Editorial & Opinion

Yo no votaré

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

miércoles 28, febrero 2018 - 12:00 am

Desde que vivo en Tegucigalpa, hace 10 años y medio, siempre acudí a los eventos electorales de mi patria salvadoreña, mi cuna, mi tierra que tanto amo donde vive la gente con la que he sido tan feliz, pero ya no. No quiero ir, no me animo a votar. No es desgano, es decepción y desprecio a la clase política. El Salvador, tan pequeño, tan fácil de gobernar, pero hecho un desastre por areneros y exguerrilleros, y ahora los mareros y los narcos. ¿Qué otras plagas pueden atacar a mi gente? ¿La indiferencia? No, eso no, sino seguir apoyando “la misma vaina”, como diría un caribeño.

Les voy a confesar una cosa, antes de proseguir con mi desahogo contra la clase política. En el Facebook, del cual soy asiduo usuario -por ser una excelente plataforma para lanzar mis servicios profesionales de derecho acá en la hermana tierra de Honduras-, he aprendido a educarme. Era tan iracundo que me volvía insoportable. Desde futbol hasta la política yo era insufrible. Fácilmente me salía de mis casillas. Pero cambié. Empecé a utilizar esa red en 2008, hoy 10 años después, noto la diferencia. Maduré. ¿Por qué? Gracias a las críticas que me hacía la gente. Algunas con odio, otras con amor cristiano, la mayoría de buenos amigos de la red.

¿A qué viene todo esto? A que hay que saber escuchar para aprender a mejorar (e ir mejorando, paso a paso, en el camino).

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Típico de todo rico que llega al poder político, Donal J. Trump, creyendo que están en su empresa, no se cuida de lo que dice, y cuando se refiere a los salvadoreños, generaliza sin pestañear. No le importa llevarse de encuentro la dignidad de una nación, pero de esa crítica, que vomita en sus crisis de epilepsia verbal y cerebral –la cuales le dan muy a menudo-, debemos sacar conclusiones: somos un país de tercera categoría que además exportamos algunos delincuentes.

Así como criticamos la conquista española, en la que abundaron vividores y expresidiarios, hay que aceptar que dentro del denso caudal de migrantes, muchos son gente que no aprendió un oficio, que se van huyendo de la justicia, del pago de pensión alimenticia, etc., y no pocos son mareros. Nosotros no les mandamos, como los chinos, indios o japoneses, inversionistas de grueso calibre o expertos en tecnologías de vanguardia. No, por favor, para nada.


Entiéndase que no estoy generalizando, pero si debo aceptar que el pelo canche de algodón de feria tiene razón. De por sí la inmigración es incómoda cuando le quita puestos de trabajo a la gente del país, cuando se les paga salarios inferiores por los cuales los locales no trabajarían nunca, además la evasión de impuestos y demás, ya no se diga si la migración acarrea borrachos, delincuentes, pandilleros.

Y usted insistirá, ¿a qué viene todo esto? A que si Trump nos insulta, lo hace porque los políticos, ¡todos!, los que hemos tenido, en su calidad de administradores de la cosa pública, han sido un total esperpento, un marasmo, una cosa patética de difícil definición. No han sido responsables para crear las condiciones para vivir en paz, con trabajo y salud.

En ese sentido movilizarme para ir a votar por los mismos, me resulta penoso, angustioso, deprimente. ¿Qué me asegura que ahora será distinto? Nada.

En algo tienen razón aquellos a quienes un columnista de este diario llama “curitas” que aprovechan la coyuntura para sacar su odio. Esos curas que odian tanto al país que pareciera que no son sacerdotes sino gárgolas escupiendo fuego. Y uno de esos “curitas”, el dientudo, tiene razón que es criminal seguir votando por los mismos que amasan grandes fortunas y pisotean al pueblo. Él se refiere a la derecha. Yo incluyo a ambas: derecha e izquierda. No me impulsan a votar. Prometen, llegan, se enriquecen, no cumplen. ¡Bah!

El abstencionismo es terrible, no torpe como anular un voto, pero si dañino, no obstante, me quedará la satisfacción de no perder tiempo ni dinero por unos políticos que sé no cumplirán sus promesas; y solo ir a votar para que no ganen los otros, no me motiva en nada.




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