Editorial & Opinion

El debate interminable

Rubén Zamora / Abogado, político y diplomático

sábado 9, noviembre 2019 - 12:00 am

Las movilizaciones recientes en no pocos países de nuestro continente deja como saldo no solo seres humanos muertos y heridos, destrucción de la infraestructura pública y bandidaje, sino que ha generado una toma de conciencia de que algo anda muy mal en nuestros modelos de vida; periódicos y académicos señalan que el neoliberalismo es el culpable, al mismo tiempo, en cada uno de nuestros países aparecen académicos y periodistas tratando de salvar las bondades y el legado de estas cinco décadas de neoliberalismo.

Sus raíces se encuentran en pensadores como von Mises, von Hayek y Friedman de tendencia liberal y libertaria, acérrimos críticos del Keynesianismo y el intervencionismo estatal.

Desde la década de los 70 el dictador de Chile, Augusto Pinochet, asesorado por los economistas de la escuela de Chicago introdujo el neoliberalismo en su país con un conjunto de reformas “liberadoras” de la economía, y en las siguientes décadas se fue extendiendo a la mayor parte del globo terráqueo y se constituyó en receta obligada de los organismos financieros internacionales. La caída del llamado “Campo Socialista” fue un elemento adicional de confirmación de este modelo e hizo proponer al politólogo Fukuyama que la historia se había terminado y que el capitalismo neoliberal regiría para siempre.

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Hoy, ante las convulsiones sociales de los últimos meses, los que aún creen en el neoliberalismo pretenden defenderlo aduciendo indicadores como altas tasas de crecimiento económico, estricta disciplina fiscal, baja inflación, excelente capacidad exportadora, recepción de capital extranjero, etc., que, efectivamente, se han logrado en Chile, no así entre nosotros, pues al implementarse en la década de los noventa y a principios de este siglo un plan conscientemente neoliberal, los resultados hasta ahora apuntan a un estancamiento crónico de la economía, pérdida de capacidad exportadora y magra recepción del capital externo, basta recordar que de 1960 a 1970 crecimos a un promedio de 5.53%, luego de 1960 al 70 fue a una tasa promedio de 4.8 %, pero que en el último periodo, de 2008 a 2018 hemos crecido a una tasa de 1.1 %.

Este tipo de argumentos en defensa del neoliberalismo citando ciertos indicadores tiene un doble problema: por una parte pretenden hacernos creer que la economía va mejorando pero se esconden otros indicadores que nos dicen lo contrario, especialmente los referentes a la tremenda desigualdad que genera el capitalismo neoliberal en la sociedad, el estancamiento de los salarios de los trabajadores, el incremento de la precariedad en el empleo, el aparecimiento de cordones de marginalidad en nuestras ciudades, la desatención de los servicios públicos para la mayor parte de la población.


Si bien es cierto que la pobreza y la marginalidad no fue traída por el neoliberalismo, pues existía desde antes, pero no se puede negar que este modelo ha contribuido sustancialmente para incrementar los fenómenos negativos que hemos señalado y esto es generado por el diseño de las políticas neoliberales que parten de afirmar que es necesaria una concentración de capital para impulsar la economía y que por lo tanto el resto de la población debe apretarse los cinturones, y que cuando el capital concentrado se desarrolle empezará el rebalse de los beneficios para el resto de la población; desgraciadamente esto no ha sucedido, la capacidad de concentrar la riqueza en pocas manos es inherente al modelo y prácticamente infinita y el rebalse que produce es de otra naturaleza: la raíz de las rebeliones que hemos vivido en estos últimos tiempos de un rebalse de pueblos indignados ante la desigualdad creciente, ante su marginación real de la riqueza que contribuyen a crear, ante el desamparo en que los deja un Estado reducido a su más mínima expresión.

Lo que los neoliberales no quieren o no pueden ver es precisamente que partiendo de su concepción del ser humano como el “consumidor soberano” (von Mise), en un libre mercado, guiado por la propaganda comercial, termina convirtiéndolo en un “consumidor consumista” y que esto es la mejor receta para generar resentimiento y angustia social, pues por un lado percibe que el abismo entre los pocos y los muchos se agranda, y por el otro su ansia de consumir es siempre quebrada por tu realidad de pobreza y finalmente que el resultado de su modelo de dejar al capital completamente libre de toda regulación a lo que lleva es a una acumulación perversa en la que unos pocos logran acumular enormes cantidades de riqueza y que priorizan la inversión especulativa (dinero haciendo dinero) y degradan la producción de bienes que la sociedad necesita.




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