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Internacionales

1 de octubre, el día del referéndum ilegal que cambió Cataluña

Agencia AFP

domingo 30, septiembre 2018 - 2:32 pm

Fotografía: Agencia AFP

Para Jaume Casamitjana fue un punto de no retorno con España, para Alexandra López-Liz el momento de plantarse ante el proyecto independentista. Un año después del referéndum ilegal del 1 de octubre, la división se agranda en la sociedad catalana.

El pequeño pueblo de Sant Julià de Ramis se prepara para conmemorar el aniversario de esa votación, impedida en ese municipio por la violenta irrupción de decenas de policías poco antes de que acudiera a votar el entonces presidente catalán Carles Puigdemont.

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“Para muchos supuso un punto de no retorno hacia España”, explica Jaume Casamitjana en este pueblo de 3.500 habitantes justo al norte de Girona, feudo independentista y ciudad de Puigdemont antes de marcharse a Bélgica.

“Nos querían dar miedo pero les salió el tiro por la culata. Este pueblo que antes estaba muy diseminado, ahora está más unido y convencido que nunca”, afirma este funcionario de 58 años.


Casamitjana era el responsable del centro electoral, ubicado en un pabellón deportivo, y ahora luce en una vitrina, como si fuera un trofeo, una de las urnas de ese referéndum prohibido por la justicia.

Junto a otros vecinos, decora la plaza del pabellón, rebautizada como Plaza 1 de octubre, con banderas independentistas, pancartas y lazos amarillos que reclaman la liberación de sus dirigentes presos.

Un año atrás, varios de ellos cooperaron en la votación impulsada por el gobierno: ocuparon los centros electorales, escondieron las urnas y algunos las protegieron con sus cuerpos cuando llegó la policía con orden de incautarlas.

Aunque sin garantías electorales, más de 2 millones de personas sobre un censo de 5,5 votaron por la secesión, según el gobierno regional, que había prometido declarar la independencia en 48 horas.

Pero cuando se declaró el 27 de octubre, con cuatro semanas de retraso, no se aplicó: el gobierno regional fue destituido por Madrid, algunos dirigentes marcharon al extranjero y otros fueron encarcelados días después.

“La gente está muy enfadada, nos sentimos engañados. Algunos que parecían moderados ahora me dicen: ‘si sueltan a los (líderes independentistas) presos, deberíamos volver a encerrarlos por traidores'”, afirma Casamitjana.

El sucesor de Puigdemont, Quim Torra, acudirá el lunes al pueblo, momento que quieren aprovechar para reclamarle pasos hacia la independencia en vez de negociar con el nuevo gobierno español del socialista Pedro Sánchez.

“Hace un año podíamos negociar una salida intermedia, ahora ya no”, asegura Santi Anglada, fontanero de 54 años.

“El 1 de octubre fue un antes y un después”.

– “Han despertado la bestia” –
También supuso un antes y un después para Alexandra López-Liz. Hace un año, observaba con desolación como decenas de personas protegían un colegio electoral en la zona pudiente de Barcelona: “Da mucha pena haber llegado a esto”, aseguraba entonces a la AFP.

La amenaza de una secesión no deseada por cerca de la mitad de catalanes la hizo despertar como a muchos otros antiindependentistas que, tras años de pasividad, llenaron las calles de Barcelona el 8 y el 29 de octubre con masivas protestas.

Junto a otras personas hasta entonces alejadas del activismo fundaron en noviembre la asociación “Aixeca’t/Levántate” que cuenta con unos 500 miembros.

“Durante mucho tiempo nos habían ignorado, ahora queremos que se den cuenta que estamos aquí y que no tenemos miedo”, afirma Alexandra.

Su actividad es frenética: desde denuncias por la colocación de símbolos separatistas en edificios públicos o iglesias o por adoctrinamiento en las escuelas hasta campañas para limpiar las calles de propaganda independentista.

“Estamos enfocados a la acción y no vamos a parar. Cada símbolo que pongan, se lo quitaremos. Cada pancarta que pongan, se la quitaremos”, enfatiza.

Pero la lucha no es solo contra el independentismo, sino también contra la priorización del catalán en escuelas, administración y medios públicos que durante décadas había generado consenso incluso entre los muchos llegados de otras partes de España.

“Es el fin del consentimiento. Durante mucho tiempo aceptamos la enseñanza en catalán, la discriminación positiva para la cultura catalana. Pero nos han vilipendiado tanto que han despertado la bestia”, afirma Pedro Gómez, editor de 52 años.

“Antes la gente tragaba pero ahora se ha acabado. Yo podría hablar catalán pero ya no me da la gana. Y a quien le pique, que se rasque”, zanja.




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