Editorial & Opinion

Cambio de señas

Juan José Monsant A. / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 9, noviembre 2019 - 12:00 am

Corría el mes de noviembre del 2000 en la ciudad de Panamá, reunidos allí los Jefes de Estado y de  Gobierno en el Centro de Convenciones Atlapa para participar en la X Cumbre Iberoamericana. En la inmensa mesa ovalada estaba Fidel Castro, en su triple condicion de Jefe de Estado, de Gobierno y del Partido Comunista, el dicharachero Hugo Chavez, Pastrana, Cardozo, Aznar, Cedillo, Ricardo Lagos, Fujimori, la anfitriona Mireya Moscoso y, entre el Rey Juan Carlos I de España y Novoa de Ecuador, el presidente de El Salvador, Francisco Flores.

En algún momento Castro denunció la existencia de una conspiración proveniente de El Salvador para asesinarlo,  dirigida por Luis Posada Carriles, y por allí se fue. Hasta que Flores lo interrumpió, “No le acepto que haga acusaciones irresponsables sobre mi país, menos provenientes de quienes participaron en el asesinato de miles de salvadoreños”.

En el 2001, cuando el pueblo de Comasagua sufrió la furia de un terremoto, se hizo presente una misión militar venezolana para ayudar a reconstruirlo; pero mientras lo hacía, sus operadores políticos conspiraban contra el gobierno y adoctrinaban a sus habitantes. El presidente, prueba en mano, les dio fecha cierta para abandonar el país con sus aviones, panfletos y operadores.

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Con amigos mantengo una sana discusión sobre lo que se denomina “generación millennials”. Los tengo en alta estima, y siento que a partir de ellos, se dio una transformación pacífica al sumergirse en el mundo industrializado de la computación y el internet, incluyendo al hecho socioeconómico. Son los nacidos entre los años 80 y el 2000. Para ellos, los dogmas ideológicos no existen, lo políticamente correcto tampoco, lo sustituyen por cierta informalidad, desparpajo y libertad; van a los objetivos, corren con los tiempos, lo que desconcerta a lo tradicional  político, social, económico, religioso, laboral.

Las corbatas estorban, combinan los colores como les va del ánimo, los dogmas sociales, doctrinarios o religiosos y hasta económicos los colocan en duda, van al resultado de la acción, propuesta; al contenido, no al continente. Por eso chocan con la generación anterior o anteriores, de los cuarenta, cincuenta y hasta de los setenta, cuando no existía Twiter, Facebook, Instagram, los smartphones, ni Netflix, cuando más los CD,  Betamax y los Blockbuster.


Por ello, cuando aparece un joven de treinta y tantos años, que obvia la corbata, usa medias de color  o rayas, tuitea, no  envía correos electrónicos, no apela a los comodines de derecha, izquierda, comunismo, capitalismo, ofensiva final, Acuerdos de paz, y demás reminiscencias del pasado para comunicarse con la ciudadanía, despierta desconfianza en la clase sociopolítica tradicional y se le menosprecia, se le critica la ausencia de corbata, o el no sentarse a negociar el reparto de los poderes fácticos .

Sí, hablo del presidente Nayib Bukele Ortez, hijo de un imán musulmán muy respetado en vida, y de una criolla católica discreta y abnegada. Un nuevo estilo de gobernar, de dirigirse a la ciudadania, de tratar con Jefes de Estado, de informar directamente, exigir resultados e invitar a subirse al carro de los tiempos, porque no queda mucho tiempo.

Hablo de ese Bukele que le dio 48 horas a una serie de operadores políticos de la narcotiranía venezolana para abandonar el país, porque  conspiraban para desestabilizar a El Salvador, con sus pares locales. Hablo de ese joven que logró contener el crimen organizado, creó una Comisión Internacional contra la impunidad contrariando falsos nacionalismos, que ha invitado a todos los salvadoreños a incorporarse a la modernidad productiva y segura. De ese presidente que no ha dudado en llamar dictadura al régimen venezolano, hondureño, nicaraguense; ni en señalar donde están los intereses de la nación, sin complejos o poses antiamericanas.

Estoy seguro que está llamado a convertirse en un estadista líder de la región, capaz de hacerla reaccionar ante el somnoliento desgano, y la acción continental del totalitarismo cubanovenezolano, tal como lo estamos observando en Chile, Ecuador, Bolivia, Argentina, y pretensiones de hacerlo en El Salvador.

Vale la pena jugarse una carta con el futuro, con este joven millennial.




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