Editorial & Opinion

Desaprender el horror

Liza Onofre / Periodista

miércoles 1, mayo 2019 - 12:00 am

Todos o casi todos lo vimos. Un hombre molía a golpes a otro a plena luz del día sobre el Boulevard Constitución. En un tramo del ataque, un niño, que quizás no sobrepasa los doce años, se unió al ataque del tipo. La víctima, totalmente sometida, no oponía resistencia, a la espera, y aquí estoy suponiendo, de que el violento se cansara de su despliegue de matonería. Las redes sociales y la calle nos han acostumbrado en El Salvador a ser testigos de actos cargados de agresividad y violencia de toda índole. Testigos del horror. Ya no es oficioso resaltar que nos hemos acostumbrado a la violencia, la propia y la ajena. Somos violentos decimos, como si esa expresión no fuera en sí misma una renuncia a vivir de otra manera.

En las mismas redes sociales los internautas se hacían varias preguntas ¿Quiénes eran los protagonistas?¿Qué hizo para que lo golpeara? ¿No nos suena de la violencia de género? El morbo le quita espacio al humanismo. Esa golpiza no es un espectáculo, es un crimen. Una víctima de violencia nunca provoca su propio atentado y el caso sobre el Boulevard Constitución permite reflexionar sobre otro fenómeno: la violencia intragénero de los varones y su perpetuación como forma válida de reconocerse como tales.

Ser hombre es algo que debe ser probado todos los días. Es el mandato de masculinidad. Hay que beber más, tener más parejas, chocar más carros, engendrar más miedos. Pareciera, a veces, que en El Salvador  vivimos en un gran patio de presidio o guarnición militar, donde a fuerza de  humillaciones y escaramuzas se descubre quién va a ser el que manda.

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Venimos de dictaduras militares y guerra civil; de imponerse a fuerza de exterminación masiva, del grito, el insulto, la degradación, la muerte civil o el homicidio del contrario, del revólver en la mesa si no te gusta lo que digo y hago. En este momento, como nación debemos problematizar la forma en que hemos educado y educamos a los hombres. No es casual que los principales perpetradores de los casos de bulling colegial, que terminan hasta en el coma de uno de los involucrados, sean niños y no niñas.

Nuestra sociedad está atravesada por esta violencia que respiramos y nos intimida en cada momento como un pájaro negro que nos sigue a todas partes. Tenemos comunidades a las que no podemos entrar por que hay hombres que han decidido que si no les agrada nuestra presencia, esta afrenta se paga con la muerte ¿Muerte? Cuántas veces en la historia no ha sido la muerte la estrategia para dejar claro quién tiene el poder ¿1932? ¿El Mozote? ¿Roque Dalton? ¿Karla Ayala?


A pesar de la demora histórica, desaprender el horror y construir otras formas de afrontar el conflicto es posible. Nos tomará décadas y generaciones. Instauramos una sociedad severa con las faltas de los pobres y tolerante con los escándalos de los corruptos y poderosos, que terminó finalmente por mover, hacia lo macabro, los referentes de lo éticamente aceptable. Esa misma sociedad ha mantenido inalterable la noción del macho violento como una forma válida de andar por la vida, es más le admiramos: el hombre fuerte el que pone el orden, y hoy tenemos los datos que tenemos de violencia social y homicidios.

Para vivir en una sociedad pacífica no hay un solo camino y aprender nuevas pedagogías implica respetar la integridad de los otros, la solidaridad comunitaria y el cuido colectivo de la vida. Los salvadoreños estamos obligados a inventar una forma definitiva de convivir pacíficamente, hace 25 años implicó entregar las armas e iniciar la reforma del Estado. Hoy nos enfrentamos a la reforma del individuo y esto implica mover, y erradicar, conductas que nos hacen más mal que bien, por mucho que la tradición y la costumbre las llenen de sentido.

Para el diseño de esa sociedad pacífica y próspera es indispensable desmontar la construcción de la violencia como seña de identidad del varón salvadoreño, para que ojalá la próxima vez que un hombre decida irse a los golpes contra otro su hijo, su sobrino o su vecino menor de edad no se le sume sino que lo denuncie.




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