Entretenimiento

Edipo astronauta o las intermitencias del Universo

Por Rolando Medina López / Crítico de cine

miércoles 2, octubre 2019 - 11:18 am

 

Lo que en la superficie parece ser una película más de la factoría de Hollywood buscando explotar la popularidad actual del género y las "películas del espacio", "Ad Astra: Hacia las estrellas", la más reciente película del director James Gray, termina en pocos minutos revelándose en una fantástica representación de eso a lo que Julio Verne llamó, la eventualidad de la ciencia. La ciencia ficción.

A ratos, periplo de rescate con reminiscencias de Ulises en su eterna odisea, es sobre todo, de principio a fin, una suerte de cosmogonía de celuloide con significancia Edípica.

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Debo decirlo. Tengo debilidad por las películas que tratan, tanto la exploración espacial como por aquellas que se atreven a imaginar hoy, lo que será nuestro futuro en un par de décadas. "Ad Astra: Hacia las estrellas" es ambas. Brad Pitt es Roy Mc Bride; ingeniero, astronauta, Odiseo. Hombre. Hijo. La humanidad. Una especie a punto de extinguirse; la conciencia atrapada, en el abandono lejano y en sus años a la deriva entre el olvido del ser y su búsqueda.

Ondas de energía amenazan la vida en la tierra. Luego de sobrevivir a una de ellas en un aparatoso pero emocionante inicio, McBride es enviado en una misión para detenerlas y salvar así, a la especie humana. Su padre, Clifford McBride (Tommy Lee Jones) héroe de la conquista del espacio a cargo del proyecto Lima, le abandonó treinta años antes, por ir en busca de vida inteligente más allá de nuestra órbita; es él, el causante de la destrucción de nuestro planeta. A él debe enfrentar. Como astronauta. Como científico. Como hijo abandonado.


La reflexión constante de Roy es precisamente esa: el abandono de su padre; reminiscencias de la colectiva soledad humana, un peso que cargado a costa de su propia paz desarrolla sentimientos encontrados de incertidumbre, resentimiento y disociación de sí mismo. Así es como Gray da un sentido existencialista a la trama.

James Gray inició su carrera en 1995 con la película "Little Odessa" protagonizada por los entonces populares Tim Roth, Edward Furlong (Terminator 2) y Moira Kelly (El Rey León); ganó el León de Plata en Venecia y la admiración del gran director francés Claude Chabrol. "La Ciudad Perdida de Z" estrenada en 2016 es justa heredera del legado de aventura y exploración fascinante que no veíamos desde la presentación en sociedad de un tal Indiana Jones. Diez años antes, en 2007, Gray recibiría un poco de atención con "We Own the Night"; vemos en ella trazos de cine maduro, los cuales por fin termina de concretar de manera redonda y sin amagues en "Ad Astra: Hacia las Estrellas. Técnicamente es muy interesante su propuesta. Desarrolla los avances tecnológicos de manera consistente con lo que todo mortal puede ver hoy día en cualquier programa de televisión que trate el tema. ¿Cómo sería esta nueva era de exploración humana según Gray?

El hombre ha puesto estaciones espaciales no solo en la luna sino también en Marte; llegamos tan cerca de Neptuno que pudiéramos convertir sus anillos en arras nupciales si así lo quisiéramos. Y lo que el espacio manda de regreso a la tierra, es el silencio de Clifford por dieciséis años, ondas mortales y al final, bellas imágenes del espacio, nébulas y planetas; bellas y útiles solo para la propaganda, pero sin indicios siquiera de otra inteligencia además de la humana; obsesión intermitente del hombre.

Un amante del género sabrá separarla, tanto de "Gravity" de Alfonso Cuarón como de "Interestellar" de Cristopher Nolan, el referente más próximo del género. Hay similitudes pero son películas completamente diferentes. Salvando las distancias, "Ad Astra: Hacia las estrellas" es más cercana a "2001: Odisea en el Espacio (Stanley Kubrick, 1968)" y a "Solaris (1972)" del ruso Andrei Tarkovsky.

No deberíamos discutir si el futuro de nuestro planeta es desconocido. Es claro. Está destinado a desaparecer completamente. No por nuestra mano sino por el ciclo de vida de nuestro astro rey, el sol. Tranquilos. Según cálculos de los científicos nos quedan para ello diez mil millones de años. Sin embargo hay una galopante amenaza mayor. Nosotros mismos. James Gray plantea reflexiones inquietantes.

