueblo salvadoreño. Mucha de la población indígena y campesina que sobrevivió a la masacre de enero de 1932 decidió abandonar el país y se dirigió sobre todo a Honduras. La otra “oleada” de población guanaca hacia ese país ocurrió a partir de 1945; hasta 1969, fueron más de 300,000 compatriotas sin tierra quienes se largaron. En adelante, siguió saliendo gente a montones. De 1970 a 1974 cerca de 45.000 llegaron para quedarse en territorio estadounidense, bastantes legalmente; luego y hasta el fin de la guerra acá, se vino el “sálvese quien pueda” de hombres y mujeres de todas las edades que se regaron por el mundo. Pero, a más de dos décadas y media, la gente se sigue yendo. ¿Será porque las mayorías populares no disfrutan de esa afamada paz que solo existe en los discursos y para las minorías privilegiadas?

Quienes han ocupado la silla presidencial salvadoreña de 1993 a la fecha, probablemente nunca leyeron los mensajes anuales papales por la paz. Bueno hubiera sido, para no incurrir en falsedades a la hora de conmemorar el aniversario del Acuerdo de Chapultepec.

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El 16 de enero del 2002, a diez años de su firma y del “adiós a las armas”, el finado Francisco Flores dijo que El Salvador era “un país diferente, determinado por una nueva realidad. La transición de la guerra a la paz ha terminado y ha llegado la hora de enfrentar una nueva etapa histórica, con nuevos retos y nuevas perspectivas”. Dieciséis años después, en la misma fecha y con la misma parafernalia, Salvador Sánchez Cerén pidió ‒a veintiséis años “de aquel acontecimiento que cambió los destinos de nuestro país”‒ sumar “más voluntades” y cuidar “cada día con nuestras acciones este irreversible camino de paz y esperanza que emprendimos”.

Los obispos de Roma, desde Juan Pablo II hasta Francisco, han desmentido a este par y a sus demás colegas. Francisco afirma que las personas también migran por otras razones, además de las guerras y las acciones de estructuras criminales. “Se ponen en camino ‒-aseguró-‒ para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz”. Por eso en El Salvador no hay paz. ¡No sigan mintiéndole al país y al mundo! ¡Ya nadie les cree! Inviertan mejor el dinero desperdiciado en sus caros espectáculos.


Las “oportunidades” en el “idílico” país que describen no son más que la inseguridad, la violencia, la exclusión, la desigualdad, la viveza, la corrupción y la politiquería. La “nueva institucionalidad” nacida de sus acuerdos ahora son solo recuerdos. Bastan tres ejemplos: una corporación policial cada vez menos confiable, una defensa de los derechos humanos cada vez menos notable y un ente rector de lo electoral cada vez más reprochable.

¿Para qué quedarse acá entonces? ¿Para derramar sangre o aguantar hambre, sin un aparato estatal que reconozca “a la persona humana como el origen y el fin” de su actividad destinada a conseguir justicia, seguridad jurídica y el bien común? ¡Cuánta razón tenía Ellacuría cuando decía que aquí imperaba, más bien, el “mal común”! A estas alturas, permanece entre las mayorías populares que buscan huir del mismo. Para acabar de amolar, ya regresará una buena cantidad de compatriotas desde suelo estadounidense tras la última “trumpada”. Son quienes consiguieron su estatus temporal allá, pasados los terremotos del 2001, y a quienes el Gobierno busca mandarlos a Catar.

Los sismos no son los más terribles “desastres naturales” del país; lo más desastroso son los poderes visibles y ocultos que lo han hecho pedazos. Eso, que no debe ser natural, hay que cambiarlo. Hoy no se ve por dónde; no se logrará elección tras elección ‒que es lo que ofrecen como “solución”,‒ sino con la organización de las víctimas de antes, durante y después de la guerra, violentadas de tantas formas. ¿A sus victimarios? Hay que mandarlos… no precisamente a Catar.




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