Editorial & Opinion

El descarnado

Jaime Barba / REGIÓN Centro de Investigaciones

sábado 29, diciembre 2018 - 12:00 am

No es imposible que el constructo Ortega&Cía, que hoy por hoy tiene el control de los tres órganos del Estado en Nicaragua, se salga con la suya. Es decir, que quede impune después de los asesinatos cometidos desde abril de 2018, que sin freno de ningún tipo encarcele y condene a penas excesivas a opositores, que cancele vulnerando su propia legalidad instancias defensoras de derechos humanos, que sin vergüenza expulse del país a observadores internacionales y que silencie medios independientes de comunicación como si cerrara expendios de aguardiente. Es posible que esto suceda.

Sin embargo, un análisis cuidadoso podría establecer los posibles escenarios que enfrentará de aquí en adelante Ortega&Cía.

El primer escenario, el más halagüeño, para el régimen dominante, sería que los métodos de terror impulsados desde abril de 2018, a propósito de las formidables jornadas de insubordinación social que se derramaron por toda Nicaragua, operen con eficacia y dobleguen la enhiesta conducta de la ciudadanía libre que dijo ¡Basta ya! Y entonces Nicaragua podría desenvolverse con cierta normalidad por la ruta trazada por Ortega&Cía.

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Aunque este parece ser el propósito principal del régimen en estos momentos, resulta que ha perdido cosas que ya no se pueden recuperar: la confianza política y la catadura moral. En este momento hay un claro repliegue de la ciudadanía beligerante, pero eso no quiere decir que Ortega&Cía haya ganado terreno en el imaginario colectivo. Solo se ha impuesto y punto.

Está aislado, es decir, sin aliados que oxigenen sus procederes, y se encuentra, podría indicarse, sin abusar de las imágenes, como un avión que vuela sin combustible sobre lo que cree que es una pista de aterrizaje (y no lo es). En este escenario la economía juega como bumerán, porque, si no hay recuperación, si no se mejoran los ingresos del Estado, si el crédito internacional se estropea y la inversión se deprime en exceso, pues ni la represión podría sacar al régimen de ese atolladero. En este momento aún la dinámica económica fluye, con dificultades, pero discurre, quizá más adelante esto no sea así. Y entonces pueden producirse situaciones complicadísimas para todos sus habitantes.


Si Nicaragua no tuviera la historia que ha tenido y que muestra como marcas indelebles la lucha contra las huestes del filibustero William Walker a mediados del siglo XIX; la lucha indoblegable encabezada por Augusto C. Sandino en las montañas nicaragüenses frente a la inaceptable intervención extranjera, entre 1927 y 1934; la lucha contra la dictadura somocista que culminó con la victoria insurreccional del 19 de julio de 1979, encabezada por el aquel entonces fresco y flexible Frente Sandinista de Liberación Nacional y el empeño por un recambio constitucional pacífico después de la derrota electoral del FSLN en 1990 pues podría pensarse, si no existiese toda esta trayectoria histórica, que la férula actual de Ortega&Cía va para largo. En momentos como estos es cuando los filones progresistas de la historia de un país pesan como oro. Y eso no hay represión que los pueda borrar.

El segundo escenario que puede atisbarse es uno donde la variopinta aglomeración de opositores al régimen nicaragüense recupera el paso, rápido, y mostrando un vigor inusitado. Empero, esto querría decir que los errores cometidos y los golpes sufridos solo fueron leves. Y no es así. Incluso puede afirmarse que por mucho que se deteriore la situación económica, si el vector organizativo contestatario no adopta las formas ad hoc tampoco habrá una salida favorable para Nicaragua. En ese escenario el constructo Ortega&Cía no se va, pero tampoco mejora.

Un tercer escenario es más complicado, aunque más cargado de imaginación política: aislado como está Ortega&Cía, las fuerzas cívico-políticas se recomponen y reconfiguran y se dotan de un verdadero programa mínimo capaz de avanzar en la tempestad, y enderezan acciones en varios ejes para construir una amplia malla social activa que vaya amarrando, fijando sobre el terreno, desarmando el aparataje represivo del régimen, y que a la vez no se pierda la divisa de la convivencia en democracia.

En los hechos prácticos quizá se dé una combinación de elementos de estos escenarios, pero como sea, una constante en todo esto sería y, de nuevo sin abusar de las imágenes, es posible atisbar al asunto Ortega&Cía como una suerte de esperpento impenitente que se ha ahogado con su propia saliva. Si hubiese que buscarle un título a una película que llevase el argumento del periclitar de este régimen, este sería: EL DESCARNADO.




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