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Deportes

Vivir del deporte, una lucha permanente para migrantes africanos en España

Agencia AFP

miércoles 28, marzo 2018 - 8:00 am

 

Fotografía: Agencia AFP

Karim e Yves salieron de Camerún, arriesgaron su vida durante un periplo de años por media África y ahora juegan al fútbol y al rugby en España. Han cumplido buena parte de su sueño, aunque su día a día sigue siendo una lucha permanente.

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Karim Issa Abdou e Yves Kepse Tchonang tienen 27 años y para entrar en España tuvieron que saltar la triple valla erizada de alambres y cuchillas que rodea el enclave de Melilla, única frontera terrestre entre África y la UE junto con Ceuta.

Actualmente, Karim juega en Jerez de la Frontera en el equipo Alma de África, que compite en la segunda división del fútbol andaluz y está compuesto principalmente por jóvenes de Camerún, Marruecos, Nigeria, Senegal o Guinea.


Yves juega como pilar en el Rugby Club Valencia, también en una liga regional, donde destaca por su imponente físico: 1,73 de estatura y 112 kilos de puro músculo.

Ambos gozan de una red de solidaridad a su alrededor, y aunque no son aún profesionales, encarnan el sueño de muchos jóvenes africanos que aspiran a brillar como deportistas en Europa.

El precio, en cualquier caso, es altísimo, como atestiguan los dos y el dato de los fallecidos en el intento de llegar por mar a España en 2017, más de 220.

Una letanía de vicisitudes 
“Nunca habría salido de casa” de saber lo que me esperaba, dice Yves, casi con las mismas palabras que Karim: “Si supiera la vida que iba a llevar hasta ahora, no habría venido”.

Miembro de una familia de seis hermanos, Yves partió de su casa en la ciudad de Bafoussam (oeste) a fines de 2012, con una idea en mente – “jugar al rugby”- y “rezando para llegar y no morir”.

Karim, nacido en una familia nómada, partió de Ngaoundéré (norte) con apenas diez años de edad.

Salió con un amigo, y tardó cuatro años en cruzar Nigeria, Níger y Argelia, antes de llegar a Marruecos, donde vivió otros tres años en el bosque del monte Gurugú, que domina la ciudad de Melilla.

Se ganó la vida desempeñando diversos trabajos, al igual que Yves, que sobrevivió haciendo de electricista, albañil y mozo de mudanzas, ganando el equivalente de 1,50 euros al día.

Cuenta el jugador de rugby que el paso por Níger fue uno de los momentos más duros, pues era frecuente que “en el momento de pagarte, llamaran a la policía”. En la ciudad de Arlit “me desplumaron”, añade recordando a dos tipos que le robaron los ahorros de cuatro meses.

“Cuando eres niño, hay gente que te quita el teléfono, todo lo que tienes, la mochila, la ropa, el dinero, y tienes que empezar de cero”, abunda Karim, que tiene una risa contagiosa y es muy aficionado a la makossa, un tipo de música funk popular en Camerún.

Durante el entrenamiento, su compañero Malick Doumbouya, guineano de 18 años, cuenta por su lado que al pasar por Malí lo retuvieron unos rebeldes islamistas que le sustrajeron todo el dinero.

Tras varios intentos por tierra y mar, Karim saltó la valla de Melilla en 2008, con cinco pantalones y ropa vieja a modo de guantes para protegerse de las cuchillas. Aun así le quedó una gran cicatriz en el muslo izquierdo.

Yves franqueó la misma barrera en mayo de 2014, después de una semana analizando desde el monte Gurugú cómo hacerlo. “No pensaba más que en pasar”, cuenta en las gradas del moderno polideportivo donde entrena.

Otros se quedaron en el camino, recuerda Christian Tchikagoua, un jugador del Alma de África, de 22 años y también camerunés.

Salió de allí con uno de sus mejores amigos, pero éste “no tuvo suerte”. Quiso alcanzar Ceuta a nado, desde el lado marroquí, y en el intento murió ahogado.

El problema de los papeles
El sueño de descollar como deportistas explica en parte el que España fuera el pasado año la tercera vía de entrada de inmigrantes irregulares por mar en la UE, con cerca de 23.000 llegadas. La inmensa mayoría de los que no son devueltos continúa hacia el norte de Europa, dejando atrás un país aquejado de la segunda mayor tasa de desempleo de la Eurozona (16,5%).

Para aquellos que se quedan en España, la preocupación número uno es obtener el permiso de residencia, con el miedo continuo a una posible expulsión.

“Son fantasmas, lo pasan muy mal, con muchos temores”, apunta Alejandro Benítez, presidente del Alma de África.

Yves tiene su permiso desde agosto, gracias al empleo que su club le facilitó como recepcionista y electricista en el polideportivo donde entrena, y por el que gana unos 850 euros al mes.

Karim sigue esperando su permiso, y mientras tanto vive de trabajos como electricista, jardinero o lavacoches. Su vida personal también ha conocido un vuelco, ya que en enero se casó con su novia española de hace dos años.

El gran objetivo, coinciden todos, es ganarse la vida como profesionales del deporte.

“Si trabajas duro, sabes que puede verte un equipo y puedes cambiar de categoría. El sueño es trabajar de esto, aunque sea ganando 1.000 euros al mes”, resume Karim.

“Hay una pasión muy grande en África por el fútbol y ellos creen que vienen aquí para poder ser futbolistas. Pero después es mucho más difícil”, matiza Alejandro Benítez.

Yves querría también vivir del rugby profesional, después de cuatro temporadas en Valencia.

Su entrenador Alberto Socías destaca que con su buen carácter “se ha integrado desde el primer día”, si bien después de cuatro temporadas “le queda mucho margen de mejora, en lo técnico como en lo mental”.

“El deporte no es para toda la vida”, abunda el presidente de su club, Fran Baixauli. “Siempre le he dicho: no pierdas el norte, y fórmate donde te tengas que formar, si es electricista, pues electricista”.

Muchas son las dificultades, pero las motivaciones no son menos tenaces.

“Si hubiera vuelto, habría regresado al punto de partida. Todo este sufrimiento no habría servido para nada”, dice Yves.

“Nunca sabes. Un día u otro, puede abrirse la puerta”, confía Karim, asegurando que de no ser por el equipo y por su mujer, se plantearía seriamente regresar a su país de origen.




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