Editorial & Opinion

1932: otra vuelta de tuerca (II)

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

lunes 20, enero 2020 - 12:00 am

A inicios del año 1931, después de la victoria de Arturo Araujo, electo presidente de la república en las elecciones que por mucho tiempo se consideraron las menos amañadas, la situación política torció en la dirección de la confrontación tenaz entre la reciente gestión gubernamental y los adversarios de diverso signo. Es aquí cuando entra en escena el acumulado de lo que se podría denominar el tejido organizativo de la militancia comunista, que contaba a esas alturas con una tríada más o menos articulada y que comprendía a la Federación Regional de Trabajadores, al Socorro Rojo Internacional y al Partido Comunista de El Salvador.

Pero hay un añadido que debe introducirse para comprender por qué sucedió lo de la explosión social de enero de 1932: los efectos devastadores de la crisis internacional de 1929 en un pequeño país periférico como El Salvador. Los datos, en ese sentido, son concluyentes: entre 1931 y 1932 cerca del 94% del total de las exportaciones correspondía al café, y al desplomarse los precios internacionales su impacto sobre los ingresos salvadoreños fue arrollador. En 1932, el precio promedio del quintal de café había disminuido en cerca del 50% si se comparaba con 1928.

El problema no solo era este, y es que se complican las cosas al momento de ponderar la dimensión territorial donde la crisis económica se visibiliza mucho más, que era en la zona occidental del país, ámbito que era asiento de la más amplia e importante área agroexportadora. Considerados cuatro departamentos (Santa Ana, La Libertad, Ahuachapán y Sonsonate) en lo que atañe a producción cafetalera, para 1931, resulta que en esos departamentos se producía cerca el 74% del total de la producción nacional.

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Si se sigue el rastro de las acciones puntuales que configuraron el levantamiento insurreccional de enero de 1932, resulta que es en el departamento de Sonsonate donde con mayor fuerza se produjeron las movilizaciones y las confrontaciones. Y esto tenía que ver, de algún modo, con que, en 1931, esa zona fue objeto de una intensa labor organizativa por parte del tejido organizativo de la militancia comunista.

Pero hay más: Sonsonate tenía en cuanto a rango de producción cafetalera la quinta posición (al igual que San Miguel), puesto que en 1931 se produjeron allí 75,000 quintales. Muy inferior, si se compara con la producción cafetalera de Santa Ana, que fue de 600,000 quintales. Sin embargo, Sonsonate ocupaba la tercera posición en cuanto a producción cañera, con 139,280 quintales (en cambio Santa Ana solo produjo 31,000 quintales). Y si se agrega la producción de maíz, una actividad siempre bastante asociada a los segmentos campesinos, resulta que Sonsonate produjo, en 1931, 400,000 quintales de maíz (el mayor productor, San Miguel, produjo 650,000 quintales).


Pue bien, todo este entramado de cifras da cuenta de una intensa actividad productiva en el departamento de Sonsonate, y que, al introducir la variable de los efectos de la crisis internacional de 1929, puede contribuir a comprender el clima de zozobra y de desesperación que existía en la zona, sobre todo por parte de la población campesina.  A esto habría que apostillar el hecho que, en 1921, en todo el país, el área cultivada de café fue de 57 000 hectáreas y para 1931 fue de 93 000 hectáreas, incremento que significa una ‘absorción de tierras’ que eran disputadas, sobre todo, a los pequeños productores campesinos. Igual sucedía con las tierras dedicadas a la caña de azúcar.

Estaban dadas las condiciones materiales para que el estallido social tuviese lugar, incluso sin que hubiese intervenido el asunto organizativo contestatario.

La presencia en el levantamiento insurreccional de figuras emblemáticas de la identidad indígena, como Feliciano Ama y Francisco Sánchez, y centenares más que acompañaron la insurrección aumenta la complejidad del asunto. Se puede discrepar o no con la forma de elaboración del censo poblacional de 1930, pero es inocultable que en Sonsonate el 30% de la población podría considerarse indígena o de origen indígena, el mayor porcentaje en todo el país. Y es que no debe olvidarse que la población indígena es población campesina, y aquella presión sobre la tierra que había en aquel momento, sumado a la crisis económica, estaba estrangulando al campesinado. Lo que sobrevino al levantamiento fue una despiadada e indiscriminada respuesta represiva, donde miles de campesinos fueron asesinados obviando todo procedimiento. Las consecuencias de este espantoso atropello siempre se han querido diluir en consideraciones ideológicas, y lo cierto es que después de 1932 El Salvador ya no fue igual.




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