Editorial & Opinion

Crisis de valores

Eduardo Cálix / Embajador

miércoles 26, diciembre 2018 - 12:00 am

Cuando mencionamos el término valor siempre lo hacemos desde una connotación positiva, siempre lo relacionamos con el lado bueno, perfecto, valioso. Además es un término que no admite matices, por lo tanto se tiene o no se tiene valores sean estos morales o sociales.

Los seres humanos vamos interiorizando los valores morales en el núcleo familiar, generalmente con el ejemplo. De nuestros padres y familiares aprendemos el respeto, la tolerancia, la honestidad, la generosidad, la responsabilidad, entre otros. Siempre y cuando se presenten condiciones de emergencia, estos valores afloran en la mayoría de los seres humanos.

Al parecer en los últimos años los valores de la persona humana han venido perdiendo esencia en nuestra diaria actividad en sociedad, poniéndolos en último lugar. Ahora existen las adicciones a la comida, al trabajo, al consumismo, a la televisión, a las computadoras, a los juegos electrónicos, a la violencia, a las redes sociales, incluso dentro de la familia. Las razones pueden ser multicausales, pero sin duda están directamente relacionadas al culto a lo material, a la carencia de lo espiritual y la avaricia.

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La codicia y la necesidad de la gente por lo material han ensombrecido los valores. También en no pocos casos, existe una falta de influencia de los padres hacia los hijos, que no practican modales y han caído presa de lo absurdo cuando el internet y las redes sin supervisión se han convertido en los primeros maestros.

Esto aplicado a la vida diaria en sociedad, ha profundizado la crisis de valores. Nos adecuamos a ello cuando nosotros o nuestros compañeros en una institución o empresa, no seguimos los principios organizativos o disciplinarios, y con nuestra conducta contradecimos estos preceptos.


Hablar de liderazgo, excelencia o innovación se hace reiterativo, pero en la mayoría de los casos, los miembros de estas organizaciones carecen de la guía para entender el significado de estos conceptos en relación con los desafíos que enfrentan en su vida diaria.

En otras palabras, no es fácil promover valores si en nuestras actividades diarias prevalecen otros contrasentidos llamados antivalores.

Livraga, filósofo, historiador y arqueólogo, enseñaba que cuando una cosa deja libre el espacio que ocupa, inmediatamente su espacio es ocupado por otra que no necesariamente ha de ser mejor que la anterior. A mi entender esto es lo que nos ha sucedido: hemos sacado tantas cosas importantes de nuestra vida que hemos perdido las cosas realmente valiosas, quedándonos con lo mediocre y lo superfluo.

Se pierde el sentido común y la capacidad de ver el fondo de las cosas y allí surgen los antivalores: espejismos con hermosas palabras y bellas formas, pero huecas y vacías. Es la preeminencia del aparentar sobre el ser, que termina reflejando un vacío interior y el caos exterior.

La mayoría de las personas en cualquier sociedad suelen apreciar acciones establecidas por líderes o gente popular que admiran. Pero hay egos personales generalmente involucrados en actividades diseñadas para satisfacer su avaricia y egoísmo con poco o ningún respeto por el bienestar de los demás o por lo que le rodea. Por ello, la vieja enseñanza filosófica que dice que “no hay enseñanza superior a la del ejemplo” es imperativo subrayarla.

Debemos reencontrarnos con aquellos valores universales y atemporales que sirvieron para llevar al hombre a una sana y pacífica convivencia en sociedad. Apartemos lo que no se gana con esfuerzo. No hay atajos hacia el éxito; sólo empeño, dedicación constante e infatigable perseverancia. Si queremos un mejor país, empecemos dando el ejemplo hacia lo correcto y lo valioso, a ser mejores salvadoreños comprometidos con nuestra patria.




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