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Editorial & Opinion

El desarrollo de la democracia en El Salvador

Carlos Echeverría / Exembajador de Costa Rica en El Salvador

sábado 8, diciembre 2018 - 12:00 am

 “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”, decía Sir Winston Churchill. Con todo y sus imperfecciones, como lo que cuesta poner de acuerdo a  las diferentes facciones de un parlamento o darle respaldo a propuestas urgentes del Poder Ejecutivo y más aún, el darle vigencia al estado de ánimo de la ciudadanía, es el camino a seguir.

Mínimamente, debemos entender la democracia moderna como la posibilidad de participación partidaria abierta a todas las facciones políticas legítimas que deseen competir por el poder o tener influencia sobre los temas de Estado.

Han quedado relegadas otras interpretaciones de la democracia que se han hecho, como aquella que dice que en una sociedad apuntando hacia la unificación de las clases, no es necesario más de un partido político. La democracia es manifestación de libertad dentro de un contexto plural, que hace inaceptable cualquier expresión autoritaria de gobierno, contraria al espíritu intrínseco de la propia democracia. La libertad también es económica y para ello la economía de mercado, con intervención comedida y justificada del aparato estatal, se vuelve contraparte indispensable, si de democracia pluralista y representativa se trata.

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Corroboro lo anterior observando que luego de varios meses, se ratificó finalmente la nueva Sala Constitucional, cuyo proceso de conformación a veces nos desesperó, pero que nos ha dado una Sala reconocida como no perfecta, pero sí muy buena. Sin la democracia, el logro hubiera sido imposible.

A nivel internacional el desarrollo de la democracia en El Salvador, es reconocido como exitoso. El debate es intenso y aunque todavía quedan resabios de desconfianza y reservas para interaccionar interpartidariamente, los frecuentes procesos electorales dan fe de la respetada pureza del sufragio y su reconocimiento, lo que está demostrado por los ya frecuentes relevos en el poder, tanto a nivel legislativo como ejecutivo y de gobierno local. Se admira el desarrollo institucional todavía incipiente quizás, pero ya consolidado y el esquema electoral para elegir diputados, sin duda de vanguardia a nivel mundial y que ya domina la ciudadanía al emitir su voto, así como la participación incremental de mujeres, jóvenes y representantes de grupos de interés social legítimo, en la integración de parlamentos y gabinetes de gobierno. Para un ciudadano costarricense y hoy salvadoreño, como ese el caso del suscrito, con experiencia observando procesos electorales, es un gusto ver que sus dos países son hoy en día de vanguardia en el tema en América Latina. El Salvador vibra políticamente.


Se inicia en diciembre un período clave para que la ciudadanía pueda contar con la información necesaria para analizar y ejercer su obligado derecho al sufragio de la forma más certera y responsable posible, según el pensamiento y la percepción política de cada cual. Debe prestársele especial atención, tanto por parte de los contendientes, como los facilitadores y la ciudadanía, a la excelencia del debate, especialmente cuando es formal. Nuevas ideas y propuestas concretas de cada uno de los cuatro candidatos, como lo es por ejemplo la de los llamados polos desarrollo o la del trabajo, deben ser presentadas a fondo y ojalá debatidas por los propios candidatos presidenciales y vicepresidenciales con amplitud y precisión; y así con todas las posiciones. Los ciudadanos a su vez, empoderados como están por el voto, deben hacer el esfuerzo por ilustrarse respecto a los diferentes temas. Una reflexión a futuro: el mejoramiento de la educación  cívica y general es un proceso continuo clave para un ejercicio democrático de calidad, sin manipulación por la vía de promesas irreales. Entre más educada la ciudadanía tendrá mejor calidad de vida y será más libre y democrática.

Hago votos para que luego de la elección y ya en el ejercicio del poder, el Poder Ejecutivo y los partidos políticos desde el Congreso, así como instancias reconocidas y representativas de la Sociedad Civil, sean capaces de construir conjuntamente, con el nuevo gobernante actuando más como pastor de ovejas que como general, una agenda país con claridad de visión y estrategia para alcanzarla. Sin ello, la gobernabilidad necesaria para el progreso social sostenido se hará imposible.




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