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Editorial & Opinion

Alarma la cifra de desaparecidos

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

miércoles 24, octubre 2018 - 12:00 am

Si pudiéramos recopilar la historia de cada una de las dos mil 400 personas desaparecidas en estos diez meses del presente año, seguramente la psiquis de muchísimos ciudadanos se derrumbaría  en las redes enfermizas de las neurosis de angustia, u otro padecimiento emocional similar, todo sin considerar el sufrimiento y el temor que en estos momentos debe reinar en centenares de familias salvadoreñas, en las que algún miembro amado de ellas, salió un día del seno hogareño sin retornar jamás y sin siquiera dejar el más leve rastro para indagar su paradero actual.

Si ahondamos en esa cifra recientemente publicada, nos muestra la mutilación criminal de muchísimos hogares en nuestro país, donde encontraremos algo mucho más significativo y pavoroso: un gran porcentaje de esas desapariciones se refieren a jóvenes de uno y otro género, lo cual podría motivar a nuestros criminólogos a plantearnos alguna hipótesis que nos ayude a explicar el por qué el grueso de esos hechos se concentra, mayormente, en la juventud nacional, aunque tales eventos también han incluido niños, ancianos, mujeres embarazadas o que recién han salido de los servicios  hospitalarios de maternidad.

Si dividimos ese total de víctimas entre los días transcurridos, nuestro corazón se contrita cuando vemos el resultado de ese simple pero triste ejercicio aritmético: ¡oscilan de siete a diez personas diarias que se reportan como desaparecidas! Eso contrasta con el escaso número de personas que son encontradas, o que retornan a sus familias. Son muchas las familias, donde se ha sufrido esa cruel pérdida. Me narraba un amigo, que unos años atrás, cuando apenas comenzaba a perfilarse este cruel problema sociopatológico, una joven adolescente ligada a su familia, se dirigió una mañana rumbo al colegio ubicado a varias cuadras de su casa. Iba plena de felicidad y satisfacción porque presentaría sus tareas escolares completas. Entre besos, sonrisas y las bendiciones familiares, se fue hacia su centro de estudios, en cuyo trayecto desapareció sin dejar rastro alguno. Por mucho que se indagó con sus compañeritas, maestros, vecinos, etcétera, todo resultó infructuoso. Ninguna pista. Ningún detalle revelador hasta el presente.

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Surgen tantas interrogantes inquietantes alrededor de esta enorme y alarmante cifra de personas desaparecidas: ¿Van a engrosar las filas de la prostitución o del crimen organizado? ¿Es parte de la trata de personas o del negocio criminal de la compraventa de órganos vitales?  ¿Se prepara la formación de elementos subversivos de tendencia desconocida? ¿Son actos de venganza personal o de intimidación social? ¡Nadie ha expresado hasta ahora ninguna hipótesis creíble! Son centenares de historias lamentables que se repiten a lo largo y ancho de todo nuestro país, sin que se vislumbre una disminución de tan angustiante panorama que socava la unidad familiar salvadoreña y la sumerge en la desesperación y el sufrimiento.

El fenómeno criminológico de las desapariciones es muy grave y complejo, ya que, en la lista de víctimas, encontramos desde menores de edad, hasta adultos mayores. Desde una joven doméstica, con poca escolaridad, hasta profesionales universitarios. Abarca, pues, toda la gama socioeconómica del país, desde miembros pertenecientes a humildes familias obreras o de comerciantes informales, hasta elementos cuyas familias superan el nivel promedio de ingresos a la generalidad poblacional. Tampoco se observan discriminaciones de índole ideológica, religiosa o partidaria. En una palabra, las desapariciones de personas están afectando la estructura social completa de la nación salvadoreña. Sin un análisis científico, urgente y exhaustivo, resulta arriesgado atreverse a plantear una hipótesis. Misma que, además, no sería válida, mucho menos creíble. Especialmente, en este período preelectoral donde surge toda clase de especulaciones tenebrosas, acusaciones sin pruebas, ataques personalizados y otras “linduras” de naturaleza inmoral e irrespetuosa. Aunado a este fenómeno de las desapariciones, muy propio de la patología social que sufre el país en diversas facetas, también es oportuno recalcar que no vislumbramos soluciones eficaces que disminuyan el alarmante número de muertes violentas que, hasta este momento que escribo, suman más de 2 mil 500 homicidios en lo que va del año. Lo cierto es que sobre el actuar delincuencial actual, por mucho que se nos diga que va disminuyendo, tales datos opuestos a lo que vemos a diario, ya no convencen a nadie.





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