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Editorial & Opinion

Claroscuro de la economía china

Armando Rivera B. / Abogado

lunes 3, septiembre 2018 - 12:00 am

Actualmente la economía de la República Popular China está considerada como la segunda más poderosa del mundo, un esfuerzo que nació bajo el mandato de Deng Xiao-ping a finales del siglo pasado, después de los fracasos espantosos que se dieron en la agricultura y la incipiente industria durante el largo período gubernamental de Mao Zedong, fundador del comunismo chino, copiándolo del modelo marxista-leninista impuesto en la otrora Unión Soviética, su principal aliada. A Deng se le atribuye impulsar el modelo de una “economía de mercado socialista” que combina el desarrollo de las fuerzas productivas (regidas por mecanismos de mercado), pero con una planificación centralizada por el Estado. Es lo que algunos entendidos califican como un “capitalismo estatal”.

En síntesis, en la China Popular impera un sistema económico donde las industrias básicas, el sistema integral de telecomunicaciones, así como el sector bancario, sin excepción, se encuentran bajo estricto control estatal, condición que tampoco ha cambiado el actual mandatario chino Xin Jinping, quien ha ofrecido expandir el comercio chino en los próximos quince años, con énfasis en naciones africanas y latinoamericanas hasta por una suma de $230 mil millones, pero que, pese a ese panorama en apariencia optimista, en los últimos años el PIB del 80% de la población que iba en aumento cada año, recientemente  ha comenzado a declinar, como lo han manifestado calificadoras serias como Moody’s, S&P y Fitch Ratings.

Asimismo, respetables agencias económicas europeas han dado su voz de alerta sobre los riesgos y amenazas que conlleva establecer relaciones de índole comercial y crediticia con la banca china, que es como hablar con el mismo estado comunista que, en la realidad se ha constituido en un “estado capitalista”, pues como lo anotamos en líneas anteriores,  todo el sector financiero se encuentra bajo su total administración, disposiciones crediticias y demás reglas del juego con naciones que solicitan empréstitos o hacen transacciones comerciales. Veamos, grosso modo, algunas amenazas o riesgos.

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La primera luz amarilla en los tratos económicos con China  es que se ha convertido en un país que mantiene un alto puesto para conceder, sin muchas trabas de tiempo y formas contractuales, muchos préstamos considerables a países extranjeros, mismos que devengan intereses elevadísimos (superiores incluso a los establecidos por entidades financieras estadounidenses y europeas) y con plazos cortos para su cancelación, ya sea por cuotas o su amortización completa.

En este aspecto, negociar créditos con la República Popular China, hablando en   sentido figurado, es como negociar con un poderoso agiotista, muy exigente, que puede generar intereses moratorios u obligar a la nación deudora a retribuirle esos préstamos con productos necesarios que ellos no tienen en cantidades apreciables como minerales, petróleo, mariscos, productos agrícolas, productos industriales elaborados, alimentos, carnes, etcétera, pero a costes bajos. Eso trae, por lógica, una dependencia de todo nivel por parte de los países deudores con su gran acreedor, que puede dar paso expedito a la expansión ideológica y política del comunismo chino en las naciones que le adeuden cantidades exorbitantes, hasta el punto de darle en comodatos “eternos” bases marítimas o territoriales que le son importantes para ejecutar sus planes estratégicos de afianzarse como la primera potencia mundial. Ciertas naciones asiáticas ya son presas de esta política de “garrote mercantil”, en la cual cayeron ingenuamente cuando los bancos chinos comenzaron a darles créditos a manos llenas a sus gobiernos y que tontamente se los gastaron en obras superfluas, o malgastarlos en actos de corruptela, sin pensar en el bien común de sus pueblos, o invertirlos para su pronta recuperación y pago cumplido.


China Popular no es la gran oportunidad para nuestro comercio, como lo afirman voceros oficialistas del actual gobierno salvadoreño, quienes, por el solo hecho de permanecer unas pocas semanas en Beijing, al retornar hablan ante los medios de “las mil y una maravillas” que dicen constataron pero que, en realidad, solo pellizcaron la epidermis de la verdadera condición de los chinos continentales. El ciudadano medio se caracteriza por ser muy ahorrativo, pues los ingresos per cápita son bajos, porque China tiene la mano de obra más barata del planeta. Hay muchos otros detalles negativos.




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