¿Para qué ir más allá de la gravedad terrestre?

- Hay ira en mi padre. En mí-, reflexiona McBride hijo.

Para qué ir más allá de nuestra cuna cósmica si en definitiva somos devoradores de mundos. Materia corruptora y corruptible. Depredadores; hijos sanguinarios del dios Marte. Pareciera que tras de nosotros siempre cargamos como almas en pena, la macabra estela de la guerra y las fronteras. Así lo representa Gray en una conquistada Luna sin Ley y al mejor estilo de pistoleros del Viejo Oeste. Tierra de todos; tierra de nadie.

Reflexiona sobre el Hombre y su evolución. Desde el alba lejana en la que dos piernas rígidas, verticales y severas levantaron como columnas a los homínidos, hasta cuando la mano, se convirtió en arma. Sigue atrayéndome más la reflexión moral de la película. La mirada en el mito, desde las estrellas.

¿Viajamos para huir o para encontrarnos? ¿Somos eternos peregrinos viajando sobre una piedra enorme o alcanzamos un estadío estacionario mientras giramos sin cesar en nuestra propia elíptica? Cierto. Toda generación se siente cómoda en su propia Era. Ciegos y concentrados en la brillantez de pantallas y luces de ciudad, desconocen lo que la edad y el tiempo, descubren. A veces la certeza de la tecnología obnubila la curiosidad y los descubrimientos; el verdadero saber del universo. A la madre naturaleza.

La última estación espacial a la que Roy arriba nos recuerda, a pesar de los avances y desarrollo, al opresivo y bucólico mundo prefigurado por George Orwell en su novela de 1948, "1984." Gray no dejar ir la oportunidad de ser Pepe Grillo tras una cámara hablando al niño que quiere ser hombre de verdad. Su reflexión también recorre otras veredas. Escabrosas. ¿Deben los hijos cargar con los pecados de los padres? Las Sagradas Escrituras nos dicen que sí; Gray se adhiere a ello con un giro. Todo patrón está hecho para romperse; al final el alma sabe, aunque se esté equivocando. En el tramo final nos muestra a un astronauta en busca de su padre; saliendo de una suerte de vientre acuoso y ferroso. Con cordón umbilical y todo. Anhelante de saber la verdad. ¿Es su Padre héroe o un despiadado asesino? La historia decidirá, piensa Pitt. "Me absolverá," dijo otro. ¿Pero quién escribe en realidad la historia? Los perdedores no pueden llegar ni a escribir un tan solo párrafo. ¿Hablamos entonces de historia o propaganda de nuestra civilización? El Hijo habla desde las alturas, pero como dios menor con vista limitada.

- ¿Por qué me abandonaste?-. La verdad es difícil de tragar. Ante la eventualidad de inteligencia más allá de nuestro planeta, al Padre, lo terrenal nunca le importó. Pitt llora. No por esas revelaciones; por lo que significan.

Las revelaciones de ese padre son las suyas propias en un patrón del que nos advirtiera ya, el mito de Sísifo. El Padre renuente al hijo le teme al retorno. A responderle. El hijo ha vagado hasta entonces, absorto; decepcionado de tanta humanidad en los hombres. Comprende por fin en su propio silencio, que esa parte ínfima de fragilidad intermitente, propia del padre tiempo, es la misma suya. Pitt, o más bien su personaje, casi inexpresivo hasta este momento. Impávido en su duda. Doliente en su solitario caminar, cobra vida. Lo notamos. Por fin, hambriento y feroz. A través de su mirada. A través de la chispa de vida que no vimos antes. Al llegar a la última estación, añora la tierra, el sol, los pájaros, las nubes y las mareas. Todo lo que hoy nos es invisible por cotidiano. Lo que evoca olores y recuerdos. En la nada no hay odio ni amor. Ni luz ni oscuridad. Cuando McBridge, el hijo, deja de ver todo aquello que no tiene, ve por fin lo que está frente a sí; nace en él esa energía que algunos llaman amor. Tiende un puente. No hacia su padre. Hacia su propia humanidad; el camino a la verdadera inmortalidad.

- No sé si huyo o quiero liberarme de él, discurre el hijo.
Al final quizás no se trate de Edipo en el espacio hablándole a las estrellas.
- Suéltame, suplica el Padre.
Quizás solo somos los hijos más pequeños del universo tratando de entender desde el celuloide a Dios.




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