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Editorial & Opinion

8 de marzo, ¿uno más?

Ana Cevallos / Economista investigadora @cevallob

viernes 8, marzo 2019 - 12:00 am

Este 8 de marzo queremos hacer notar que te­­nemos un sistema eco­nómico y social que no integra a todas las personas por igual, que excluye predominantemente a las mujeres y que fomenta el patriarcado como una especie de cemento de los pilares que sostienen el statu quo.

Por ello, a nivel mundial se realizará la huelga feminista que se articula en cuatro ejes: cese laboral remunerado, cese estudiantil, cese de los cuidados y tareas domésticas, y cese del consumo. Somos el 49,5 % de la población mundial y queremos que se cuantifiquen los impactos, especialmente económicos, fiscales, sociales y políticos que generaría nuestra ausencia de dichos ámbitos.

Al igual que en 2018, el tema de los cuidados será el pivote de la movilización. Esto no es una cuestión menor, pues persiste su invisibilización, su falta de reconocimiento, así como su naturalización como asunto de las familias y predominantemente de las mujeres. Por ello, los cuidados que permiten la reproducción de la vida de las personas, constituyen la base material que nos mantiene relegadas, explícita e implícitamente, del mercado laboral y de la participación política. En contraposición, al configurarse un sistema que excluye a los hombres de los cuidados, vemos cómo ellos son incorporados relativamente sin trabas a los ámbitos de donde nosotras somos marginadas o desvalorizadas.

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Es importante dimensionar, ¿qué implicaría ausentarnos de los cuidados en términos políticos, sociales y culturales? En primera instancia conllevaría una pugna de poder, pues una gran mayoría de los hombres tendrían que asumir dichas tareas. Además, en países como El Salvador, esto generaría conflicto por patrones culturales machistas asumidos incluso por muchas mujeres.

Pero no todo es una cuestión cultural y política, la desigualdad también tiene una base material. Así, en El Salvador, ausentarnos durante 24 horas de los cuidados demandaría que sean cubiertos por los hombres, con trabajo no remunerado o remunerado, por el sector empresarial, absorbiendo los costos de una mano de obra menos disponible, y por el Estado vía la provisión de bienes y servicios públicos en la cantidad y calidad necesarias para atender a la población dependiente, principalmente infancia, personas adultas mayores, personas con discapacidad, entre otras. En consecuencia, ¿a cuánto ascendería el impacto económico y fiscal de ausentarnos durante 24 horas de los cuidados? ¿Qué pasaría si nos ausentáramos los 365 días del año?


Estudios muestran que los cuidados y trabajos domésticos representan entre un 45 % y un 75 % del producto interno bruto de los países del mundo, pero de ser provistos por los hombres considero que habría que sumar los costos que implicaría su renuncia o reducción de otras tareas en las que actualmente predominan: trabajo remunerado y participación política. Y, de ser provistos por servicios del Estado, habría que costear el monto de inversión necesaria para financiar los cuidados a lo largo del ciclo de vida. Sobre todo considerando que para El Salvador el bono demográfico finaliza en 2030 y, con ello, se incrementará la demanda de cuidados, pues la razón de la población dependiente respecto a la población en edad productiva será cada vez más grande.

¿Significa entonces que las mujeres debemos continuar siendo los chivos expiatorios? Rotundamente no. El panorama anterior es injusto pero especialmente es ineficiente dado que el capital productivo de los hombres y la ausencia del Estado se realizan a costa de despilfarrar el capital productivo de las mujeres y de minar nuestros derechos. Esto nos hunde como sociedad en el subdesarrollo.

Que este 8 de marzo sea una conmemoración más o marque un hito, depende de todas y todos. El reconocimiento del aporte de las mujeres no se resuelve con paliativos como la creación de una bolsa de empleo en el sector de la economía del cuidado, como lo propuso el presidente electo Nayib Bukele. Esto no altera la base de la desigualdad sino que simplemente la formaliza, pues somos las mujeres quienes seguiríamos vinculadas al cuidado.

Debemos exigir al gobierno entrante políticas de Estado que erradiquen las causas de la desigualdad, entre otros, con medidas que garanticen el bienestar de las personas a lo largo de su ciclo de vida, la incorporación de leyes y políticas públicas que permitan la participación equitativa de los hombres en los cuidados, remunerados y no remunerados, y la transformación del sistema educativo a fin de que propicie la igualdad como cultura. Sin olvidar la garantía de una vida libre de violencia y la equidad en el mercado laboral y la participación política.




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