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Editorial & Opinion

Ciudadanos, migrantes, visitantes…

Roberto Burgos Viale / Abogado

lunes 15, abril 2019 - 12:00 am

Esta semana vuelven a El Salvador miles de salvadoreños que viven en Estados Unidos y en otros países. Su llegada vuelve a reunificar durante pocos días a las familias que durante años se han visto separadas y desperdigadas por el mundo, producto de una diáspora interminable que igual encuentra sus causas en la guerra y en la paz.

Según datos recientes de la Organización Internacional para la Migración (OIM) hasta el año 2016 vivían en los EE.UU, un aproximado de 1,352,357 personas nacidas en El Salvador. De estas 432,329 contaban también con la ciudadanía estadounidense, por lo menos 700,000 se consideraban “migrantes no autorizados” y 204,000 gozaban de estatuto de protección temporal, más conocido como “TPS”, beneficio que fue suspendido en enero del año pasado.

Las ventajas de contar con una comunidad de salvadoreños en los Estados Unidos, suele medirse únicamente en términos cuantitativos, en dinero, en divisas útiles para sostener una economía en la que sus patrocinadores no caben como titulares de derechos ni como trabajadores internos. El año pasado, representantes del Banco Central de Reserva celebraron un crecimiento del 9.1% en el envío de remesas, lo que equivale a un monto de US$4,504.2 millones provenientes de 157 países. La mayoría de estas remesas proviene de los Estados Unidos: US$4,202.3 millones, seguido por la Unión Europea con US$42.3 millones y Canadá con US$39.8 millones.

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Nunca se les llama en su presencia “migrantes”, se les dice “hermanos lejanos” y en el caso de los deportados, las autoridades salvadoreñas los recibe con su programa “Bienvenido a casa”, como si de verdad lo fueran o no estuvieran sujetos a riesgo alguno.

La migración no solo implica ventajas para un país, quiéranse ver estas o no, pues los que se van no solo se convierten en el sostén de familias, fuente de ahorro y pago del consumo interno, también representan la separación dramática de familias que solo aspiran a la reunificación en las fiestas de semana santa, agosto o navideñas. Existe un impacto cultural y existencial que aún no se mide y que se prefiere ignorar: las separaciones producto de la migración convierten a los antes ciudadanos en migrantes y luego en visitantes de una tierra que sienten suya, pero que ya no les pertenece y que apenas les reconoce un aporte que no sea en metálico, en dólares o en euros.


¿Cuál será el futuro de nuestros hermanos lejanos? La política migratoria estadounidense ha hecho de su estadía en aquel territorio un asunto de seguridad nacional, no de derechos humanos, como lo fue desde el fin de la segunda guerra mundial, cuando el derecho a contar con asilo por razones políticas o humanitarias hizo de esa figura y la del refugio, una opción real para miles de personas víctimas de abusos y de persecución política en su país de origen. Dicha lógica humanitaria está cambiando, miles de salvadoreños podrían ser enviados de nuevo al país en los años que vienen, poniendo en peligro el sostén de la economía, pero también sus vidas y las de sus familias, ahora que se acaba de reconocer el desplazamiento forzado como un problema nacional, producto de la violencia en territorios controlados por las pandillas.

Llámeles migrantes o hermanos lejanos, estos hacen alarde cuando “ya tienen la nacionalidad” y no se refieren a la salvadoreña precisamente, sino a la que les garantiza, por primera vez en sus vidas, que existe un gobierno que, aunque sea a regañadientes va a responder por sus vidas y derechos, un gobierno que por supuesto no es el salvadoreño. Este último, a través de su Ministro de Turismo, ya hace proyecciones sobre las divisas que espera recibir en esta semana santa: “Por lo menos US$93,7 millones, un crecimiento del 9,7%, respecto al año anterior”, producto del consumo y pago de servicios de los 23, 573 visitantes que llegarán al país por vía aérea, sumados a los 115,091 que por vía terrestre inundarán pueblos, playas y otros centros de interés turístico. La mayoría serán salvadoreños fieles a la nostalgia, a la pertenencia, a la familia que los espera y les recibe en la misma terminal aeroportuaria.

Aquí estarán unos días, de aquí partirán en una semana, su identidad es de todas partes y de ninguna, los migrantes, los hermanos lejanos, convertidos en visitantes, se llevan la esperanza de un mejor país, de una próxima visita.




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