Editorial & Opinion

1932: otra vuelta de tuerca (I)

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

sábado 18, enero 2020 - 12:00 am

El tema de 1932 desde siempre ha sido abordado con sesgo, con manipulación, con prejuicios, y pocas veces con equilibrado razonamiento. Y esto que constituye un momento decisivo de nuestra historia nacional contemporánea.

Ese modo de ver el asunto de 1932 como si se tratara de una herencia maldita, en nada ha contribuido a desvelar la auténtica trayectoria nacional ni tampoco a comprender nuestro sinuoso camino como país. Lo que sucedió entre el 22 y el 25 de enero de 1932 fue un estallido social. Y todo estallido se gesta en los desequilibrios estructurales, se incuba en injustas estructuras sociales y adquiere volumen en el curso de acontecimientos, sobre todo políticos, que contribuyen a su materialización.

Antes de 1932, El Salvador y la mayoría de sus habitantes no vivían en un idílico mundo, y para eso basta leer los iracundos reclamos, en el periódico Patria, por parte de intelectuales como Alberto Masferrer, que nadie podría señalar de obnubilado ideológico. Es más, El ‘Mínimum vital’, ese potente ensayo político-social que data de 1929, da pistas para establecer por qué hubo un levantamiento insurreccional campesino a principios de 1932.

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Por increíble que parezca, las interrogaciones que hace Alfonso Belloso y Sánchez, arzobispo de San Salvador, el 20 de enero de 1932, a dos días del estallido social, son reveladoras del cuadro dramático de la población campesina. Pregunta –a los grandes propietarios de la tierra– Belloso y Sánchez: ‘1) ¿Sabe usted cómo viven sus colonos?; 2) ¿Tienen ellos en sus viviendas cierta comodidad e higiene?; 3) ¿Se les paga el salario suficiente, no solo para el vivir cotidiano, sino también para que sostengan a su familia, a base de economía y honradez?; 4) ¿Los colonos y empleados todos trabajan de tal manera que pueden cumplir con sus obligaciones religiosas?; 5) ¿Se les da facilidades para que sus hijos reciban la instrucción conveniente?; 6) ¿Cuentan con médico y medicinas para sus enfermedades ordinarias, particularmente si viven en zonas malsanas?; 7) ¿No se abusa de la debilidad de los niños obligándoles a trabajos incompatibles con su edad?; 8) ¿Se  impone a las mujeres, sobre todo a las que son madres, obligaciones que les imposibilitan atender a sus niños?’. Y concluye: ‘Si todos los patronos tratan a sus trabajadores de modo que no se deje ni una sola de estas cosas sin cumplir, creemos, y estamos seguros de ello, que el peligro comunista quedará completamente conjurado’. ¡Más claro no puede estar!

Ahora, los actores políticos, en esa delicada coyuntura, hicieron su parte. Si se compara el gobierno encabezado por Pío Romero Bosque (1927-1931) con los gobiernos Meléndez-Quiñónez (1913-1927) sin duda que hay una diferencia notable en cuanto al régimen de libertades públicas, pero poco se hizo en cuanto a contribuir a responder las preguntas del arzobispo Belloso.


Una ponderación juiciosa acerca de los actores políticos antes de 1932, informa que es con la apertura gubernamental de 1927 que se produce una suerte de eclosión organizativa inédita en el país.

La Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños (conocida desde esa fecha por sus siglas como AGEUS) se conforma en 1927.

La Federación Regional de Trabajadores, fundada en 1924 pero que solo despega a partir de 1927 (y que es la piedra de toque, en lo organizativo, para comprender la dimensión del levantamiento insurreccional campesino de 1932), se vuelve un actor fundamental de la escena político-social en 1929 al enderezar su mirada hacia el mundo rural, sobre todo del occidente del país, donde la actividad agroexportadora liderada por el café había impuesto su huella.

El periódico Patria y el Movimiento Vitalista, que responden al cuerpo de ideas enarbolado por Alberto Masferrer pero que no se reducen a él, se concretan en 1928.

La conquista de la jornada de ocho horas el 13 de junio de 1928 y la promulgación de la Ley de Protección de los Empleados de Comercio del 31 de marzo de 1927, dan alguna cuenta de lo que se había activado.

Pero también en el ámbito de los propietarios hay novedades: en 1930 se constituye la poderosa y beligerante Asociación Cafetalera de El Salvador, que a partir de ese año comenzará a publicar la emblemática revista ‘El Café de El Salvador’, donde los temas agronómicos, los económicos y hasta los políticos tienen cabida. La sociedad salvadoreña, pues, se había remozado, y los actores principales, en lo político, en lo económico y en lo social se desplegaban a su aire.




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