Editorial & Opinion

A mi padre y a mis maestros

Jaime Ulises Marinero / Periodista

martes 18, junio 2019 - 12:00 am

Esta semana es grandiosa para recordar y conmemorar. El 17 dedicado a los padres  y el 22 a los maestros salvadoreños Bonita oportunidad para rendir homenaje a esas personas que fueron o son muy importantes en nuestras vidas.

En lo personal estaré siempre agradecido con Dios  por la calidad de padre que me dio. Mi papá fue mi súper héroe, un hombre de carácter que inculcó buenos valores a sus hijos. Ahora está en el cielo y en su nombre y el de mi madre, cada uno de sus hijos procuramos ser personas de bien. Puedo gritar que me siento eternamente agradecido y orgulloso de mi padre.

Igual, vivo siempre agradecido de mis maestros, desde mi kindergarten hasta mis estudios superiores. Todos han sido valiosos en mi vida. Las personas suelen ser valiosas en la vida de otros, cuando trascienden con sus consejos, con sus enseñanzas y cuando son ejemplos de vida.

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Hace algunos días estuve en el centro escolar Alberto Masferrer de Olocuilta, donde estudié mi primaria desde 1973 hasta 1981. A finales de este mes o principios del próximo las instalaciones serán demolidas porque como parte de los proyectos del Fomilenio II se construirá una nueva edificación de dos plantas, con amplios salones y mejores condiciones pedagógicas. La escuela comenzó a funcionar en 1965  y para mientras se tiene el nuevo edificio provisionalmente funcionará en aulas temporales en el parque ecológico de la ciudad. Cuando comenzó a funcionar impartía de primero a sexto grado, ahora asisten alumnos de kínder a bachillerato.

Estar en el centro escolar, donde aprendí a leer, atesoré bellos e inocentes (algunos no tanto) recuerdos e hice mis primeras amistades que perduran para siempre, me hizo recordar a todos mis maestros, algunos de ellos ya fallecidos. De cada uno de ellos guardo lindos recuerdos, más aun de aquellos profesores que a reglazos nos hacían mejorar nuestra conducta. Eran tiempos en los cuales los  maestros nos dejaban  “líneas” cada vez que nos portábamos mal o simplemente nos daban reglazos o nos mandaban de plantón para que no se nos olvidara la tarea.Debo reconocer que en aquellos nueve años de estudie, fui expulsado al menos en cinco  ocasiones y en todas recibí la “grata” corrección de mis padres.  Esos cinchazos se extrañan.


En aquellos patios que allende me parecían inmensos corríamos libres con la conciencia limpia. Tuvimos novias sin que ellas lo supieran, hicimos travesuras que por muy graves no causaban agravios permanentes, sin darnos cuenta pasamos de la niñez a la maliciosa adolescencia y cultivamos un amor profundo por nuestra familia, nuestros maestros y nuestros compañeros de andanzas.

Con mucho cariño y respeto recuerdo a mis profesores desde kínder hasta noveno, siendo ellos: Mabel Canizalez, Gladys Mira, Marilú Esperanza, Flor Morales, Blanca Espinoza, Helen Rivera, Gregorio García Torres, Salvador Pérez, Franco Armando Choto, Otilia Romero, Morena García, Luis Claros, Bernarda Ayala y el sempiterno Humberto de Jesús. También a los exdirectores Manuel Balcáceres, quien con su sola presencia hacía que todos nos portáramos bien, y Roberto Flores, a quien cariñosamente le decíamos “chachama” porque su peculiar tartamudez y porque no le negaba a nadie su merecido castigo a base de reglazos en piernas y manos.

Fue precisamente Gregorio García Torres, mi maestro de Idioma Nacional, quien un día, luego de que le entregara una redacción en prosa, me dijo que yo sería periodista. Mi padre y mi madre, ya sabían que yo deseaba ser periodista. A los tres les cumplí.

Ahora en mi vida profesional imparto clases en la universidad y me encanta hacerlo, pero estoy convencido que es en la primaria donde están los maestros por vocación, esos que dejan más enseñanzas en nuestra vida. Qué más heroicidad que enseñarle a leer a una persona, que soportar el bullicio natural de la infancia y adolescencia, que controlar a un grupo de seres que como esponja asimilan todo lo bueno y lo malo de su entorno. Que más heroicidad que recorrer largas distancias para llegar a impartir clases en aulas antipedagógicas, llegar a casa cansados y para colmo recibir bajos salarios… Eso es vocación.

Por eso en la semana del día del maestro y del padrequiero mandar un saludo y un agradecimiento lleno de cariño y respeto a todos los maestros, especialmente a quienes ayudaron a mi  formación. A mi madre y a mi padre, todo el amor del mundo, porque  son mis maestros de la vida.




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