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Editorial & Opinion

Bukele sería un presidente autoritario, megalómano

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

viernes 23, noviembre 2018 - 12:00 am

Realmente me asusta Nayib Bukele, y aunque esto solo sirva para cohesionar sus admiradores a su alrededor, no puedo dejar de manifestar públicamente el terror que me provoca ese muchacho. Acabo de ver en Facebook uno de sus spots y he quedado helado. Esa “N” de la que él está enamorado como Mao Zedong o cualquier otro dictador estaba de su imagen.

Vi lleno de estupor -dicho en otra forma-, con espanto y casi malestar, la forma en que este muchachito se proyecta como el futuro mandamás de la nación.

Ya se le había visto -porque no puede evitarlo-, su egocentrismo, es decir, todas sus campañas giran alrededor de su imagen, y además, el síndrome incurable, ¡es más!, crónico, de sus ambiciones de grandeza. No sé si la gente lo ha notado pero esa “N”, el mismo diseño, y flanqueado por una corona de laureles, era la que usaba Napoleón Bonaparte. A lo que me refiero no a que sea la misma letra del abecedario, sino al mismo complejo de grandeza, solo que el enano corso sí era grande.

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En lo que pasaba el corto vídeo de su campaña, cada vez crecía mi asombro, mi estupefacción: ¿cómo puede estar tan enfermo? Y en cierto momento me pregunté: “¿Y que la gente no se da cuenta de eso que es tan evidente?” Ni Napoleón Duarte, quien sí fue un líder de masas, pero que cayó un poco en el mismo síndrome, tuvo esos delirios calenturientos de engrandecer su imagen de forma tan pornográfica.

Y seguían pasando ante mí las imágenes de su spot: la “N” omnipresente; y tengo presente esas conferencias de prensa llenando el escenario con el pabellón nacional. El celeste cielo o celeste Twitter, iluminando al fondo, un celeste pastel suave, tierno, adormecedor, “estupidizante”. Recuerdo su compulsivo deseo de cambiar el escudo de la ciudad capital. Ya eran síntomas claros de su estado mental.


Ahora que sigo viendo el vídeo y observo todo celeste pajarito, estoy a punto que me dé un ataque de ansiedad: los uniformes de los equipos de fútbol de los niños, las paredes de las guarderías, hasta los archivos de las oficinas, todo celeste. Las gabachas de los enfermeros: ¡celestes! ¡Oiga! Tan enferma es la situación que hasta los camiones recolectores de basura los pintó de celeste.

Eso, perdónenme, no es de gente normal.

Solo se me viene a la mente la “Chayo” Murillo en Nicaragua y su promiscuidad por el rosado Peptobismol. A la era más cruda del comunismo maoísta con toda la gente vestida de diversas tonalidades de grises. Al cantante y compositor Prince y su obsesión con el púrpura. A una cincuentona que su casa la ha pintado toda de rosado. Al nazismo y su color rojo y la svástica negra con fondo blanco vomitada por todos lados de la gran Alemania.

No es difícil concluir a dónde nos va a llevar toda esta locura, no solo por lo del colorcito golondrino, sino por todo lo que en suma nos lleva a edificar un perfil: Nayib Bukele sería un presidente autoritario, megalómano, un señor feudal que reinará por decreto, y estarán todos sus sátrapas alrededor sacándole jugo a su mal incurable, a costilla de nuestros impuestos, para hacerse millonarios como en la dictadura vergonzosa de Hugo Chávez. Sobándole el lomo hasta adormecerlo, mientras él sueña que es un Napoleón Bonaparte de la política autóctona.

Y lo peor sería, ojalá que no, que llegase a acumular una gran fortuna y después se vaya y pida refugio a su país de origen, o sea, al país de origen de sus antepasados, así como Fujimori hizo con su nacionalidad japonesa, después de haber destruido Perú y haberlo manchado de sangre, torturas, persecución y dinero sucio.

¿Podremos evitar ese escenario?

Pues no lo creo, no parece que la gente esté capacitada para oír otra cosa que no sea el canto del sireno. Los votantes nos llevan al precipicio, y quién sabe si podremos sobrevivir a ese porrazo.




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