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Editorial & Opinion

El cisma del sistema político salvadoreño

Aldo Álvarez / Abogado, catedrático, directivo del CD

viernes 15, febrero 2019 - 12:00 am

El resultado de las pasadas elecciones presidenciales debe llevarnos a hacer una reflexión profunda sobre su significado, pero sobre todo sobre lo que ello conlleva para la vida política de nuestro país. Caer en simplismos explicativos, hasta el punto de afirmar que los resultados se deben a que la gente simplemente no tiene “conciencia desarrollada” para votar, es pretender posicionarse en forma arrogante en una situación de superioridad moral política, adonde quien esto afirme se considera a sí mismo y a su grupo, como potentados portadores de la verdad última y pura sobre lo más acertado y procedente para el país, y que el resto de ciudadanos somos una bola de deficientes mentales políticos que no somos capaces de percibir esa verdad. Expresión más ofensiva e insultante para la población no puede haber, y sólo se explica por la fuente de donde proviene: quienes ven en los ciudadanos no personas, sino votos, no seres humanos, sino meros apoyos políticos, a fin de mantener un status quo de cosas, un régimen político y económico del que se han beneficiado y acomodado, aunque dicho régimen económico y político, sea lo más pernicioso para la sociedad. Y tener el descaro moral de venir a insultar a los ciudadanos de esa manera –un diputado del aún partido en el gobierno lo mencionó– es dar la muestra más burda y grosera de una profunda incapacidad mental de entender el resultado electoral en el contexto del estado actual del proceso político salvadoreño. Siento pena ajena, pero bueno, ahí están los resultados.

Cuando alguien se convierte en empresario y comienza a desarrollar la cabeza empresarial –en lo que no hay nada de malo cuando se da en el contexto del individual y legítimo ánimo de lucrarse personalmente en el marco de lo legal–, también comienza a desarrollar ese especial talento que significa aprender las artes y las técnicas para generarse lucro y ganancia propia, pero con exclusión de todos los demás, una posición y actividad que se corresponde y se condice más con la propia naturaleza humana, que es egoísta por definición, pues a la base está el propio instinto de conservación y preservación propia y de la prole. De hecho Adam Smith –padre ideológico del liberalismo económico del modernismo-, solía afirmar que era la codicia humana de enriquecimiento personal, la mejor aliada del crecimiento económico, porque este irrefrenable deseo de lucro personal llevaba a muchos a producir y comercializar, lo cual repercutía en una cosa buena para la economía en general.

Bien lo anterior, hay que decir que en términos de pensamiento y acción política, el desarrollo de la cabeza empresarial transita en un carril distinto al de la política, pues en el caso del ejercicio del poder –y quizá desde los postulados de Nicola Maquiavelli- se da dentro del contexto de la llamada ética de la responsabilidad –término acuñado por Max Weber, según nos ilustra Bobbio-, lo cual implica que quien gobierna debe asumir la postura totalmente contraria a la del que tiene cabeza empresarial, pues debe tener la capacidad de generar prosperidad para todos los demás gobernados, con excepción de él, y he ahí adonde estriba la verdadera nobleza de quien gobierna bajo la estricta ética de la responsabilidad. Por ello es totalmente explicable el por qué quienes asumieron el papel de adoptar una cabeza empresarial, perdieron muy rápidamente el rumbo de lo que implica generar prosperidad para los demás, por encima del deseo mercantilista de generarse lucro propio, por lo cual la bandera, los símbolos, el rojo, los estribillos “revolucionarios”, etc. no son más que signos distintivos, cuales marcas comerciales, para generarse lucro y riqueza propia, y no la de las grandes mayorías que antaño decían representar. Así de real y sincero.

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Así pues, si el aún partido en el gobierno sigue actuando de la forma en que lo hace, sigue sin dar muestra que hay sinceridad en la “renovación” en los cuadros de dirección, y que ello no sea una más que pantomima de querer poner delfines controlables por los “mismos de siempre”, esa empresa-partido que han creado, no tendría otro camino y destino más que, estar condenados a desaparecer como expresión política y muy probablemente a fracasar en términos empresariales, por ponerse a vincular lo no vinculable, con los más sentidos intereses de la población.

¿Qué tipo de oposición viene? ¿Qué tipo de respuesta de gobernabilidad viene? ¿Podrán sobrevivir los mismos de siempre a la coyuntura post-electoral? No lo sabemos, pero el presidente electo está por revelarlo…





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