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Editorial & Opinion

Después del seísmo electoral

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

martes 12, febrero 2019 - 12:00 am

No hay que darle muchas vueltas a los resultados electorales del 3 de febrero: las fracturas del sistema político se han hecho sentir. Se trata, por supuesto, de una derrota electoral en toda la regla para los partidos políticos tradicionales. Pero también podría interpretarse como la ruptura con el estilo de gestión política que venía operando desde el fin de la guerra, en 1992.

Cuatro gobiernos de Alianza Republicana Nacionalista, ARENA, y dos gobiernos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN, no lograron materializar la tan anhelada reconstrucción nacional. La guerra cesó, sí, pero lo que siguió fue una posguerra sin transición estructural. En un sentido estricto, la posguerra terminó en 2009, cuando la hegemonía conservadora se cuarteó. Diez años después, los dos custodios (ARENA y FMLN) de aquel proceso abierto en 1992 se han estrellado frente a la indiferencia ciudadana. Aunque parezca solo un asunto fiscal y judicial la cuestión de los tres expresidentes de la república (Flores, Saca y Funes), lo cierto es que se ha tratado de una vigorosa sacudida política al imaginario nacional.

No es que no se supiera, no es que no hubiese evidencias, de haceres y procederes irregulares de larga data en el aparato gubernamental, pero sacar a la luz pública esto de la mano de la Fiscalía General de la República, FGR, comportó no solo un señalamiento individualizado a las cabezas principales de estos manejos impropios de la cosa pública. Es que al instante se convirtió en un tema político de primer orden y también funcionó como una pequeña pero ejemplarizante lección de lo que es la desfachatez y la hipocresía políticas.

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ARENA se desentendió del asunto en su campaña, porque asumir eso habría significado revolver sus tripas. El FMLN también se fue por la tangente y su candidato abordó el asunto al sesgo, esquivando el bulto. Fue la coalición de facto entre Nuevas Ideas, Cambio Democrático y Gran Alianza Nacional, bajo la vocería de su candidato presidencial, Nayib Bukele, quien agarró el toro por los cuernos y les puso las banderillas a sus contendientes y los encasilló.

Es cierto, un análisis preciso de comunicación política y un empleo a fondo de redes sociales contribuyó al resultado inobjetable de la victoria electoral del ahora presidente electo. Pero esto pudo capitalizarse dado el notorio descrédito del sistema de partidos.


La situación de ARENA, después de su tercer intento por regresar al solio presidencial, debe verse con atención. La salida precipitada de su cuerpo directivo sugiere que planes y pronósticos eran desacertados y han querido sin alharaca pasar la página. Frente a 1,434,856 votos obtenidos por GANA (53.01 %), en realidad los 857,084 votos de la coalición encabezada por ARENA (31.72%) son un caudal electoral respetable. Es decir, ARENA está golpeada, digamos, en su orgullo y pretensiones, pero no ha sufrido un descalabro estrepitoso.

El gran perdedor es el FMLN, que hace casi cinco años obtuvo una cifra similar a la ostentada por el hoy partido ganador. Alcanzar 389,289 votos (14.41 %) indica que ha perdido la aquiescencia ciudadana después de casi 10 años de gestión gubernamental, y sin haber podido cambiar el rumbo del país, como rezaban sus antiguos eslóganes. Solo administró la crisis heredada.

El FMLN con más contorsiones que ARENA ha iniciado su proceso de asimilación de la derrota, que en los primeros días no ha podido encajar con entereza. Dependiendo de cómo proceda en su reacomodo interno, el FMLN hallará o no la salida de su desplome electoral.

Vistas las cosas con objetividad, si el padrón electoral era de 5,268,411 personas y solo acudieron a votar 2,648.266, quiere decir que el ausentismo electoral sigue manteniendo la primacía, y que lo sucedido el 3 de febrero ha sido una fuerte refriega, pero en el escenario de los ciudadanos que acuden a las urnas. El resto, mucho más que los que respaldaron la fórmula ganadora, continúa de espaldas al sistema político. Esto no hay que olvidarlo, porque la volatilidad electoral es una nota constitutiva de los procesos electorales. Que nadie se haga ilusiones pues.

No han pasado muchos días después del 3 de febrero y ya aparecieron las tensiones: la denuncia de procedimientos irregulares en las instancias gubernamentales al modificarse estatus laborales de ciertas personas concretas. Frente al señalamiento del presidente electo, el gobierno actual ha respondido inmovilizando toda modificación (¿y  se revertirá lo realizado a finales de 2018?).

Los efectos del seísmo electoral quizá apenas comienzan a experimentarse.




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