Editorial & Opinion

ARENA no ha muerto, su ego sí debería

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 14, agosto 2019 - 12:00 am

Arena como fenómeno político electoral tiene, al igual que el FMLN, su origen en la guerra. Fue su creación la manera más efectiva de contraponerse a la ideología marxista y comunista que representaban el FMLN guerrillero. Su nacimiento está vinculado a la reacción ciudadana organizada de la derecha para evitar que la guerrilla tomara el poder por la fuerza y se instalara el régimen soviético-cubano en la región.

Su esfuerzo logró éxito al contener lo que se preveía era un efecto dominó, luego de la caída de Somoza y la conquista revolucionaria del poder en Nicaragua; Arena fue una alianza empresarial, una visión política para también tomar el poder y garantizar unidad frente a la amenaza, porque en los gobiernos militares y en Estados Unidos también se había logrado infiltrar la visión “socialista” que exigía el fin de los gobiernos militares y la transformación social que restara hegemonía a los grupos de poder; por tanto, la única forma de no perder poder era teniendo el poder.

Así Arena estableció el proceso de manos de su líder Roberto d’Aubuisson, quien se convirtió en diputado y presidente de la Asamblea Legislativa; lideró el cambio y creación de una nueva Constitución de la República en 1983; rápidamente, el partido creció y fue por las presidenciales, las que perdió frente al demócrata cristiano Napoleón Duarte, quien ganó el apoyo de EE.UU. para reformas más profundas, pero sin el libreto completo de la propuesta comunista.

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Arena lograría después con Alfredo Cristiani 20 años de gobierno y control político en la nación, nada mal para quien pretendió hacer del país la tumba para las “hordas rojas”; sin embargo, en su ideología capitalista no pudo con las fuerzas internas de la alianza empresarial, pese a una visión de una economía libre, abierta y social de mercado; en las acciones ejerció proteccionismo, favoreció a ciertos grupos y se auto benefició con la reprivatización de la banca, de las exportaciones del café y la privatización de servicios y empresas públicas, violentando sus principios y objetivos de crear cambios desde la misma sociedad pudiente para no permitir que éstos fueran por fuerza del reclamo social de los más pobres.

Tantos errores cometió que tuvo que entregar el poder al mismo FMLN, convertido en partido político tras los acuerdos de paz, no sin antes mostrar también su rostro de corrupción y autoritarismo en su último gobierno, conducido por Antonio Saca.


De ahí a la fecha, Arena fue a menos, su discurso contrarrevolucionario, anticomunista y su ventaja competitiva como fuerza empresarial también decayó; la gente percibió los errores y los muchos acuerdos bajo la mesa para limitar la competencia, beneficiarse corporativamente y limitar adversarios políticos. Está agonizante (aunque es aún mayoría legislativa y de alcaldes) pudiera, al igual que el FMLN, desaparecer; como hermanos de una misma madre (la guerra) y estando esta historia fuera del alcance mental de la nueva generación, Arena tiene ahora que reeditarse; puede sacar fuerza de flaqueza, pero si en el proceso logra que su ego muera, que su orgullo se asiente y, de paso, reconectarse con lo que una vez lo hizo grande: su visión de libre empresa, de un estado al servicio del ciudadano, de menos empresarios y más humanidad en sus dirigencias; un partido dominado por ideas de progreso, no por financistas exigiendo retorno de su inversión.

¿Es posible reanimarlo y volverlo al camino? Sí, porque hoy más que nunca se necesita verdadera oposición, no confeccionada contra el gobierno de turno, sino contra la crisis institucional; se necesita que haya partidos fuertes que devuelvan a la democracia el sentido de beneficio para los que votan, no para los elegidos.

La tarea, me imagino, es cuesta arriba, pero no imposible. Mi interés en estas reflexiones es no perder el aprendizaje y el éxito político que, tanto el FMLN como Arena, tuvieron en estos últimos 50 años; porque si desaparecen o se reducen como otros partidos, será aún más difícil mejorar la democracia; no es sostener más de lo mismo, es ser diferente con lo mismo que ya tenemos y demostrarnos que podemos, como nación, reinventarnos. No será con el comunismo ni con el liberalismo mercantilista, sino con la reedición de los conceptos para darnos a todos una mejor propuesta.




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