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Editorial & Opinion

Venezuela: Entre tiranía y libertad

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

Editorial & Opinion | Diario El Mundo

Sábado 15, Julio 2017 | 12:00 am

Tradicionalmente se celebra el 5 de julio de cada año, el Día de la Independencia, en recuerdo del hecho histórico ocurrido en 1811 cuando representantes de la siete provincias que constituían la Capitanía General de Venezuela, reunidos en la ciudad de Caracas, decidieron independizarse del Reino de España.

Doscientos seis años después, en conmemoración de aquél Congreso originario, los integrantes de la actual Asamblea Nacional se reunieron para rendir tributo a quienes hicieron nacer un país. No hay sorpresas, el protocolo está establecido: Visita a la original Libro de Actas de la Independencia, Himno Nacional, representantes de los poderes, salutaciones, guardias de honor, uniformes de gala.

Hacia el medio día se realizaría la sesión extraordinaria con invitados, cuerpo diplomático, poderes públicos, medios de comunicación. El Secretario lee el orden del día, el Presidente del Legislativo dice unas palabras e introduce al orador de honor que tiene a su cargo el discurso oficial, que este año recayó en la historiadora Inés Quintero. Ese era el programa en cuanto el Poder Legislativo se refiere. Los demás actos quedaban para el Ejecutivo, valga decir para las Fuerzas Armadas bolivarianas y su desfile ante la Tribuna de Honor destinada al Presidente, sus ministros y su Tribunal Superior de Justicia.

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Pero este año fue diferente, desde tempranas horas de la mañana se fue reuniendo un grupo de ciudadanos de extraña apariencia, en las afueras de la emblemática sede del Poder Legislativo; una edificación de estilo neoclásico muy acorde con el gusto parisino del Presidente Antonio Guzmán Blanco, quien ordenó su construcción en 1872 con un costo de 42.500 bolívares de aquel entonces; y en febrero de 1873 se instaló, en lo que pomposamente se denominó Palacio Federal Legislativo, el Congreso Nacional presidido por el Presidente de Senado Antonio Leocadio Guzmán, padre del Presidente Guzmán Blanco. Desde entonces ha sido la sede del Legislativo, compartido la mayor parte del tiempo con el Ejecutivo y el Judicial hasta 1961, cuando luego de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, se le destinó exclusivamente, al Poder Legislativo.

La pequeña multitud congregada ante las verjas cedió paso al vicepresidente de la República Tareck El Aissami Maddah, acompañado de hombres vestidos de negro, y por cuatro generales con sus respectivas ayudas debidamente engalanados; se dirigieron al Salón Elíptico, abrieron el arca que contenía el Acta de la Independencia, ofreció unas palabras y se retiraron; esto sí, sin haberle participado a las autoridades de la Asamblea su presencia.

Volvieron a abrirles paso, y comenzó la toma violenta programada y anunciada semanas antes, tanto por El Aissami como por el vulgar Diosdado Cabello, desde su grotesco programa de televisión.

La pequeña multitud era en realidad uno de los tantos colectivos creados por la revolución, armados, desalmados, protegidos y entrenados en Cuba por el Frente Patriótico Francisco Miranda, desde los primeros años del difunto Chávez.

Entraron, encapuchados, armados de cohetones, palos, cabillas, lacrimógenas y armas de fuego e hicieron uso de todas ellas. Ingresaron al baño de las mujeres, las robaron, empujaron y manosearon; robaron las cámaras a los periodistas, pintaron paredes, rompieron muebles, y dejaron seis diputados ensangrentados.

La Guardia Nacional encargada de la protección de la Asamblea y sus integrantes, observaba con indiferencia. Luego saldrían al aire las instrucciones que enviaba el siniestro coronel Vladimir Lugo desde su puesto de comando, ubicado dentro la misma sede de la Asamblea. Sí, el mismo coronel que días antes había sacado a empujones de su oficina al propio Presidente de la Asamblea Nacional, a quien debía protección.

Las escenas recorrieron el mundo, ni en Somalia se había visto tal desparpajo. Fue demasiado, sacaron a Leopoldo López de la cárcel militar donde se encontraba y lo enviaron prisionero a su casa. Y ya, no se habló más del rocambolesco coronel, heridos, colectivos, ni del atentado al Congreso por parte de la dictadura, por ahora…



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